jueves, 3 de enero de 2013

Del año verde de Vitoria a la catedral de Ken Follet

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Solo quedan unas semanas para que Vitoria despida su capitalidad europea green, pero su filosofía eco no se va a evaporar. Todo lo contrario: continuará y crecerá. La capital vasca tiene atractivos turísticos de manual –casco medieval, monumentazos, museos, una cultura gastronómica envidiable…–, pero desde hace unos años ha añadido una fina y atractiva capa a lo ya conocido. Esta envoltura sería su filosofía green, consistente en gestionar la ciudad de una forma ecológica y, sobre todo, humana. La Vitoria-Gasteiz –su nombre en castellano y euskera– de 2012, elegida Capital Verde Europea, se presenta como una urbe del siglo XXI, aunque con los hábitos saludables de una ciudad del siglo XVIII en los años anteriores a la revolución industrial: sin ruidos, sin humos, sin la cara descuidada –zikina, en euskera– del progreso.

Una urbe peatonal

Las cifras no dejan lugar a dudas: el 25 por ciento del espacio público vitoriano es peatonal (de hecho, aquí se ganaron para los caminantes las primeras calles de España), la ciudad cuenta con más de cien kilómetros de carriles-bici, y el anillo verde que la rodea, otros tantos. El 50 por ciento de los desplazamientos en el ámbito urbano se hacen a pie, quedando el coche relegado a un uso del 20 por ciento; y la gestión del transporte público también rema en la misma dirección: la inauguración en 2008 de su moderno tranvía no solo supuso la dinamización del autobús sino también la creación de un servicio gratuito de alquiler de bicis, todo orientado a reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. La consecuencia de todo ello es que la capital de la Comunidad vasca encabeza un año sí y otro también las clasificaciones que evalúan la calidad de vida, la felicidad urbana, el nivel de silencio o el porcentaje de jardines y espacios verdes que hay en relación al mar de cemento.

Sería una pésima idea acercarse a Vitoria y no aparcar el coche a los tres segundos de llegar porque, evidentemente, la ciudad quiere que el visitante la conozca de forma green. A pie o en bici, pero sin alterar su atmósfera. La apuesta ecológico-turística de Vitoria comenzó a dar sus frutos en el presente año, cuando la capital vasca experimentó el mayor incremento en visitas turísticas de Euskadi, con casi un 3 por ciento de turistas más que el año pasado y llamativos picos en momentos concretos del verano, como las Fiestas de la Virgen Blanca, con un 10 por ciento más de visitantes.

Palacios renacentistas

Ni todo es green ni todo es nuevo en Vitoria. De hecho, no hay ciudad vasca que haya conservado mejor su parte vieja, manteniéndose casi intacta, sobreviviendo la primitiva forma de almendra, los nombres de las calles que remiten a su tradición comercial –Cuchillería, Zapatería, Herrería…– y varias casas que parecen robadas de un episodio perdido de El nombre de la rosa, como las de El Portalón. Aquellos inmuebles medievales que no soportaron el paso del tiempo y se vinieron abajo fueron sustituidos por un puñado de palacetes renacentistas como el de Escoriaza-Esquivel, el de Montehermoso –que fue palacio episcopal y hoy es centro cultural– o Villasuso, con una interesante paleta de exposiciones. La grandeza del barrio radica en que está vivo y tiene una interesante actividad comercial, gracias a pequeñas tiendas de calidad y especializadas como Conservas Victofer (alimentación) o Zuloa, una librería histórica especializada en cómics.

Sonará extraño, pero es rabiosamente cierto. Vitoria comenzó a construir los cimientos de su filosofía green hace 200 años, en el siglo XIX. Ya en esa época, las sucesivas ampliaciones de la ciudad se hicieron teniendo en cuenta el bienestar de sus vecinos y las ideas ilustradas que llegaban de la cercana Francia. En aquella Vitoria próspera se planificaron amplios espacios urbanos, grandes sendas arboladas –el paseo de Fray Francisco, la Senda…– y se salpicaron los alrededores de grandes manchas verdes, unas veces con aires puramente parisinos –el parque de La Florida– y otras con rostro más agreste, como el parque del Prado.

Con esa materia prima, con esa filosofía, los que vinieron detrás se limitaron a perpetuarla hasta llegar a las asombrosas cifras actuales, que convierten a la capital vasca en una ciudad asombrosamente ecológica, con una notable gestión de los recursos y los residuos. Un último dato: si se parcelaran todas las zonas verdes de la capital vasca, a cada vitoriano le corresponderían 42 metros cuadrados. La cifra nunca se estanca, sino todo lo contrario: un Anillo Verde de casi mil hectáreas rodea la ciudad como si fuera una muralla, ideal para ser caminado o pedaleado a través de senderos.

Humedales y biodiversidad

Una de las últimas intervenciones green se ha llevado a cabo en este circuito ecológico. Se trata del Centro de Interpretación de los Humedales de Salburua, un edificio moderno y ágil que permite disfrutar este espacio natural en el que hacen un alto las aves migratorias de toda Europa o los ciervos que habitan en los bosques cercanos.

La plaza de la Virgen Blanca es la transición entre la vieja y la nueva Vitoria, entre el barrio medieval y el ensanche del siglo XIX, racional y ordenado. En uno de sus extremos se halla el acceso a la plaza de España, que también hace de recibidor a esta parte de la ciudad. Aquí, como en la parte medieval, es complicado oír el ruido de un motor. También es sencillo imaginarse la vida tras los miradores de cristal que trepan por las fachadas de las viviendas. En el espacio que delimitan las peatonales calles Eduardo Dato y Postas se concentra la principal actividad comercial y alguna que otra vaca sagrada de la afamada tradición repostera vitoriana, como la confitería Goya.

Museos de postín

Antes de que Vitoria fuera green, ya se había convertido en la ciudad vasca con la mejor y más variada selección museística. Artium nació hace poco más de una década con una vocación clara: presentar en sus salas una de las más completas colecciones de arte vanguardista de España, sea cual fuere su formato, desde la pintura al videoarte, pasando por piezas inclasificables. Aquí hay de todo –el museo cuenta con más de tres mil obras–, haciendo especial hincapié en creadores autóctonos como Eduardo Chillida. En las antípodas de esta visión se encuentra el Museo Fournier de Naipes, igual de imprescindible no solo por lo que muestra –una original colección de barajas de cartas de más de veinte mil piezas– sino por cómo lo exhibe –con mimo y amenidad– y dónde –en el Palacio de Bendaña, en el corazón medieval–. El vecino Museo de Arqueología de Álava, en la casa de los Gobeo, es muy recomendable y una de las opciones más clásicas. Recorrerlo equivale a darse un garbeo rápido por la historia del territorio, siempre en compañía de objetos prehistóricos, romanos o medievales.

En el barrio más noble de Vitoria, en un palacete del paseo de Fray Francisco, se ubica el otro gran museo, el de Bellas Artes, destacable sobre todo por su colección de arte vasco de los siglos XIX y XX. La gran apuesta expositiva del Año Green se encuentra en el Palacio Europa, con una muestra que explica a través de seis espacios interactivos en qué consiste la Capitalidad Verde, los valores medioambientales que atesora Vitoria y sus retos de cara al futuro. Una gran maqueta de 775 botellas recicladas que se ilumina gracias a la energía creada por cuatro bicicletas preside la exposición.

La nueva serie de Ken Follet ponde de moda Catedral renacida

En 1989, la novela de un escritor galés se convirtió en uno de los mayores éxitos de público de la literatura moderna. El libro era Los pilares de la Tierra, de Ken Follet, y narraba la historia de la construcción de una catedral. Quince años después de aquello, Follet comenzó a trabajar en una segunda parte, centrada en describir los problemas estructurales del edificio. Casualmente, a pocas horas de vuelo de su hogar, un edificio de características similares, la Catedral Vieja de Vitoria, se encontraba sumergido en un profundo proceso de restauración a raíz de que se descubrieran serios problemas estructurales. El templo fue abierto en canal, desenterrados sus cimientos, apuntaladas sus columnas  y se le llenaron las tripas de andamios y pasarelas, pero en ningún momento se cerraron sus puertas, sino que permanecieron abiertas a los turistas. Diez años después de aquello, la Catedral permanece en quirófano, pero también sigue abierta durante las obras en lo que es una experiencia cultural única. El novelista británico fue avisado de esta rareza y se plantó en la ciudad de Vitoria para documentar la secuela de su famosa obra. De todo ello surgió Un mundo sin fin, un tocho literario que está documentado casi íntegramente en el templo vitoriano y que acaba de estrenarse en España en su versión televisiva.


miércoles, 2 de enero de 2013

El viaje inesperado de “El Hobbit” por los paisajes de Nueva Zelanda

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Cuando el director Peter Jackson arriba al archipiélago de Nueva Zelanda en 2011, pisa el mismo territorio al que más de mil años antes habían llegado en sus batangas los maoríes. Para los actuales nativos, herederos de los antiguos emigrantes polinesios, este viaje inesperado de El Hobbit no lo es tanto ya que supone un reencuentro con aquellos ingenios cinematográficos a los que les negaron capturar sus paisajes sagrados en el rodaje de El Señor de los Anillos. En esta ocasión, para filmar en el monte Ruapehu (2.797 metros), el más elevado de los tres volcanes activos del Parque Nacional de Tongariro, en la isla Norte, el equipo de producción sí obtuvo el permiso expreso de las dos comunidades maoríes que habitan en esta reserva natural que acoge a un millón de viajeros, repartidos entre los fanáticos que siguen la obra de J.R.R. Tolkien y montañeros que prefieren recorrer las severas sendas de trekking.

Por la Mountain Road que llega a Wellington, en algo menos de cuatro horas el viajero podrá percibir el aura de Frodo mientras pasea por el bosque autóctono de totaras en Otaki, que la película convierte en los alrededores de Hobbiton Woods. La ruta continúa paralela al río Hutt, por la carretera Akatarawa, en busca de los orcos del reino de Saruman o tras la pista de los elfos en el parque regional de Kaitoke, en la cordillera de Tararura, donde se cobija el impresionante desfiladero Hutt River.

El viaje ahora cambia de rumbo y se dirige hacia el norte del norte. La pequeña población de Matamata conserva las mágicas viviendas hobbits construidas para El Señor de los Anillos y aprovechadas como reclamo turístico en una finca rural regalada de por sí con la tranquilidad y los encantos naturales de las colinas verdes, animales pastando y regada por el río Waikato.  

Cruzar el estrecho de Cook, que separa el Mar de Tasmania y el Océano Pacífico, significa añadir un aliciente más a esta expedición. Los ferrys que salen de la capital, Wellington, en unas tres horas dejan al viajero en la ciudad de Picton, al noreste de isla Sur. Desde allí, el próximo destino será el valle glaciar de Taieri Strath, donde la cámara se fija en el poderoso mago Gandalf.

Con base en la ciudad de los deportes extremos, Queenstown, los cazadores de localizaciones utilizaron la privilegiada mirada cenital de sucesivos viajes en helicóptero para descubrir escenarios naturales como la imponente cordillera de los montes Remarkables, clonadas en las Montañas Nubladas, las espectaculares cataratas y glaciares en Earnslaw Burns, el soberbio valle Dart, próximo al lago Wakatipu, o la belleza de la estación Arcadia y Paradise Trust, parajes transformados en los alrededores de Bree y los Beorns.


sábado, 29 de diciembre de 2012

La fiesta de los patios de Córdoba se suma al Patrimonio de la Humanidad

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La Unesco ha declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad la fiesta de los patios cordobeses, que se celebra en el mes de mayo. Este certamen, cuya primera edición tuvo lugar en el año 1918 organizada por el Ayuntamiento, es un evento en el que los vecinos engalanan sus patios colectivos con una preciosa ornamentación floral, lo que genera, en palabras del Comité, “un sentido de identidad y continuidad a los habitantes de Córdoba, que reconocen esta expresión como un componente importante de su intangible patrimonio cultural”.

La historia de los patios cordobeses se remonta a los romanos y a los musulmanes, quienes adaptaron la típica casa popular a la climatología calurosa de la zona. Con tal fin, crearon una vivienda en torno a un patio que, debidamente decorado con una fuente y abundante vegetación, se convirtió en un pequeño oasis que servía de punto de reunión familiar, un espacio que, como destaca el informe de la Unesco, promueve el contacto humano y el intercambio cultural.

La fiesta permite a los visitantes acceder durante doce días de mayo a estas casas-patio y consta de dos acontecimientos fundamentales: el Concurso de Patios, con premios a la ornamentación vegetal, incluidos balcones y rejas, y la Fiesta de los Patios, un certamen más lúdico que comprende espectáculos musicales y artísticos en algunos de los más renombrados patios que se distribuyen por el corazón de la ciudad califal, como la Judería, los barrios de Santa Marina y la Magdalena o el Alcázar Viejo.

España ya cuenta con doce inscripciones –es el cuarto país más galardonado– en esta lista, donde figuran el Misterio de Elche (Alicante), la fiesta religiosa de la Patum de Berga (Barcelona), el silbo gomero, el Tribunal de Aguas de Valencia, el Consejo de Hombres Buenos de Murcia, el flamenco, los castells catalanes, el Canto de la Sibila de Mallorca, la fiesta de la Mare de Déu de la Salut de Algemesí (Valencia), la dieta mediterránea y la cetrería –estos dos últimos elementos compartidos con otros países–.

De los lutieres de Cremona a los Diablos Danzantes

La lista representativa de la Unesco, compuesta por expresiones culturales que muestran la diversidad del patrimonio inmaterial y contribuyen a la sensibilización sobre su importancia, cuenta, amén de los patios cordobeses, con otras 26 nuevas inscripciones. Entre ellas hay actividades artesanales que se han transmitido de generación en generación, como la artesanía de terracota del distrito de Kgatleng (Botsuana), el arte tradicional de fabricación de alfombras de fieltro (Ala-kiyiz y Shyrdak) en Kirguistán, los ritos y artesanías vinculados a la tradición del traje nupcial de Tlemecén (Argelia), la cerámica artesanal de Horezu (Rumanía) o la fabricación artesanal del violín por los lutieres de Cremona (Italia), un oficio que, según el Comité, “exige poseer un alto nivel de creatividad y un conocimiento personal de cada instrumento, ya que nunca dos de sus violines son idénticos”.

También se han inscrito un buen número de celebraciones religiosas, como la fiesta mayor de San Ignacio de Moxos (Bolivia), la fiesta de San Francisco de Asís en Quidbó (Colombia), los rituales Qalisuyan de Mashad-e Ardehal en Kasán (Irán) o los Diablos Danzantes, una ceremonia que se desarrolla durante el Corpus Christi en las pequeñas comunidades de la costa central de Venezuela. Por último, también se han incluido celebraciones relacionadas con la naturaleza, como la fiesta de las cerezas de Serfú (Marruecos), o ritos muy vinculados al carnaval, como el Schemenlaufen, un desfile de bailarines disfrazados y enmascarados que tiene lugar en Imst (Austria), o el frevo, una expresión artística musical y bailada que se desarrolla durante el carnaval brasileño de Recife.


viernes, 28 de diciembre de 2012

Pueblos dorados y negros en la sierra de Guadalajara

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La sierra del Ocejón reúne en su vertiente oriental los pueblos de la arquitectura dorada, cuyo ejemplo más emblemático sería la localidad de Valverde de los Arroyos, mientras que en su vertiente occidental agrupa a los de arquitectura más propiamente negra, cuyo ejemplo más característico sería Majaelrayo. En muchas guías de campo tienden a reunir todos los pueblos de la zona como ejemplos de arquitectura negra, pero no es así. Los expertos distinguen entre los pueblos de arquitectura genuinamente negra, o lo que es lo mismo, aquellos cuyas construcciones están realizadas masiva e íntegramente con pizarra, tanto para hacer las cubiertas de los tejados como los muros, y los que emplean las lanchas de pizarra únicamente para tejar las casas, mientras que para construir las paredes y paramentos utilizan mampostería de cuarcitas. Estos últimos pueblos se encuadrarían dentro de los pueblos de arquitectura dorada, ya que en las cuarcitas predominan los materiales de tonos blancuzco-amarillentos, a diferencia de las pizarras, que, como ya es sabido, poseen un dominante negruzco, aunque en ellas se den también los tonos azules, grises, violetas y plateados. Valverde de los Arroyos y Majaelrayo constituyen dos magníficos pueblos representativos de la mejor arquitectura dorada y negra de la región. Son dos lugares unidos por muchas circunstancias históricas, pero que están separados tanto por la sierra como por una serie de pequeñas rivalidades (cuestiones sobre cuál es el pueblo más bonito, el que posee las danzas más auténticas…). Prueba de estas pequeñas diferencias vecinales es el contenido del siguiente fragmento del poeta vecino de Majaelrayo, Inocencio Pola:


Seguro que a través de siglos

En tu ladera durmieron

Querida Peña Bernardo
Las cabras y los cabreros


Subiendo la cuesta arriba

Están las vacas de Sebos

Que son dos peñas aisladas
Y por eso las comento


Y ya en la cumbre, a dos aguas

El Collado del Hervidero

Así lo llama Valverde
Y Rescoldo los de mi pueblo


Por allí pasa el camino
Y casi siempre hace viento

Bosque de robles y encinas

El camino aconsejado para esta ruta de trekking se inicia saliendo por la parte alta de Valverde de los Arroyos, donde antiguamente estaban las eras y donde en tiempos había multitud de casillas y pajares destinados a guardar los aperos agrícolas y el ganado. Una serie de terrazas con huertas y apretados bosquecillos de robles flanquean el sendero. A lo largo del camino iremos viendo la vegetación característica de esta parte oriental de la sierra, de naturaleza más mediterránea que la parte occidental. Abundan encinas, quejigares y serbales.

Veinte minutos después de iniciar el recorrido contemplaremos uno de los parajes más impresionantes de toda la excursión. Se trata de las Chorreras de Despeñalagua, una espectacular cascada que se precipita 40 o 50 metros desde lo más alto de un magnífico cortado rocoso. A medida que progresamos en nuestra ascensión, dejarán de verse los cercados de pizarra que limitan los prados y las parcelas de forraje, los herrenes, para, poco a poco, ir apareciendo los chozos en los que antes se refugiaban los pastores de las tormentas y de los temporales. También nos toparemos con algún que otro resto de las antiguas tinadas que se utilizaban para guardar el ganado.

Esta vertiente oriental de la sierra del Ocejón está atravesada por infinidad de arroyuelos y regatos que favorecen la aparición de choperas y alamedas. Tanto en una como en otra parte de la sierra es frecuente ver plantas aromáticas como la lavanda, el cantueso, el espliego y el romero. Juncos y helechos adornan los pasos húmedos y las riberas de los pequeños arroyos que cruzamos. Huele a jara y tomillo, y el rumor de las torrenteras, el canto de las aves y el zumbido de las abejas ponen la banda sonora del trekking. Una alfombra de gayuba cubre la garganta por la que avanzamos y que miles de años atrás fue el lecho de una antigua lengua glaciar. La gayuba es una especie de hiedra rastrera que prospera por encima de los 1.500 metros de altitud y que recubre como una tupida piel verde las áreas y laderas más elevadas de los cerros.

Entre tres provincias

La subida al Ocejón desde Valverde es más larga, pero más cómoda que desde Majaelrayo. Es posible unir Valverde con Majaelrayo sin necesidad de coronar el Ocejón, pero la experiencia montañera resulta más completa si coronamos este emblemático punto de la sierra. En los días claros, desde esta privilegiada atalaya se puede divisar por el norte el pico de las Tres Provincias, situado en el vértice de las provincias de Segovia, Guadalajara y Madrid; hacia poniente, la Pinilla; hacia el sur, el Madrid de las cuatro torres, mientras que hacia el este la mirada se pierde en la amplia meseta.


Más cerca, desde lo alto del Ocejón se ve perfectamente el mapa de los pueblos negros y dorados. De una parte, y a vista de pájaro, los pueblos que representan la mejor arquitectura negra de la zona: Majaelrayo, Robleluengo, Campillo de Ranas, Roblelacasa, El Espinar, Campillejo…. Del lado este: Valverde de los Arroyos, Almiruete, Palancares, Zarzuela de Galve, Umbralejo… Muestras, todos, de la llamada arquitectura dorada.
El collado del hervidero

En las inmediaciones del Ocejón, durante buena parte del invierno las cumbres y las laderas de la sierra todavía se pintan de blanco. En los lugares más elevados de estos montes las rocas pizarrosas toman un color verdoso-blanquecino, consecuencia de los líquenes y musgos que las colonizan. Las caprichosas formaciones geológicas dibujan por todos lados cuadros abstractos y constructivistas. En los campos más pobres de esta sierra pobre, la crisis ha obligado a poner en explotación algunas tierras de labor que desde lo alto dejan ver los inequívocos rastrojos dorados, como se veían en las viejas fotografías de Paisajes Españoles.

Iniciamos el descenso hacia Majaelrayo deshaciendo parte del camino andado hacia la cumbre. Cruzamos el Collado del Hervidero, bajando un tramo muy empinado hasta llegar a Peña Bernardo, un saliente rocoso de la ladera que es un perfecto balcón para divisar el valle de los pueblos negros. 

Llegando ya a las puertas de Majaelrayo, con la espadaña de la iglesia perfilándose contra el cerro Cabeza Ranas, recuerdo otras noches de mi infancia en este que también es el pueblo de mi padre. Eran noches en las que en la localidad, todavía sin luz eléctrica y, por tanto, sin contaminación lumínica, el cielo nocturno era todo un espectáculo. Noches estrelladas como solo ahora pueden verse en los más remotos lugares del planeta. Después de cenar, tumbados en las eras, el mejor pasatiempo vespertino de aquellos años era mirar al cielo intentando localizar estrellas fugaces y al Eco, el primer satélite de órbita geoestacionaria.

Por aquel entonces, todas las noches llovían luces en el firmamento y veíamos infinidad de luciérnagas en el campo. Otras luces que contemplábamos en la lejanía aquellas mágicas noches eran las de los muchos fuegos que hacían los pastores en las laderas de la sierra. Todavía hoy, si te alejas lo suficiente del pueblo, es posible disfrutar de unos cielos difíciles de observar en otras partes de la geografía española.

Si tienes algo de tiempo, cuando llegues a Majaelrayo pasea tranquilamente por el municipio, disfruta de su incomparable arquitectura, pídele a algún anciano del lugar que te enseñe alguna de las viejas casas y anímale a que te cuente historias de antes. Te parecerá que estás viajando a un remoto pasado ya definitivamente perdido en el tiempo. Entre las historias que podrás oír habrá bastantes de pastores y lobos, y quizás te cuenten también la del propio origen del nombre del pueblo: hacia el año 1400 había en la zona una majada o cerrado para guardar los rebaños de ovejas en la que en numerosas ocasiones habían caído chispas, centellas o rayos, dándose a partir de entonces en llamar a aquella majada de ganado la majada del rayo (Majaelrayo).

fogonazos de luz. Los rayos son una constante en esta zona alcarreña, ya que los pueblos negros se encuentran emplazados en un valle que es una enorme olla donde, desde siempre, se han cocinado tremendas tormentas con un gran despliegue de aparato eléctrico. Anécdotas en relación con los rayos podrán referirte muchas: desde aquellas que cuentan cómo a veces los rayos entraban por las chimeneas y salían por las gateras, después de pasearse por toda la casa, hasta alguna otra más reciente cuyo protagonista aún vive. Es el caso de Bernardo Mínguez. Siendo aún muy joven, a Bernardo le sorprendió una gran tormenta en el campo. Llevaba las mulas uncidas y él avanzaba entre los dos animales. De repente, un enorme estruendo y un deslumbrante fogonazo de luz le conmocionaron. Instantes después, las caballerías aparecen muertas y Bernardo queda desnudo y chamuscado. Las suelas aislantes de las albarcas que calzaba le salvaron la vida (la albarca es una sandalia rústica que en aquellas épocas se hacían a partir de restos de viejos neumáticos de coches). Bernardo todavía llora cuando hay grandes tormentas.

Ficha técnica

INICIO. Desde Valverde de los Arroyos: el camino arranca en las antiguas eras del pueblo. Allí verás una placa informativa.

Desde Majaelrayo: hay que salir del pueblo en dirección Este (zona de Las Cabezadas).

DIFICULTAD. Media y media/alta. Desde Valverde de los Arroyos hasta el pico Ocejón el sendero está bien señalizado. En la bajada a Majaelrayo hay senderos y pistas forestales con algunas rampas exigentes.

DESNIVEL. Tanto desde Majaelrayo como desde Valverde, el desnivel a superar hasta alcanzar la cumbre del pico Ocejón es de unos 800 metros.

DISTANCIA. Incluyendo la cumbre del Ocejón, 11 km. Sin hacer cumbre, 9 km.

DURACION. Dependiendo del ritmo, entre 3 y 4 horas si no se corona el Ocejón. Incluyendo la ascensión al pico, entre 4,5 y 5,5 horas.

ÉPOCAS. Primavera y otoño.

DÓNDE COMER Y DORMIR


Para comer en Valverde: Mesón Despeñalagua (Tlf. 949 307 449) y Los Cantos (Tlf. 949 307 453).

En Majaelrayo: Mesón El Jabalí (Tlf. 949 859 025) y La Casona (Tlf. 949 859 208).
Para dormir en Valverde: Nido de Valverde (Tlf. 660 420 649), Hostal Valverde (Tlf. 949 307 423), El Carabo (Tlf. 949 307 456) y La Alquería (Tlf. 949 307 444). En Majarelrayo: El Callejón de la Gata (Tlf. 949 370 307), La Casona (Tlf. 917 428 955) y Las Cabezadas (Tlf. 949 859 010).


jueves, 20 de diciembre de 2012

Isla Mauricio con niños en Navidad

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Isla Mauricio es un destino al que acudir cuando el frío acucia en España y qué mejor manera de visitarlo que en familia. Aquí los pequeños de la casa encontrarán multitud de lugares en los que disfrutar a la vez que descubrir nuevos ecosistemas y especies para ellos mientras los mayores disfrutan del mejor clima del año en Mauricio.

Entre los sitios donde los niños más disfrutarán, además de las cristalinas aguas de las playas, está L’Aventure du Sucre, una exposición interactiva donde conocerán la historia de la isla y las diferentes culturas que la han habitado; el jardín botánico Seewoosagur Ramgoolam donde habitan ciervos, tortugas y nenúfares gigantes; o la Reserva de Vainilla de las Mascareñas con sus tortugas gigantes y sus cocodrilos.

Y si de excursiones hablamos, unas vacaciones en Isla Mauricio no pueden acabar sin un viaje en catamarán desde donde observar a los delfines que habitan el Índico o sin una visita a Trou Aux Cerfs, un volcán inactivo en cuyas inmediaciones viven monos y una multitud de aves.

Por otra parte, los más activos podrán disfrutar de paseos en quad, a caballo, carruaje o tren en Domaines Les Pailles, una reserva natural cerca de Port Luois, capital de Mauricio.