lunes, 4 de febrero de 2013

Diez mil botellas de vino bajo la mejor ola de Vizcaya

Cómo llegar

Diseña tu experiencia de viaje aquí. Encontrarás más información, opciones de vuelos y estancias a precios para tu bolsillo.

La fantasía se dispara: en el fondo del mar yacen tesoros fabulosos. Entre los pecios, también botellas tan antiguas como las de un naufragio de 1772 hallado en Finlandia. Sotheby’s subasta a veces alguna de esas botellas naufragadas, cuyo precio ha superado las 20.000 libras esterlinas. No es solo una cuestión de coleccionismo: el contenido se puede beber. Algunos incluso se preguntan si esa cura de abismos no lo mejora. Con tales premisas, Borja Saracho y sus colegas idearon un proyecto: comprobar cómo envejece el vino bajo las aguas. Empezaron en 2004, formando la empresa bajoelagua.com. Todos eran escépticos, ellos los primeros. Pero el consistorio de Plentzia les abrió una puerta. La Dirección de Costas les concedió 500 metros cuadrados submarinos. Y más de 30 bodegas se apuntaron, cediendo 24 botellas; doce quedarían sumergidas a unos 20 metros de profundidad, y otras tantas en tierra, para comparar cada equis tiempo.

Catas en el arrecife

Y resulta que sí, que el vino sumergido evoluciona. Para bien. El 93 por ciento de los expertos consultados prefieren el vino marino, más suave en boca, de color más matizado. Así que estos jóvenes emprendedores han creado la marca Crusoe Treasures (www.crusoetreasures.com). Y desde este verano han abierto su aventura al público, con visitas, explicaciones y catas, incluso con la posibilidad de sumergirse en el arrecife artificial. Ahora mismo envejecen bajo el agua 10.000 botellas. Sus clientes pertenecen sobre todo a Rusia y China, y pagan por cada una entre 200 y 400 euros. En España han recibido una Medalla de Oro en el salón Alimentaria.

Fuera del mar, en las colinas que lo embridan por ese litoral, hay otro vino que también sigue una carrera fulgurante: el txakolí. Antes nadie lo tomaba muy en serio. A partir de los años 80 y 90 empezaron a trabajarlo con esmero. Cuidando bien todo, desde la uva autóctona (hondarrabi zuri, blanca, y beltza, negra) hasta los procesos de vinificación.

Playas y buenos vinos

Ahora mismo existen tres Denominaciones de Origen de este vino: Bizkaia, Getaria y Arava. Dentro de la D.O. Bizkaia, el mejor y más abundante txakolí se produce en Bakio, que goza de un emplazamiento realmente privilegiado. El pueblo, y las viñas, se recuestan en las suaves colinas de un valle, a tiro de piedra del mar. El clima, que es estable y benigno, permite crecer a naranjos y limoneros. Bakio es chico, unos dos mil vecinos, pero en verano multiplica por cinco su población. Gracias sobre todo a su playa, una de las más bonitas y peliculeras del norte. Rocas y farallones en los extremos, y un frente de arena y olas para todos: bañistas, surfistas o candongos. La ermita de San Juan de Gaztelugatxe y su mágica escenografía están cerca, en la muga o borde de la comarca.

Hablamos de la comarca vizcaína de Uribe, que agrupa una veintena larga de pueblos. Su cabecera es Mungia, que era villa (una de las primeras) y anteiglesia (es decir, que los paisanos dirimían sus pleitos delante de la iglesia, lo que hoy llamaríamos partido judicial). Es la más grande de la comarca (unos 18.000 vecinos), pero no presume de ello, al contrario: pertenece a la liga de slow cities. Lo que no impide que los viernes tenga mercados muy animados. Mercados, en plural: en las ruinas ejemplarmente intervenidas de la iglesia de Andra Mari los campesinos mercan sus huevos, hortalizas o embutidos. Al lado, en la plaza del Ayuntamiento, arma sus tendajos de trapitos el vulgarmente conocido como kuleora merkatua (mejor no traducir). En la torre medieval, Torrebillela, puede verse un espacio dedicado a Esteban Urkiaga, Lauaxeta, un renovador de la poesía vasca (ojo, no versolari) al que fusilaron una madrugada de junio de 1937, cuando apenas contaba 32 años.

Parque mitológico

Precisamente para alojar esos mercados se construyó una lonja que, finalmente, los feriantes rechazaron. Así que el edificio ha sido reconvertido en un espacio dedicado al deporte rural vasco, entendiendo por deporte levantar pedruscos de hasta 200 kilos, cortar troncos descomunales a hachazos, o con sierra de mano (trontzaris, aizkolaris), tirar dos equipos de una soga (sokatira) y así hasta catorce modalidades. Un poco más lejos del centro puede visitarse Izenaduba Basoa, el primer parque mitológico del País Vasco. Allí te topas con personajes como Mari, reina de las brujas y su marido reptil Sugar; Mari Teletako (mariquita que hace de ratoncito Pérez por los tejados), el Olentzero (carbonero-Papá Noel), Basajaun, señor del bosque, las peligrosas lamias de ríos y fuentes… Dentro del mismo recinto se encuentra el baserri (caserío) más antiguo de Vizcaya, perteneciente a la familia Landetxo, del siglo XVI. De piedra y roble, ha sido rehecho (conservando lo que se podía del original) y transformado en una suerte de museo de la vida rural, con guiños de última generación (como un simulador 3D para volar por un mundo mágico fenecido).

Recorrer la comarca puede llevar su tiempo, si se cambian las autopistas por las carreteras que serpentean entre robles, fresnos, prados y caseríos. Y pueblos deliciosos; como Larrabetzu, una villa medieval que conserva un coqueto casco urbano. Por allí pasa el Camino de Santiago, ramal Costa, lo que se aprecia claro en su calle mayor. El Camino bordea la iglesia juradera de San Emeterio y San Celedonio, que esconde uno de los mejores retablos flamencos de Vizcaya, flanqueado por otros dos del siglo XVII y pinturas murales muy originales.

Castillos medievales

En términos de Gamiz, Luis, ya jubilado, muestra con pasión su Errotabarri (molino nuevo), uno de los pocos que quedan y que funciona. Se molía sobre todo maíz, la variedad txakiñartu, antigua y poco productiva, con cuya harina se confecciona el talo, una especie de tortita o crêpe que era la base de la dieta tradicional: talo con leche al desayuno; con alubias, al almuerzo; con porrusalda, a la cena. Sigue siendo muy popular, no solo en fiestas y verbenas, también a diario en las pollerías, sidrerías, cervecerías, txosnas… en definitiva: ventas o merenderos, con mesas al aire libre, donde el talo acompaña a raciones tradicionales. Y mejor si acompaña a todo un triki-trikilari (acordeonista). Algunas de esas txosnas rodean a un castillo medieval, el de Butrón, que parece haber salido de Disneylandia. Lo cierto es que sus arranques son auténticos, pero el Marqués de Cubas, en el siglo XIX, se adelantó a los yanquis, y casi se le fue la mano. El recinto está envuelto por un parque con medio millar de árboles. De momento, su interior está cerrado al público.

Hay en Uribe otras torres medievales convertidas en puntos de interpretación temática: en Zamudio (alimentación), Erandio (la guerra), Gatika, Mungia… Cerrando el anillo de pueblos se llega a los acantilados y miradores de Sopelana, Gorliz y, de nuevo, Plentzia. Que luce un casco histórico grato, y una ría y un puerto muy pintorescos, pero sobre todo un paseo marítimo y playa de lo más animado de la costa vasca. Aparte del almacén submarino de vinos, toda una aventura nueva, diferente y prometedora.


Aromas y guisos de bosque en los fogones de Toledo

Cómo llegar

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En los albores de la humanidad el hombre se alimentaba de frutos silvestres y plantas. Por aquello de la necesidad y la supervivencia, pronto aprendió que era mejor cazar que ser cazado y que si, además, la pieza era grande, el premio era doble pues llenaban la despensa y con las pieles hacían mantas y vestidos. Con el descubrimiento del fuego la humanidad da un gigantesco paso adelante y mejora sus condiciones de vida. Con el fuego entra el calor en las cavernas, la luz en la oscuridad y la energía en la cocina. Hubo un antes y un después de la aparición del fuego en la cocina de las cavernas y nuestros antepasados dejaron de comer carne cruda en forma de steak tartare a lo Neardental y lo transformaron en una suculento bistec a la parrilla o a lo sapiens, depende de las recetas.

Potaje y morteruelo

Pasan los siglos y el hombre hace otro gran descubrimiento: la agricultura. Con dos despensas en la puerta de casa, el huerto y la granja con los animales domesticados, ya no necesita viajar en busca de alimentos y abandona la vida nómada. Es el momento en el que la caza deja de ser una necesidad y se transforma en una práctica deportiva que requiere un gran respeto por la naturaleza y un riguroso conocimiento de los hábitos de los animales en los ecosistemas donde viven. 

En el Gran Recetario Gastrocinegético encontramos recetas tan deliciosas como la perdiz estofada (laurel, pimienta, ajo y vino), guisos de venado, potajes de jabalí, paté de perdiz, codornices en escabeche, perdiz con alubias, conejo al ajillo, morteruelo, galianos o gazpacho manchegos (guisos caldosos de conejo y perdiz), becadas… recetas que se mantienen de plena actualidad. Carnes muy sabrosas con aromas de campo y que se cocinan como las carnes de granja, pero hay que tener en cuenta que son carnes magras, con poca grasa y algo más duras que las de granja (depende de la edad del animal, de la alimentación, sexo…). 

Recetas de toda la vida

La Casa del Carmen es uno de esos restaurantes de carretera en los que es obligatorio parar y darse un homenaje. En la temporada de otoño/invierno la cocina se llena con los aromas del bosque –setas, frutos secos o caza– para elaborar una carta que sabe a tierra húmeda, a tomillo, a salvia… Las recetas son las de toda la vida, pero en versión moderna. “Nosotros hacemos una cocina manchega tradicional con toques modernos. Es una cocina de producto y de rigurosa temporada, es una carta que lleva los sabores de esta tierra”, nos dice Iván. Los sabores del morteruelo –una especie de paté hecho con hígado de cerdo y carnes de conejo y perdiz sobre una tosta crujiente de pan, uvas, arándanos y dulce de membrillo–; el solomillo de ciervo con amanitas, la ensalada de perdiz escabechada con foie, frutos secos y membrillo, la tórtola asada… una verdadera alegría para el paladar. Una buena experiencia que no defrauda a nadie.

Ya en el corazón de la histórica ciudad y a pocos metros de la catedral está Locum, un bonito restaurante en tres alturas que da a un patio típico toledano donde se ha hecho una rehabilitación cuidada, combinando la madera original con vigas de hierro y cristal. Esta combinación de tradición y modernidad es la misma que encontramos en sus fogones, una cocina elaborada con recetas tradicionales actualizadas y presentaciones sorprendentes. Platos llenos de sabor, colorido y, algunas veces, con sorpresa, ya que hay platos que son auténticos trampantojos, algo que parece una cosa pero es otra, como su cocido madrileño, donde la sopa tiene forma de garbanzos y los garbanzos son una crema ligera. Una carta donde destacan los platos de caza como la fideuá con perdiz estofada, hongos y trufa, el lomo de venado escabechado con berenjenas o la liebre con pasta. Una buena bodega con vinos de autor, un trato amable y el gin tonic de la sobremesa justifican la visita.

Catas de vino

Para los que no tienen mucho tiempo y no quieren marcharse de Toledo sin probar su cocina, una buena alternativa es Adolfo Colección, un moderno restaurante con una cocina abierta a la sala donde se puede degustar una cocina manchega en formato tapas y raciones. En el sótano hay una sala donde se organizan catas y degustaciones de vinos, además de una tienda delicatessen. Detrás de los restaurantes del Grupo Adolfo hay una excelente bodega con vinos españoles y franceses principalmente.

Toque vanguardista

En Torrijos está el complejo de La Salve, una antigua explotación ganadera transformada en un hotel con un estupendo restaurante. En su cocina se combina tradición y vanguardia, dos opciones que, a veces, son muy difíciles de combinar, pero éste no es el caso. Ofrece una cocina con toques vanguardistas y con fuertes raíces en la cocina tradicional española y toledana. Una carta en la que destaca el lomo de venado con castañas, las patatas bravas, los fritos de queso manchego con salsa de frutos rojos y la ensalada de perdiz escabechada y langostinos, entre otros. Un buen lugar para hacer un alto, degustar un plato de caza y beber un vino de La Mancha.

Festín cinegético

Camino de los Montes de Toledo en busca de una buena pieza de caza llegamos a Ventas con Peña Aguilera, donde son famosos los artesanos que trabajan el cuero y hacen fundas de escopeta, bolsos, chalecos… Pero para nosotros es más conocido por la cocina de Guadalupe, con sus canelones de perdiz roja de monte con trufa negra, la cecina de ciervo, el arroz meloso con conejo, verduritas y setas, el carpaccio de jabalí, el lomo de corzo con vino tempramillo y miel o el solomillo de jabalí sobre gachas manchegas. Un festín cinegético.

Y no podemos abandonar la provincia de Toledo sin pasarnos por El Bohío, donde Pepe nos sorprenderá con una de sus interpretaciones de las recetas tradicionales, donde combina tradición y vanguardia con una buena materia prima y una técnica perfecta. De sus manos salen platos como el lomo de liebre asado con castañas y empanadilla de liebre a La Royal, el lomo de ciervo con higos secos y embutido de casero de ciervo o la perdiz asada a la toledana.

Del sabroso queso manchego al mejor azafrán del mundo

Dentro de la gastronomía toledana la caza ocupa un apartado muy importante, pero hay mucho más. Tendríamos que hablar también de los excelentes quesos manchegos, los aceites monovarietales de cornicabra (olivos de los Montes de Toledo, de crecimiento lento y baja productividad, con los que se hacen unos aceites muy equilibrados y estables con unas propiedades organolépticas extraordinarias), el azafrán de Consuegra (considerado como el mejor del mundo), los vinos de garnacha y tempranillo, los bollos de aceite, los dulces y los mazapanes, ese dulce que sabe a Navidad y que se toma durante todo el año, elaborados con almendras dulces y azúcar en una proporción de 60/40, miel y huevos, y de los que hay tantos y tan buenos, que se podría escribir un libro que girara en torno al mazapán.


sábado, 2 de febrero de 2013

Diez mil botellas de vino bajo la mejor ola de Vizcaya

Cómo llegar

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La fantasía se dispara: en el fondo del mar yacen tesoros fabulosos. Entre los pecios, también botellas tan antiguas como las de un naufragio de 1772 hallado en Finlandia. Sotheby’s subasta a veces alguna de esas botellas naufragadas, cuyo precio ha superado las 20.000 libras esterlinas. No es solo una cuestión de coleccionismo: el contenido se puede beber. Algunos incluso se preguntan si esa cura de abismos no lo mejora. Con tales premisas, Borja Saracho y sus colegas idearon un proyecto: comprobar cómo envejece el vino bajo las aguas. Empezaron en 2004, formando la empresa bajoelagua.com. Todos eran escépticos, ellos los primeros. Pero el consistorio de Plentzia les abrió una puerta. La Dirección de Costas les concedió 500 metros cuadrados submarinos. Y más de 30 bodegas se apuntaron, cediendo 24 botellas; doce quedarían sumergidas a unos 20 metros de profundidad, y otras tantas en tierra, para comparar cada equis tiempo.

Catas en el arrecife

Y resulta que sí, que el vino sumergido evoluciona. Para bien. El 93 por ciento de los expertos consultados prefieren el vino marino, más suave en boca, de color más matizado. Así que estos jóvenes emprendedores han creado la marca Crusoe Treasures (www.crusoetreasures.com). Y desde este verano han abierto su aventura al público, con visitas, explicaciones y catas, incluso con la posibilidad de sumergirse en el arrecife artificial. Ahora mismo envejecen bajo el agua 10.000 botellas. Sus clientes pertenecen sobre todo a Rusia y China, y pagan por cada una entre 200 y 400 euros. En España han recibido una Medalla de Oro en el salón Alimentaria.

Fuera del mar, en las colinas que lo embridan por ese litoral, hay otro vino que también sigue una carrera fulgurante: el txakolí. Antes nadie lo tomaba muy en serio. A partir de los años 80 y 90 empezaron a trabajarlo con esmero. Cuidando bien todo, desde la uva autóctona (hondarrabi zuri, blanca, y beltza, negra) hasta los procesos de vinificación.

Playas y buenos vinos

Ahora mismo existen tres Denominaciones de Origen de este vino: Bizkaia, Getaria y Arava. Dentro de la D.O. Bizkaia, el mejor y más abundante txakolí se produce en Bakio, que goza de un emplazamiento realmente privilegiado. El pueblo, y las viñas, se recuestan en las suaves colinas de un valle, a tiro de piedra del mar. El clima, que es estable y benigno, permite crecer a naranjos y limoneros. Bakio es chico, unos dos mil vecinos, pero en verano multiplica por cinco su población. Gracias sobre todo a su playa, una de las más bonitas y peliculeras del norte. Rocas y farallones en los extremos, y un frente de arena y olas para todos: bañistas, surfistas o candongos. La ermita de San Juan de Gaztelugatxe y su mágica escenografía están cerca, en la muga o borde de la comarca.

Hablamos de la comarca vizcaína de Uribe, que agrupa una veintena larga de pueblos. Su cabecera es Mungia, que era villa (una de las primeras) y anteiglesia (es decir, que los paisanos dirimían sus pleitos delante de la iglesia, lo que hoy llamaríamos partido judicial). Es la más grande de la comarca (unos 18.000 vecinos), pero no presume de ello, al contrario: pertenece a la liga de slow cities. Lo que no impide que los viernes tenga mercados muy animados. Mercados, en plural: en las ruinas ejemplarmente intervenidas de la iglesia de Andra Mari los campesinos mercan sus huevos, hortalizas o embutidos. Al lado, en la plaza del Ayuntamiento, arma sus tendajos de trapitos el vulgarmente conocido como kuleora merkatua (mejor no traducir). En la torre medieval, Torrebillela, puede verse un espacio dedicado a Esteban Urkiaga, Lauaxeta, un renovador de la poesía vasca (ojo, no versolari) al que fusilaron una madrugada de junio de 1937, cuando apenas contaba 32 años.

Parque mitológico

Precisamente para alojar esos mercados se construyó una lonja que, finalmente, los feriantes rechazaron. Así que el edificio ha sido reconvertido en un espacio dedicado al deporte rural vasco, entendiendo por deporte levantar pedruscos de hasta 200 kilos, cortar troncos descomunales a hachazos, o con sierra de mano (trontzaris, aizkolaris), tirar dos equipos de una soga (sokatira) y así hasta catorce modalidades. Un poco más lejos del centro puede visitarse Izenaduba Basoa, el primer parque mitológico del País Vasco. Allí te topas con personajes como Mari, reina de las brujas y su marido reptil Sugar; Mari Teletako (mariquita que hace de ratoncito Pérez por los tejados), el Olentzero (carbonero-Papá Noel), Basajaun, señor del bosque, las peligrosas lamias de ríos y fuentes… Dentro del mismo recinto se encuentra el baserri (caserío) más antiguo de Vizcaya, perteneciente a la familia Landetxo, del siglo XVI. De piedra y roble, ha sido rehecho (conservando lo que se podía del original) y transformado en una suerte de museo de la vida rural, con guiños de última generación (como un simulador 3D para volar por un mundo mágico fenecido).

Recorrer la comarca puede llevar su tiempo, si se cambian las autopistas por las carreteras que serpentean entre robles, fresnos, prados y caseríos. Y pueblos deliciosos; como Larrabetzu, una villa medieval que conserva un coqueto casco urbano. Por allí pasa el Camino de Santiago, ramal Costa, lo que se aprecia claro en su calle mayor. El Camino bordea la iglesia juradera de San Emeterio y San Celedonio, que esconde uno de los mejores retablos flamencos de Vizcaya, flanqueado por otros dos del siglo XVII y pinturas murales muy originales.

Castillos medievales

En términos de Gamiz, Luis, ya jubilado, muestra con pasión su Errotabarri (molino nuevo), uno de los pocos que quedan y que funciona. Se molía sobre todo maíz, la variedad txakiñartu, antigua y poco productiva, con cuya harina se confecciona el talo, una especie de tortita o crêpe que era la base de la dieta tradicional: talo con leche al desayuno; con alubias, al almuerzo; con porrusalda, a la cena. Sigue siendo muy popular, no solo en fiestas y verbenas, también a diario en las pollerías, sidrerías, cervecerías, txosnas… en definitiva: ventas o merenderos, con mesas al aire libre, donde el talo acompaña a raciones tradicionales. Y mejor si acompaña a todo un triki-trikilari (acordeonista). Algunas de esas txosnas rodean a un castillo medieval, el de Butrón, que parece haber salido de Disneylandia. Lo cierto es que sus arranques son auténticos, pero el Marqués de Cubas, en el siglo XIX, se adelantó a los yanquis, y casi se le fue la mano. El recinto está envuelto por un parque con medio millar de árboles. De momento, su interior está cerrado al público.

Hay en Uribe otras torres medievales convertidas en puntos de interpretación temática: en Zamudio (alimentación), Erandio (la guerra), Gatika, Mungia… Cerrando el anillo de pueblos se llega a los acantilados y miradores de Sopelana, Gorliz y, de nuevo, Plentzia. Que luce un casco histórico grato, y una ría y un puerto muy pintorescos, pero sobre todo un paseo marítimo y playa de lo más animado de la costa vasca. Aparte del almacén submarino de vinos, toda una aventura nueva, diferente y prometedora.


viernes, 1 de febrero de 2013

El barrio del Jordaan de Ámsterdam

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Probablemente sea Jordaan el barrio representativo de la Ámsterdam más real: jardines, callejuelas, canales… y las ventanas a pie de calle que parecen invitar a cotillear a los transeúntes. Nada más lejos de la realidad: los holandeses casi nunca miran a través de las ventanas sin cortinas debido a su tradición protestante.

Este barrio que fuera originalmente gremial se ha repoblado con galerías de arte, tiendas, cafés y restaurantes… En Jordaan palpita la libertad y el respeto, como corresponde a la zona que cuenta con el Museo de Anna Frank, las esculturas de Johnny Jordaan y su banda o el Homomonument, monumento a los gays y lesbianas que han sido perseguidos por su condición sexual.

Si miramos el plano de la ciudad, lo situaríamos en el entramado de calles estrechas que se encuentra a la izquierda de la Estación Central, concretamente entre Prinsengracht y Lijnbaansgracht hasta Leidsegracht. Paseando por estas callejuelas obtendremos un doble beneficio: alejarnos de los turistas más ruidosos que se quedan en el centro y encontrar auténticas joyas en sus tiendas de ropa de segunda mano. En Letticoat, por ejemplo, hay un buen surtido de abrigos de astracán, cazadoras tipo aviador y coloristas camisas estampadas.

A menos de cinco minutos tropezamos con otro lugar que resume el espíritu del Jordaan: Brillen, una destartalada tienda especializada en gafas viejas. Casi en la esquina tropezamos con varios restaurantes que miran a Prinsengracht y a la iglesia de Noorderkerk. Uno de los favoritos de los lugareños es el Café Proust, donde puede tomarse un aperitivo, cenar o ir de copas. Vale la pena entrar, aunque sea solo para ver la espectacular lámpara que pende sobre la barra: una escultura de leds en forma de revólver de unos dos metros de longitud.

En una de las calles centrales del barrio, Westerstraat, nos encontramos con Deliciousfood, donde venden pastas y arroces ecológicos a granel. A solo unos metros volveremos a la infancia probando los artilugios de cuerda de Mechanisch Speelgoed, o babearemos en la más impactante tienda de decoración de Holanda: Moooi Gallery.

Ya en la parte sur del barrio podremos apuntarnos a los asequibles cursillos de diseño de joyas que se hacen los domingos en Roosieraad –¡solo duran tres horas y te llevas una pieza hecha por ti mismo!– o nos sumergiremos en los años 50 si entramos en Cherry Sue, donde te hacen ropa a medida con todo el estilo de esa década.

Probar las delicias de chocolate y mazapán de la confitería Arnold Cornelis bien merece una visita y, con suerte, uno puede sentarse en una de las mesas del local. No se debe abandonar el barrio sin ver la Central del Ukelele de Ámsterdam: la Uke Boutique.

Diseño y arte en “La Bañera” de Holanda

Disfrutar del reinaugurado Stedelijk Museum, dedicado al arte moderno, contemporáneo y al diseño, es un excelente motivo para escaparse a Ámsterdam. Ubicado en el centro, junto al Museo Van Gogh y enfrente del famoso auditorio Concertgebouw, volvió a abrir sus puertas en septiembre de 2012. Merece especial interés el nuevo edificio diseñado por Benthem Crouwel, al que han bautizado popularmente, por motivos evidentes, como La Bañera.


miércoles, 30 de enero de 2013

Un viaje en el tiempo y a través del mundo sin salir de Mallorca

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Desde la costa noroeste mallorquina, en septiembre de 2011 el galeón del siglo XVIII Earl of Pembroke surcaba aguas mediterráneas en una metafórica singladura por el Pacífico. Con su velamen desplegado, a bordo navegaba una tripulación de técnicos de cine, focos y cámaras. Refugiados en los camarotes, un notario enfermo y el médico que lo asiste veían alejarse, a través de los ojos de buey, el puerto de Sóller, una preciosa localidad extendida sobre el lecho de un valle bordado de naranjos y vetustos olivos, al regazo de la Sierra de Tramuntana, desde cuyo territorio se hinca en el cielo el Puig Major. Allí, en el punto más alto del archipiélago balear, destino de apasionados senderistas, los ojos de Tom Hanks miran hacia Ses Bolles, el icónico radar militar que la película convierte en una post-apocalíptica flor de pétalos metálicos.

Ladera abajo circula raudo el Torrent de Pareis en busca de su desembocadura, que la encuentra en la emblemática cala de Sa Calobra, tan acostumbrada a ser el escenario de conciertos de verano y ahora convertida en plató natural para que el actor Jim Sturges interprete ahora a un encopetado notario, mientras que mar adentro, entre tormentas de ficción, continúa bogando el Earl of Pembroke en su papel de cicerone de este monumento natural rodeado de acantilados. Más al norte de la isla mallorquina, el paisaje de bosque mediterráneo que habita en el cabo Formentor recrea horizontes polinesios y campos esclavistas del Estado de Virginia en el siglo XIX.

Ciudades y pueblos de escocia, compañeros de rodaje

Mientras que en Mallorca grababa un equipo de producción, simultáneamente otro hacía lo propio en Escocia. Por sus características urbanas, la ciudad de Glasgow reúne todos los requisitos para emular las calles empinadas de San Francisco, ciudad protagonista en la película. En el estilizado puente de Clackmannanshire, que atraviesa el estuario Firt of Forth en su desembocadura hacia el Mar del Norte, desde un helicóptero se rueda la acción de una persecución automovilística. La actriz Halle Berry se ve envuelta en un tiroteo en las calles Revere Avenue y Kirkwood, entre rancios modelos de coches americanos de los años 70. En la capital de Escocia, Edimburgo, la cámara se fija en la impresionante fachada de su City Chambers, un conjunto de edificios en cuyo patio se levanta una estatua de Alejandro Magno, muy cerca de la calle más turística, Royal Mile. En esta misma ciudad, la película se detiene también en territorios de Princes Street Gardens y su monumento gótico victoriano al escritor Walter Scott.