lunes, 12 de noviembre de 2012

La ruta de la Unesco por la República Checa

Cómo llegar

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La República Checa puede vanagloriarse con toda propiedad de ser un país de la Unesco, pues teniendo en cuenta su limitada extensión (78.866 kilómetros cuadrados, algo menor que Andalucía) posee una de las mayores proporciones de monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad en relación a ella. Por eso cuidan con esmero este patrimonio testigo de la historia, conservándolo con mimo y restaurando los monumentos que lo precisen, como recientemente ha sucedido con la Villa Tugendhat en Brno, reabierta esta pasada primavera tras dos años de experimentar una profunda restauración. Algo digno de reseñar teniendo en cuenta que fue la penúltima declaración de la Unesco en la República Checa. En concreto, en 2001, hace once años.

La Ruta de la Unesco representa la mejor forma de conocer las obras maestras, mundanas o sagradas, que han sobrevivido durante siglos en los antiguos reinos de Bohemia y Moravia, las dos regiones históricas que conforman la República Checa (la otra es Silesia, compartida con Polonia). Y nada mejor que empezar esta atractiva ruta precisamente por Ceský Krumlov, cuyo centro histórico obtuvo la primera declaración checa de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1992. La bella localidad de Bohemia meridional se halla a unos 180 kilómetros al sur de Praga (por cierto, también a orillas del río Moldava), aunque hay que calcular dos horas y 40 minutos en coche, pues no existe autovía.

La Perla de Bohemia.

Esta pintoresca ciudad medieval es conocida como La perla de Bohemia por su mezcla de arquitectura gótica, renacentista y barroca fielmente conservada, lo que propició que se la incluyera en la Lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Amén de excelsas joyas como la iglesia gótica de San Vito –levantada en el siglo XIV–, el edificio renacentista del Ayuntamiento o el jardín palaciego de estilo barroco, el encanto supremo de Ceský Krumlov reside en que parece un auténtico escenario de cuento de hadas, inalterado e inalterable, donde parece que se ha detenido el tiempo, aunque ya sea una preciada presa turística.

Situada en un sinuoso meandro del río Moldava, su máximo auge y esplendor lo tuvo durante la época de los señores de Rozmberk (1302-1611). El principal monumento de la ciudad es su colosal castillo, considerado el segundo más grande de la República Checa, solo superado por el de Praga. A este respecto se asegura que sus propietarios eran tan ricos que pudieron haber levantado uno de mayor tamaño, pero no quisieron molestar al rey y por eso se conformaron solo con construir el más ornamentado. Una buena prueba de ello es la torre multicolor del palacio, que ya se cuenta entre los iconos turísticos más famosos del país.

La fortaleza medieval fue posteriormente remodelada en un estilo renacentista por la familia Eggenberg, que construyó su maravilloso Teatro Barroco, uno de los cuatro únicos en el mundo que han conservado intactos su escenario y decorados originales (otros dos se hallan en Suecia y el cuarto al este de Bohemia, en el palacio de Litomysl). Otra visita ineludible es su célebre Sala de las Máscaras, decorada profusamente con pinturas en trampantojo de los personajes de la Comedia del Arte italiana.

Deambular por las calles peatonales del barrio de Latrán, situado a los pies del castillo, hasta la Puerta de Budejovice, el último vestigio de la muralla que antiguamente protegía la villa, es como retroceder en una máquina del tiempo. Cada mes de junio se celebra la Fiesta de la Rosa de Cinco Pétalos, en la que durante tres días la ciudad entera recrea la atmósfera típica de la época medieval, con juglares, músicos, teatro y mercaderes apoderándose de sus calles y plazas. Un auténtico retorno al pasado en pleno siglo XXI.

Obra cumbre de Mies Van Der Rohe.

Desde Ceský Krumlov hay que dirigirse a Brno (unos 200 kilómetros por carretera), la segunda ciudad más importante del país con sus 400.000 habitantes. La pléyade de estrellas de la Unesco en la República Checa incluye también una construcción de arquitectura moderna, llevada a cabo para una casa unifamiliar: la Villa Tugendhat. Reabierta el pasado mes de marzo tras dos años de restauración, se trata de una obra cumbre de la arquitectura funcionalista mundial y de la construcción europea más importante del alemán Ludwig Mies van der Rohe. Edificada entre 1929 y 1930 por encargo del matrimonio judío Tugendhat, todavía hoy, más de 80 años después, sigue resultando moderna. Fritz Tugendhat era un rico empresario textil que no reparó en gastos para construir una casa que constituye todo un dechado de anticipación tecnológica.

Una de las razones por las que se considera a la Villa Tugendhat un ejemplo de arquitectura adelantada a su tiempo es porque, por primera vez en la historia, se utilizó una estructura de soporte de pilares de acero de sección cruciforme para la construcción de una casa familiar. Para los interiores se emplearon materiales preciosos: mármol travertino de Tívoli (de la región italiana del Lazio) para el suelo y ónice de las montañas del Atlas de Marruecos para las paredes, un elemento que tiene la propiedad de intensificar su color bermejo según la luminosidad de la estancia a lo largo del día. Asimismo, las maderas preciosas como el ébano Makassar, el palisandro de la India y el zebrano de África atrapan la mirada del visitante ante tanta belleza atesorada en una misma residencia.

Mies van der Rohe diseñó y supervisó hasta el último detalle, como el picaporte de Groupius (escuela Bauhaus) de las impresionantes puertas interiores de la casa, todas de casi tres metros de altura. El arquitecto también amuebló las estancias de la villa, donde llaman la atención las sillas de diseño, como la famosa silla Brno de color rojo, cuyo modelo ha aparecido después en series de televisión como Colombo o la más reciente del doctor House.  

Entre sus mayores logros técnicos se cuentan también el sistema de aire acondicionado y los ventanales del salón de estar, que se pueden bajar automáticamente hasta el suelo, proyectados así para convertirlo en una extensión de la terraza con el buen tiempo. Desde la terraza superior se admira una bonita vista de Brno, con un panorama dominado por la catedral de San Pedro y San Pablo y el castillo de Spilberk. En el comedor, delimitado por una pared semicircular, se firmó la división de Checoslovaquia en los actuales dos Estados, República Checa y Eslovaquia, en agosto de 1992.

Recibimiento a toque de trompeta.

A menos de 70 kilómetros de la Villa Tugendhat, al este de la ciudad de Brno se halla otro lugar incluido en el año 1998 en la lista de Patrimonio Cultural y de Naturaleza de la Unesco: los jardines y el palacio de Kromeriz. Dicen que esta pequeña ciudad morava debe su inscripción a sus jardines, y en verdad son únicos. Pero el palacio barroco construido como residencia de verano para los obispos de Olomouc no se queda atrás. Es impresionante. Hasta el punto de que al visitante le asalta la pregunta de dónde provenía la riqueza de los obispos, aun a sabiendas de sus vastos territorios, pues no en vano el palacio era la sede principal de su organización feudal. La respuesta que lo explica es que ostentaban el derecho de acuñar monedas de oro y de plata, lo que les procuró pingües beneficios hasta que la emperatriz María Teresa de Austria lo derogó…

Los obispos de Olomouc recibían aquí a las más altas personalidades, como lo atestigua el Salón del Zar (con chimenea y altar), pero también al pueblo llano en el Salón del Trono… De esa época de boato ha quedado la tradición de recibir a los visitantes a toque de trompeta. Dos trompetistas empiezan a tocar una melodía que suena como la música para los fuegos artificiales del mismísimo Haendel justo cuando los turistas entran al Salón del Trono, una agradable sorpresa que bien merece una propina, máxime en un entorno donde se admiran los bellos frescos del techo.

Pero si algo impacta en la visita es la monumental sala rococó del palacio, la segunda más grande de toda la República Checa con sus 400 metros cuadrados, solo superada por la Sala Española del Castillo de Praga. Con sus 22 impresionantes lámparas, fue uno de los escenarios de Amadeus, del director checo Milos Forman, quien rodó aquí muchas de las secuencias palaciegas de la película. La riqueza de los obispos de Olomouc también se pone de manifiesto en la pinacoteca del propio palacio, especializada en pintura gótica y renacentista del siglo XV sobre temas bíblicos y mitológicos, con cuadros como Apolo y Marte, de Tiziano, y obras de otros grandes maestros como Cranach, Brueghel y Van Dyck.  

El mayor grupo escultórico barroco de Europa.

A tan solo 56 kilómetros de Kromeriz, Olomouc es el siguiente destino Patrimonio de la Humanidad de nuestra ruta, un descubrimiento en toda regla para el que no esté advertido de antemano de que la antigua capital de Moravia es la segunda reserva artística monumental del país, solo superada por Praga. Posiblemente, su casco histórico estaría también en la lista de la Unesco si no fuera porque su colosal Columna de la Santísima Trinidad es única en el mundo por ser el mayor grupo escultórico barroco de toda Europa. En este sentido, a Olomouc le sucede como a Brno con la Villa Tugendhat en cuanto a contar con un monumento que no tiene parangón. Levantada tras una terrible epidemia de peste, su altura alcanza los 32 metros, cuando lo normal en otras columnas marianas o de agradecimiento católico por el final de la peste, como las de Viena o Budapest, es que sea de 15 metros. No contento con doblar la altura de las columnas de las dos grandes capitales del imperio austro-húngaro, el arquitecto y tallista Václav Render se propuso aportar la máxima concentración de arte barroco –en este caso 50 estatuas de santos– en un solo conjunto de toda Europa central. Y a fe que lo consiguió, financiando la construcción e incluso legando toda su herencia para la finalización de la misma, pues cuando la columna fue consagrada en 1754, en presencia de la emperatriz María Teresa, hacía veinte años que había muerto. La columna incluye hasta una pequeña capilla en su interior como solución arquitectónica. El tiempo ha hecho justicia a tamaño atrevimiento y fue inscrita por la Unesco en el año 2000.

La columna se erige en la Plaza Alta junto al Ayuntamiento renacentista, en el que no hay que perderse su reloj astronómico, inaugurado en 1953 con motivos proletarios propiciados por el régimen comunista para compensar las 50 estatuas de santos católicos de la columna, tras haber sido destruido el original durante la Segunda Guerra Mundial. En la misma plaza se halla la moderna Fuente de Arión (2002), convertida en el nuevo símbolo de la ciudad.

El palacio de las maravillas.

La Ruta de la Unesco nos lleva de Olomouc a Litomysl, separadas tan solo 79 kilómetros por carretera, en el límite de Bohemia Oriental. De hecho, su privilegiado emplazamiento en la vía de comunicación entre Bohemia y Moravia la convirtió en un lugar de paso obligado en las rutas comerciales procedentes de Viena. La joya de este magnífico paradigma de ciudad checa de tamaño medio es su palacio renacentista, terminado a finales del siglo XVI por arquitectos italianos tras catorce años de obras. Integrado por un modélico patio con arcos, una de sus atracciones es que la superficie de su maravillosa fachada y de las artísticas chimeneas está recubierta de esgrafiados, dibujos raspados en los que ningún motivo figurativo se repite dos veces. Este gran ejemplo de residencia aristocrática fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en al año 1999.

Entre las aportaciones que se hicieron al palacio en el siglo XVIII se encuentra su Teatro Barroco, que se ha conservado de forma intacta con los bastidores originales de Platzer, levantados entre 1796 y 1797. En este coqueto teatro debutó al piano siendo un niño el que, con el tiempo, se convertiría en uno de los compositores checos por excelencia, Bedrich Smetana, que nació justo aquí en 1824, pues su padre era el cervecero de palacio.

La Plaza Smetana, que lleva el nombre del ilustre músico, constituye un ejemplo supremo de plaza porticada, una de las más grandes del país con sus 495 metros de longitud, presidida en su parte central por la antigua torre del municipio (1418) y en un extremo por la estatua del compositor de la célebre obra El Moldava, del ciclo Mi Patria. En su honor se celebra cada verano el Festival Litomysl de Smetana, que ofrece conciertos en el patio del palacio.

Toda la belleza del mundo.

A 172 kilómetros de Litomysl nos aguarda Praga, la meta final de nuestra ruta, cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Unesco en 1992, hace ahora veinte años. Sus admirativas definiciones, como La madre de todas las ciudades o la ya tópica de La ciudad de las cien torres, se quedan cortas ante uno de los cascos antiguos mejor conservados del continente y, por tanto, una de las capitales donde aún se respira el aire de la Vieja Europa. Esto lo aprovechó bien el director Milos Forman para el rodaje de Amadeus en sus callejuelas empedradas. Praga es un manual de arquitectura europea a través de los siglos, del gótico al barroco, que al atardecer se transforma aún más en un escenario de cuento de hadas. Quizás la definición más poética y certera de Praga se resuma en el título de un libro del gran poeta checo Jaroslav Seifert: Toda la belleza del mundo. En él, este Premio Nobel de Literatura llega hasta el fondo de su alma eterna.

La Plaza de la Ciudad Vieja atrapa para siempre al viajero, con su famoso reloj astronómico en la Torre del Ayuntamiento. La leyenda cuenta que el rey Wenceslao IV quedó tan prendado con el resultado que ordenó a los ediles dejar ciego al maestro relojero para que no pudiera construirse una copia del mismo. Y es que Praga se mira en el espejo de una ciudad detenida en el tiempo, en la que el célebre Puente de Carlos, con sus 16 arcos donde se suceden 30 grupos escultóricos que jalonan los pilares, oficia de pasarela mundana donde se dan cita los artistas bohemios, ya sean pintores, dibujantes, mimos o excelentes músicos de jazz.

Refugio de alquimistas.

En esa ciudad dentro de la ciudad que es el Castillo de Praga, en la colina Hradcany, se alza la catedral gótica de San Vito, que exteriormente sobresale por sus colosales contrafuertes y su campanario renacentista que alcanza los 96,50 metros de altura. También en la zona del castillo se encuentra el Callejón de Oro, que nos sume en un halo de misterio imaginando que en sus pintorescas casas, reabiertas el año pasado tras una exigente remodelación, laboraban sin descanso los alquimistas de Rodolfo II en pos del secreto que les permitiera convertir el plomo en oro. Eso sí, la fórmula mágica para enamorarse perdidamente de Praga es contemplar, con la puesta de sol, las mejores vistas panorámicas de la ciudad y sus puentes sobre el Moldava desde los miradores del barrio del Castillo. Realmente sublimes. Un Patrimonio de la Humanidad en sí mismas.

Kromeriz: el “Versalles checo”

Durante siglos el palacio de Kromeriz sirvió de residencia veraniega a los arzobispos de Olomouc. Amén de su magnífica biblioteca y de su impresionante pinacoteca, los cultivados arzobispos también procuraban seguir el precepto de mens sana in corpore sano, habida cuenta de los extensos y paradisiacos jardines que se hicieron construir para pasear y caminar. Así podían elegir entre el jardín del propio palacio, con una superficie de 60 hectáreas y concebido como parque paisajístico de estilo inglés, o el denominado Jardín de las Flores, de estilo barroco, que originariamente se extendía más allá de las murallas de la villa. El Jardín de las Flores se encuentra entre las obras maestras de jardinería más importantes de todo el mundo. Por un lado, todavía se asemeja a los jardines del Renacimiento tardío italiano, pero por otro las tendencias hacia el estilo barroco-clasicista francés de la época en la que fue diseñado (entre 1665-1675) lo convierten, junto al palacio arzobispal, en el Versalles checo. Es especialmente recomendable el paseo panorámico por la azotea de su espléndida columnata de 244 metros de largo para apreciar con mejor perspectiva la virguería de las figuras geométricas realizadas con flores, plantas y arbustos. Los laberintos, sus fuentes o la rotonda central, con el coqueto pabellón octogonal de estilo italiano, lo convierten, por añadidura, en un maravilloso conjunto protegido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. www.zamek-kromeriz.cz

Cerveza y música, el otro Patrimonio cultural

En Bohemia se dice que “si entra un gobierno que encarezca la cerveza, lo echamos”. No en vano, la ciudad de Plzen es la cuna de la cerveza rubia (denominada Pilsen por ello), un tesoro nacional. Y no será porque el pan líquido de los checos sea caro. Al revés. Se da la circunstancia de que en Brno, la capital de Moravia, una jarra de medio litro de cerveza (33 coronas checas, poco más de un euro) como las que siempre se toman por estos pagos casi es más barata que una botella de agua mineral (28 coronas) o un refresco (32 coronas). Así puede comprobarse en la cervecería Pegas, que fabrica sus propias cervezas de trigo, negra y dorada. Otro axioma extendido es aquel que dice: “¿Es checo? Entonces será músico”. Y no anda descaminado el dicho, pues los checos aman la música. El peso de compositores como Dvorak, Smetana, Janacek o Mahler (nacido en un pueblo de Moravia) ha dejado un gran poso. En Litomysl se celebra cada verano desde 1949 el Festival Internacional de Smetana, con conciertos al aire libre en el patio de su palacio renacentista, de excelente acústica. Y Olomouc es conocida como la Salzburgo morava, además de por sus arzobispos, por su rica tradición musical. No en vano, en 1767 un joven Mozart compuso aquí con solo 11 años su Sinfonía en fa mayor, llamada después Olomouc. Asimismo, Beethoven compuso su Missa solemnis (1883) para la catedral de San Wenceslao.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Cardiff, la puerta de Gales

Cómo llegar

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Hay un jocoso dicho en Gales que asegura que esta nación sería más grande que Inglaterra si se pudiera pasar una plancha por sus montañas. Pero, aunque pudieran, no prescindirían de ellas. Los galeses adoran su tierra. Páramos, colinas, acantilados, bahías, valles y cumbres salen en la conversación en cuanto el viajero pregunta un poco acerca del país. También en Cardiff, su capital. Y no solo porque la mayoría de sus habitantes tengan sus raíces en otros puntos de Gales. También porque la ciudad es un fiel reflejo del país. Ha crecido incluso casi a su imagen y semejanza. Es pequeña –no llega a 350.000 habitantes–, amable, está rodeada de colinas y cuenta con la mayor superficie de espacios verdes por habitante de Reino Unido. Sin olvidar que, como otras localidades galesas, la ciudad ha dibujado varias rutas peatonales y ciclistas que la unen con el escenario favorito de los galeses: la naturaleza. Como la que lleva a los páramos de Brecon Beacons o la que trae los aromas salados del cercano canal de Bristol. Y es precisamente aquí, en la bahía, aquella que la acabó convirtiendo en ciudad y la cubrió durante décadas de millones de libras, por donde Cardiff volvió a reconvertirse justo al comienzo del nuevo milenio.

El reino del carbón.

Pero para seguir apropiadamente el discurso de la capital más joven de Europa –alcanzó dicho estatus en 1955–, antes que a la bahía hay que acercarse al castillo, donde aún permanecen los vestigios de la fortaleza que los romanos construyeron junto al río Taff y que acabó por dar nombre a Cardiff (en galés, Caer Taff significa “Fuerte en el Taff”). Aquellos no permanecieron mucho tiempo en el fuerte, que terminó por quedar abandonado hasta la llegada de los normandos. El paso de los siglos siguió sin traer demasiado desarrollo ni al castillo ni a la modesta localidad costera hasta los albores del XIX, cuando la aristocrática familia Bute entra en escena y se convierten en señores de la fortaleza. Desde ese momento, su nombre quedará para siempre ligado al de Cardiff. Propietarios de gran parte de las tierras y valles de donde era extraído el carbón, acabaron convirtiendo a la ciudad en el mayor puerto exportador del mundo de este mineral, desde el cual se llegaron a enviar nada menos que trece millones de toneladas en 1913. De hecho, el primer cheque de un millón de libras de Reino Unido se entregó aquí tras la venta a Francia de 2.500 toneladas de carbón. Pero para llegar a este momento los Bute primero tuvieron que construir el canal Glamorganshire, el ferrocarril de Taff Vale y, finalmente, los primeros muelles de Butetown, lo que hoy se conoce como la Bahía de Cardiff. Aquella inversión y desarrollo no solo convirtieron a la familia en la más rica del mundo a mediados del XIX sino que también transformó por completo a la pequeña localidad costera. En menos de un siglo pasó del millar de habitantes que tenía en el año 1801 a 170.000, y a 227.000 a comienzos de la década de los 30. 

Un salón inspirado en la Alhambra.

De aquellos tiempos queda como recordatorio el castillo de Cardiff. Esta fantasía victoriana levantada sobre restos medievales refleja bien el auge económico de los Bute. De estilo un tanto ecléctico, su excentricidad guarda semejanza con el gusto kitsch de otras residencias millonarias, como la que el magnate de la prensa William Randolph Hearst se construyó en California. No deja de ser curioso que el empresario americano se encaprichara también de un castillo en Gales, el de St. Donat’s, situado a 25 kilómetros de Cardiff, después de haber visto una fotografía del mismo en la revista Country Life. Pero Si Hearst se gastó una fortuna comprando salones enteros procedentes de otros castillos y palacios de Europa, el tercer marqués de Bute optó por mandárselo hacer al arquitecto William Burges, otro excéntrico que gustaba de pasearse vestido con ropas medievales y con un loro al hombro. En su interior no falta ni una salita inspirada en la Alhambra ni un enorme comedor con aires artúricos, además de múltiples referencias a sus tres pasiones: la arquitectura gótica, la astrología y la simbología religiosa. Aparte de un recorrido de casi una hora por las principales salas del castillo, la entrada también permite al visitante subir a lo alto de la torre normanda, desde donde se divisa toda la ciudad.

Arte impresionista.

A vista de pájaro, Cardiff aún parece más compacta. A pocos minutos a pie queda, por ejemplo, el Millennium Stadium, donde juegan las selecciones galesas de fútbol y rugby, el deporte nacional. Desde el estadio, basta cruzar Westgate Street para comenzar a pasear por una de las áreas comerciales más destacadas de Reino Unido. Y de las más agradables, ya que la mayor parte de sus calles y avenidas son peatonales. Además de los numerosos comercios repartidos por las avenidas Queen Street y The Hayes, el viajero encuentra tres modernos centros comerciales y siete bonitas galerías levantadas en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Cardiff comenzaba a tener una importante vida comercial. De hecho, sus habitantes adquirieron desde entonces fama de festivos y consumistas, una etiqueta que aún les ponen sus paisanos del norte, con fama de prudentes. Quizás es por eso que durante los fines de semana recibe numerosos turistas británicos, atraídos por su oferta comercial, su buen clima –presumen de tener más horas de sol que Milán– y su animado ambiente nocturno, muy frecuentado los jueves por los estudiantes. Junto al llamado Café Quarter, la vecina calle de Mill Lane y Caroline St. –cuyos puestos de fish and chips permanecen abiertos hasta el amanecer– se concentran muchos de los jóvenes que salen a tomarse unas pintas al llegar el fin de semana.

Pero a pesar de que fue la Revolución Industrial la que le dio el empuje definitivo, Cardiff no deja de tener un aire de ciudad de provincia, con sus calles mayores por donde los taffies –el apelativo con que se conoce a sus habitantes– pasean arriba y abajo durante las tardes festivas. Sin olvidar su pequeño racimo de elegantes edificios de estilo eduardiano, levantados cuando de los valles llovía carbón como si del nuevo maná se tratara. A él también se debe la Universidad, el Ayuntamiento –con el dragón galés coronando su cúpula– y el Museo Nacional de Cardiff. El dinero que el carbón generó al magnate David Davies le permitió reunir la que hoy es una de las colecciones de arte impresionista y postimpresionista más importante del mundo, con obras de Monet, Pissarro, Sisley –quien se casó en la ciudad–, Renoir, Cézanne, Van Gogh, Matisse… No hay que dejar por tanto de entrar en este museo, que también alberga una interesante colección de historia natural.

Para llegar al punto más alejado del mapa, a poco más de kilómetro y medio del castillo, lo mejor es acercarse al parque Bute, el mayor espacio verde de la ciudad, y subirse a bordo del autobús acuático que recorre el río Taff hasta llegar a la Bahía de Cardiff. Donde antaño se acumulaban los envíos de carbón dirigidos a las bodegas de los barcos, hoy abren sus puertas terrazas, restaurantes y los nuevos iconos de la urbe: el Y Senned (la Asamblea Nacional) y el Wales Millennium Centre, un impresionante edificio cubierto de acero y pizarra conocido como El Armadillo y que acoge espectáculos de ópera, danza y musicales. Ambos son algo más que los nuevos símbolos arquitectónicos de la ciudad. Representan la guinda de los casi dos billones de libras que costó el último lavado de cara del puerto y la Bahía de Cardiff, nada menos que el mayor proyecto de regeneración de una fachada marítima desarrollado en Europa hasta la fecha. Con él se ponía fin a las décadas de abandono que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria del carbón decayó dejando a su suerte a la bahía y a los barrios nacidos en torno a ella, como Tiger Bay, cuyas calles se llenaron de antros y burdeles.

El Muelle de la Sirena.

Pero el final del siglo XX trajo consigo una nueva vida a la zona. Las marismas que cada día se creaban por las mareas que inundaban el estuario del río Taff desaparecieron gracias a la presa de la Bahía de Cardiff, dando lugar a un lago de agua dulce de más de 200 hectáreas y fomentando el desarrollo de la zona colindante, que ya incluye algunas de las viviendas más caras de la ciudad. Poco queda ya de su pasado portuario, salvo el edificio rojizo conocido como Pierhead –recuerdo de cuando hasta aquí llegaban las vías del tren– y la Norwegian Church, una capilla levantada por los estibadores noruegos que hasta aquí vinieron en busca del ingente trabajo creado por el carbón, al igual que somalíes, yemenitas, españoles, italianos, irlandeses… Ya sea verano o invierno, en la bahía siempre hay animación. Y no solo en torno a Mermaid Quay (el Muelle de la Sirena), donde se ubican los restaurantes y cafés. También en las propias aguas, donde los visitantes se divierten con numerosas actividades acuáticas, incluidos los descensos de rápidos que ofrece la empresa Cardiff International White Water.

Sin olvidar que desde la bahía parte una de las rutas ciclistas más populares del país. Con 90 kilómetros de longitud, une la urbe con el Parque Nacional de Brecon Beacons, especialmente hermoso en el otoño. Cerca de cuatro millones de personas disfrutan cada año de este entorno, cuya belleza es innegable, a ratos árida y dura como la vida que llevaron en tiempos pasados sus habitantes. Este territorio también estuvo ligado al pasado industrial del país, tal y como se puede apreciar en Blaenavon, cuyas minas de hierro y hulla, canteras y hornos han sido incluidos como Paisaje Industrial dentro del listado de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Desde el centro de visitantes, situado en las proximidades de la localidad de Libanus, se disfruta de unas fantásticas vistas del Parque Nacional. A las afueras de Cardiff, la historia prosigue en St. Fagans, un museo al aire libre que acoge cerca de cuarenta edificios y granjas traídas piedra a piedra desde diferentes puntos del país.

Con 96 kilómetros de ancho y 274 de largo, cualquier escapada por Gales no resulta lejana si se parte desde la capital. El país inauguró la primavera pasada el Wales Coastal Path, una ruta de 1.400 kilómetros apta para ciclistas que recorre toda la costa galesa. Ya sea sobre una bicicleta o en coche, el viajero que no ande escaso de días debería incluir en su plan algunos de los lugares de interés próximos a la ciudad, como la costa del Parque Nacional de Pembrokeshire, la península de Gower, con sus largas playas vírgenes, o el castillo de Caerffili, una de las 640 fortalezas de este país, considerado una de las naciones más antiguas del mundo.

La ciudad de las galerías

La capital galesa es uno de los principales destinos para ir de compras del Reino Unido. No solo cuenta con una amplia oferta a lo largo de las calles comerciales de Queen Street, The Hayes, High Street y Mary Street sino también en las galerías abiertas entre estas vías. Aparte de los tres modernos centros comerciales repartidos en la zona, se conservan casi 800 metros de las antiguas arcadas comerciales victorianas y eduardianas, la primera de las cuales, la Royal Arcade, se levantó en el año 1858. Construidas a finales del siglo XIX –cuando la ciudad comenzaba a tener una importante vida comercial–, la más bonita y mejor preservada de la ciudad es la Morgan Arcade, con sus ventanas venecianas y sus escaparates originales de madera. Precisamente aquí se encuentra la tienda de discos más antigua del mundo, Spillers Records, que fue abierta en 1894. Las calles que conforman el llamado Mermaid Quay o Muelle de la Sirena, en la Bahía de Cardiff, cuenta con algunos comercios de interés, como Craft in the Bay, donde se expone y vende artesanía contemporánea, y Fabulous Welshcakes, donde se venden los welsh cakes –dulces tradicionales que suelen acompañarse con una taza de té– más deliciosos de la ciudad.

El puerto del capitán Scott

Hacía tan solo cinco años que Cardiff se había convertido oficialmente en ciudad y de su puerto seguían partiendo miles de toneladas de carbón cada día. Aunque el 15 de junio de 1910 no fue un barco carguero el que levó anclas sino el Terra Nova, el ballenero con el que el capitán Robert Falcon Scott marchó en expedición hacia el Polo Sur. Cardiff se volcó económicamente con este proyecto: los empresarios aportaron 2.500 libras y las empresas carboneras llenaron las bodegas del buque Terra Nova con el mejor carbón. Incluso un editor bien conectado con Londres consiguió que el primer ministro David Lloyd George, de origen galés, diera al proyecto de Scott 20.000 libras procedentes del presupuesto gubernamental. Lamentablemente, el capitán y su equipo morirían en el Polo Sur. Justo a falta de un día para que se cumplieran los tres años de la feliz partida, el Terra Nova atracaba en Cardiff con el cadáver del capitán. Miles de galeses le dieron una última y solemne despedida.


Cardiff, la puerta de Gales

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Hay un jocoso dicho en Gales que asegura que esta nación sería más grande que Inglaterra si se pudiera pasar una plancha por sus montañas. Pero, aunque pudieran, no prescindirían de ellas. Los galeses adoran su tierra. Páramos, colinas, acantilados, bahías, valles y cumbres salen en la conversación en cuanto el viajero pregunta un poco acerca del país. También en Cardiff, su capital. Y no solo porque la mayoría de sus habitantes tengan sus raíces en otros puntos de Gales. También porque la ciudad es un fiel reflejo del país. Ha crecido incluso casi a su imagen y semejanza. Es pequeña –no llega a 350.000 habitantes–, amable, está rodeada de colinas y cuenta con la mayor superficie de espacios verdes por habitante de Reino Unido. Sin olvidar que, como otras localidades galesas, la ciudad ha dibujado varias rutas peatonales y ciclistas que la unen con el escenario favorito de los galeses: la naturaleza. Como la que lleva a los páramos de Brecon Beacons o la que trae los aromas salados del cercano canal de Bristol. Y es precisamente aquí, en la bahía, aquella que la acabó convirtiendo en ciudad y la cubrió durante décadas de millones de libras, por donde Cardiff volvió a reconvertirse justo al comienzo del nuevo milenio.

El reino del carbón.

Pero para seguir apropiadamente el discurso de la capital más joven de Europa –alcanzó dicho estatus en 1955–, antes que a la bahía hay que acercarse al castillo, donde aún permanecen los vestigios de la fortaleza que los romanos construyeron junto al río Taff y que acabó por dar nombre a Cardiff (en galés, Caer Taff significa “Fuerte en el Taff”). Aquellos no permanecieron mucho tiempo en el fuerte, que terminó por quedar abandonado hasta la llegada de los normandos. El paso de los siglos siguió sin traer demasiado desarrollo ni al castillo ni a la modesta localidad costera hasta los albores del XIX, cuando la aristocrática familia Bute entra en escena y se convierten en señores de la fortaleza. Desde ese momento, su nombre quedará para siempre ligado al de Cardiff. Propietarios de gran parte de las tierras y valles de donde era extraído el carbón, acabaron convirtiendo a la ciudad en el mayor puerto exportador del mundo de este mineral, desde el cual se llegaron a enviar nada menos que trece millones de toneladas en 1913. De hecho, el primer cheque de un millón de libras de Reino Unido se entregó aquí tras la venta a Francia de 2.500 toneladas de carbón. Pero para llegar a este momento los Bute primero tuvieron que construir el canal Glamorganshire, el ferrocarril de Taff Vale y, finalmente, los primeros muelles de Butetown, lo que hoy se conoce como la Bahía de Cardiff. Aquella inversión y desarrollo no solo convirtieron a la familia en la más rica del mundo a mediados del XIX sino que también transformó por completo a la pequeña localidad costera. En menos de un siglo pasó del millar de habitantes que tenía en el año 1801 a 170.000, y a 227.000 a comienzos de la década de los 30. 

Un salón inspirado en la Alhambra.

De aquellos tiempos queda como recordatorio el castillo de Cardiff. Esta fantasía victoriana levantada sobre restos medievales refleja bien el auge económico de los Bute. De estilo un tanto ecléctico, su excentricidad guarda semejanza con el gusto kitsch de otras residencias millonarias, como la que el magnate de la prensa William Randolph Hearst se construyó en California. No deja de ser curioso que el empresario americano se encaprichara también de un castillo en Gales, el de St. Donat’s, situado a 25 kilómetros de Cardiff, después de haber visto una fotografía del mismo en la revista Country Life. Pero Si Hearst se gastó una fortuna comprando salones enteros procedentes de otros castillos y palacios de Europa, el tercer marqués de Bute optó por mandárselo hacer al arquitecto William Burges, otro excéntrico que gustaba de pasearse vestido con ropas medievales y con un loro al hombro. En su interior no falta ni una salita inspirada en la Alhambra ni un enorme comedor con aires artúricos, además de múltiples referencias a sus tres pasiones: la arquitectura gótica, la astrología y la simbología religiosa. Aparte de un recorrido de casi una hora por las principales salas del castillo, la entrada también permite al visitante subir a lo alto de la torre normanda, desde donde se divisa toda la ciudad.

Arte impresionista.

A vista de pájaro, Cardiff aún parece más compacta. A pocos minutos a pie queda, por ejemplo, el Millennium Stadium, donde juegan las selecciones galesas de fútbol y rugby, el deporte nacional. Desde el estadio, basta cruzar Westgate Street para comenzar a pasear por una de las áreas comerciales más destacadas de Reino Unido. Y de las más agradables, ya que la mayor parte de sus calles y avenidas son peatonales. Además de los numerosos comercios repartidos por las avenidas Queen Street y The Hayes, el viajero encuentra tres modernos centros comerciales y siete bonitas galerías levantadas en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Cardiff comenzaba a tener una importante vida comercial. De hecho, sus habitantes adquirieron desde entonces fama de festivos y consumistas, una etiqueta que aún les ponen sus paisanos del norte, con fama de prudentes. Quizás es por eso que durante los fines de semana recibe numerosos turistas británicos, atraídos por su oferta comercial, su buen clima –presumen de tener más horas de sol que Milán– y su animado ambiente nocturno, muy frecuentado los jueves por los estudiantes. Junto al llamado Café Quarter, la vecina calle de Mill Lane y Caroline St. –cuyos puestos de fish and chips permanecen abiertos hasta el amanecer– se concentran muchos de los jóvenes que salen a tomarse unas pintas al llegar el fin de semana.

Pero a pesar de que fue la Revolución Industrial la que le dio el empuje definitivo, Cardiff no deja de tener un aire de ciudad de provincia, con sus calles mayores por donde los taffies –el apelativo con que se conoce a sus habitantes– pasean arriba y abajo durante las tardes festivas. Sin olvidar su pequeño racimo de elegantes edificios de estilo eduardiano, levantados cuando de los valles llovía carbón como si del nuevo maná se tratara. A él también se debe la Universidad, el Ayuntamiento –con el dragón galés coronando su cúpula– y el Museo Nacional de Cardiff. El dinero que el carbón generó al magnate David Davies le permitió reunir la que hoy es una de las colecciones de arte impresionista y postimpresionista más importante del mundo, con obras de Monet, Pissarro, Sisley –quien se casó en la ciudad–, Renoir, Cézanne, Van Gogh, Matisse… No hay que dejar por tanto de entrar en este museo, que también alberga una interesante colección de historia natural.

Para llegar al punto más alejado del mapa, a poco más de kilómetro y medio del castillo, lo mejor es acercarse al parque Bute, el mayor espacio verde de la ciudad, y subirse a bordo del autobús acuático que recorre el río Taff hasta llegar a la Bahía de Cardiff. Donde antaño se acumulaban los envíos de carbón dirigidos a las bodegas de los barcos, hoy abren sus puertas terrazas, restaurantes y los nuevos iconos de la urbe: el Y Senned (la Asamblea Nacional) y el Wales Millennium Centre, un impresionante edificio cubierto de acero y pizarra conocido como El Armadillo y que acoge espectáculos de ópera, danza y musicales. Ambos son algo más que los nuevos símbolos arquitectónicos de la ciudad. Representan la guinda de los casi dos billones de libras que costó el último lavado de cara del puerto y la Bahía de Cardiff, nada menos que el mayor proyecto de regeneración de una fachada marítima desarrollado en Europa hasta la fecha. Con él se ponía fin a las décadas de abandono que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria del carbón decayó dejando a su suerte a la bahía y a los barrios nacidos en torno a ella, como Tiger Bay, cuyas calles se llenaron de antros y burdeles.

El Muelle de la Sirena.

Pero el final del siglo XX trajo consigo una nueva vida a la zona. Las marismas que cada día se creaban por las mareas que inundaban el estuario del río Taff desaparecieron gracias a la presa de la Bahía de Cardiff, dando lugar a un lago de agua dulce de más de 200 hectáreas y fomentando el desarrollo de la zona colindante, que ya incluye algunas de las viviendas más caras de la ciudad. Poco queda ya de su pasado portuario, salvo el edificio rojizo conocido como Pierhead –recuerdo de cuando hasta aquí llegaban las vías del tren– y la Norwegian Church, una capilla levantada por los estibadores noruegos que hasta aquí vinieron en busca del ingente trabajo creado por el carbón, al igual que somalíes, yemenitas, españoles, italianos, irlandeses… Ya sea verano o invierno, en la bahía siempre hay animación. Y no solo en torno a Mermaid Quay (el Muelle de la Sirena), donde se ubican los restaurantes y cafés. También en las propias aguas, donde los visitantes se divierten con numerosas actividades acuáticas, incluidos los descensos de rápidos que ofrece la empresa Cardiff International White Water.

Sin olvidar que desde la bahía parte una de las rutas ciclistas más populares del país. Con 90 kilómetros de longitud, une la urbe con el Parque Nacional de Brecon Beacons, especialmente hermoso en el otoño. Cerca de cuatro millones de personas disfrutan cada año de este entorno, cuya belleza es innegable, a ratos árida y dura como la vida que llevaron en tiempos pasados sus habitantes. Este territorio también estuvo ligado al pasado industrial del país, tal y como se puede apreciar en Blaenavon, cuyas minas de hierro y hulla, canteras y hornos han sido incluidos como Paisaje Industrial dentro del listado de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Desde el centro de visitantes, situado en las proximidades de la localidad de Libanus, se disfruta de unas fantásticas vistas del Parque Nacional. A las afueras de Cardiff, la historia prosigue en St. Fagans, un museo al aire libre que acoge cerca de cuarenta edificios y granjas traídas piedra a piedra desde diferentes puntos del país.

Con 96 kilómetros de ancho y 274 de largo, cualquier escapada por Gales no resulta lejana si se parte desde la capital. El país inauguró la primavera pasada el Wales Coastal Path, una ruta de 1.400 kilómetros apta para ciclistas que recorre toda la costa galesa. Ya sea sobre una bicicleta o en coche, el viajero que no ande escaso de días debería incluir en su plan algunos de los lugares de interés próximos a la ciudad, como la costa del Parque Nacional de Pembrokeshire, la península de Gower, con sus largas playas vírgenes, o el castillo de Caerffili, una de las 640 fortalezas de este país, considerado una de las naciones más antiguas del mundo.

La ciudad de las galerías

La capital galesa es uno de los principales destinos para ir de compras del Reino Unido. No solo cuenta con una amplia oferta a lo largo de las calles comerciales de Queen Street, The Hayes, High Street y Mary Street sino también en las galerías abiertas entre estas vías. Aparte de los tres modernos centros comerciales repartidos en la zona, se conservan casi 800 metros de las antiguas arcadas comerciales victorianas y eduardianas, la primera de las cuales, la Royal Arcade, se levantó en el año 1858. Construidas a finales del siglo XIX –cuando la ciudad comenzaba a tener una importante vida comercial–, la más bonita y mejor preservada de la ciudad es la Morgan Arcade, con sus ventanas venecianas y sus escaparates originales de madera. Precisamente aquí se encuentra la tienda de discos más antigua del mundo, Spillers Records, que fue abierta en 1894. Las calles que conforman el llamado Mermaid Quay o Muelle de la Sirena, en la Bahía de Cardiff, cuenta con algunos comercios de interés, como Craft in the Bay, donde se expone y vende artesanía contemporánea, y Fabulous Welshcakes, donde se venden los welsh cakes –dulces tradicionales que suelen acompañarse con una taza de té– más deliciosos de la ciudad.

El puerto del capitán Scott

Hacía tan solo cinco años que Cardiff se había convertido oficialmente en ciudad y de su puerto seguían partiendo miles de toneladas de carbón cada día. Aunque el 15 de junio de 1910 no fue un barco carguero el que levó anclas sino el Terra Nova, el ballenero con el que el capitán Robert Falcon Scott marchó en expedición hacia el Polo Sur. Cardiff se volcó económicamente con este proyecto: los empresarios aportaron 2.500 libras y las empresas carboneras llenaron las bodegas del buque Terra Nova con el mejor carbón. Incluso un editor bien conectado con Londres consiguió que el primer ministro David Lloyd George, de origen galés, diera al proyecto de Scott 20.000 libras procedentes del presupuesto gubernamental. Lamentablemente, el capitán y su equipo morirían en el Polo Sur. Justo a falta de un día para que se cumplieran los tres años de la feliz partida, el Terra Nova atracaba en Cardiff con el cadáver del capitán. Miles de galeses le dieron una última y solemne despedida.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

El romesco añade la nota de sabor al otoño de Tarraco

Cómo llegar

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En el Serrallo, el barrio pesquero de Tarragona, nace el plato más representativo del recetario tradicional tarraconense: el romesco. La receta original solo llevaba ajo, pan duro, aceite de arbequina, pebrot vermell (pimiento choricero) y sal. Después añadieron tomates escalibados, almendras (marcona) y avellanas de Reus fritas. Ingredientes que encontramos en todas las cocinas y con los que podemos hacer dos recetas parecidas, pero con diferentes aplicaciones: la cassola de romesco y la salsa fría de romesco. La cassola es un guiso marinero y siempre lleva apellido: romesco de rape, romesco de lubina, romesco de calamar y patatas… y donde el romesco es un elemento más en la cazuela; y, por otro lado, tenemos la salsa fría de romesco, que, como todas las salsas, es un compañero de viaje, el chevalier servant que acompaña al ingrediente principal, realzándolo y nunca enmascarándolo.

Según la asociación de maestros romescaires, hay varias diferencias entre el romesco madre del guiso y la salsa fría de romesco. Los dos llevan ajos escalibados, ajos frescos que dan ese punto picante pero sin pasarse, sal, aceite de arbequina y pan seco. A partir de aquí comienzan las diferencias; en el romesco madre el pimiento va frito y a la mezcla se le añade vino seco, se tritura y se obtiene una salsa densa de textura grumosa. Mientras que en la salsa fría el pimiento se remoja en agua y con una cucharilla se rebana la pulpa, además se añaden unos tomates escalibados, se tritura y la mezcla se rectifica con sal y un chorrito de vinagre originando una salsa fina y homogénea. Esta es la teoría, porque en la práctica hay muchas alternativas: ajos crudos, asados o fritos; pimientos fritos o escaldados, con o sin pepitas… cada cocinero tiene su propia receta, incluso hay algunos que añaden guindilla, hierbas y especias, entre otras muchas cosas que no nos cuentan. Encontramos recetas en las que se sustituye el pimiento choricero por la ñora (pimiento redondo y algo mas dulce), pero la ñora solo se debe emplear cuando no se encuentra el verdadero pebrot.

Ya sea carne o pescado, frío o caliente, dulce o salado, el romesco es un buen complemento, que va bien con casi todo. Todos los años, la Asociación de Tarragona Gastronómica organiza las Jornadas del Romesco, con las que pretende dar a conocer una cocina tradicional bien hecha, con productos locales, frescos y de buena calidad, que coge el tren de la modernidad y sabe actualizarse. Este año se celebró del 10 al 28 de octubre y 40 fueron los restaurantes repartidos por toda la ciudad que ofrecieron un Menú Romescaire al alcance de todos los gustos y todos los bolsillos (20, 27 y 35 euros), un precio en el que estaba incluido el agua, una cerveza Damm Inedit y el IVA. Pudimos degustar los clásicos romescos y otras propuestas más modernas y arriesgadas, platos llenos de creatividad e imaginación.

Vermut y recetas originales.

Dentro de la oferta para la ocasión merece la pena destacar un buen puñado de recetas originales como el trifásico de atún con pan de romesco de L’Onada, la ensalada tibia de pulpo con mayonesa de romesco de Balandra, los chipirones de playa con salsa fina de romesco de Manolo, el salmorejo de romesco y el tartar de dos salmones con vinagreta de romesco y helado de pimiento de Arcs, los raviolis rellenos de conejo a la rabiata (romesco picante) de Pulvinar, el rodaballo con salsa romesco y mejillones del Taller de Cuina, la espuma de romesco con gamba roja de Tarragona de De Vins y, para terminar, un ravioli de mango y confitura de tomate con trufas de chocolate y romesco crujiente en El Terrat.

La moda del vermut no pasa y sigue siendo la bebida del aperitivo de los tarraconenses, en vaso o en copa, pero siempre con hielo, una rodajita de limón, otra de naranja y un chorrito de sifón. En este aperitivo nunca faltan las olivas y las patatas fritas; Yzaguirre (fundada en 1884) y Miró (en 1957), las dos de Reus, son las marcas preferidas. Siguiendo las nuevas modas de recuperar los sabores de antaño renacen como ave fénix la cerveza Rosita (Original, D’Ivori y la negra hecha con avellanas de Alcover) y el Suau, una bebida refrescante elaborada con café, gaseosa y azúcar, y que se ha de beber muy fría. El chartreuse no renace porque nunca se fue y sigue estando de moda; la mamadeta (chartreuse con granizado de limón) es la bebida oficial en las fiestas de Santa Tecla, ya que no hay que olvidar que los monjes cartujos franceses tuvieron una destilería en la Plaça dels Infants de Tarragona hasta el año 1989. El vino se guarda para las comidas.

Hay otras ofertas gastronómicas diferentes, como las que nos propone Tastets de ciutat (Degustando la ciudad). Son reuniones alrededor de una mesa, en una terraza, con un guía profesional que nos explica la ruta elegida. Hay tres rutas marcadas: la del Circo Romano, cuya reunión se hace en una terraza en la misma Plaza de la Font, situada encima de lo que fue el circo romano; la Ruta de la Catedral, con las explicaciones de la ciudad medieval, y la del Serrallo, que saborea la gastronomía del barrio pesquero y la historia de esos terrenos ganados al mar. El que la reunión se haga en una terraza no es cuestión baladí, ya que en las rutas se ofrece una bebida y una tapa gastronómica relacionada con la época (Roma, medieval y guiso marinero). Es una manera muy cómoda y lúdica de conocer la historia desde otra perspectiva.

Un menú romano.

Otra propuesta interesante es Tarraco Viva, un festival que pretende divulgar el patrimonio histórico y sensibilizar a los ciudadanos de la importancia de conservarlo. Durante el mes de mayo la ciudad se transforma y la Roma antigua resurge en cada esquina: teatro, música, mercados y gastronomía. La asociación Tarraco a Taula organiza también en esos días auténticos menús romanos con algunos restaurantes de la ciudad, incluyendo platos como pulpo a la brasa con rosas o higos con pato.

Por último, podemos contactar con un bloguero, muy conocido en el mundo de los cocinitas, el cocinerofiel.com, que aspira a redescubrir “el estilo de vida mediterráneo a través de historias cotidianas y personas extraordinarias”. Y seguro que nos dará algunas pistas interesantes.


Las dos principales low cost españolas inauguran nuevos destinos con Europa

Cómo llegar

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Iberia Express ha incorporado cinco nuevos destinos en Europa, tres de ellos en Alemania. La compañía low cost comenzará a operar vuelos a Fráncfort, con 19 frecuencias semanales; a Berlín, con 18, y a Dusseldorf, con 14. Completa el programa de invierno abriendo rutas a Estocolmo (Suecia) y Copenhague (Dinamarca), con una frecuencia diaria en cada uno de estos destinos, y mantiene también las de Dublín (cuatro frecuencias semanales durante este mes de noviembre) y Ámsterdam, con un total de 18 frecuencias semanales. Por lo que se refiere a los vuelos domésticos, la compañía Iberia Express ya ha iniciado sus operaciones en el aeropuerto de Jerez el pasado 28 octubre, con dos frecuencias al día, que se incrementarán en los meses de diciembre y enero hasta tres frecuencias diarias.

Por su parte, Vueling ha adelantado sus previsiones para el programa de verano, que se inicia en el mes de marzo, y anuncia que agregará a su programa un total de 28 nuevas rutas. Entre ellas destacan las conexiones entre Barcelona y Dresde (Alemania), Rennes (Francia), Fez, Casablanca y Tánger (Marruecos), Rodas y Kos (Grecia), Banjul (Gambia), Helsinki (Finlandia), Sofía (Bulgaria), Orán y Argel (Argelia), y Luxemburgo, además de  establecer una serie de trayectos que están orientados especialmente al pasajero de negocios, tales como Londres-Gatwick, Fráncfort, Stuttgart, Dusseldorf y Turín. La aerolínea también aumentará desde el aeropuerto de Bilbao las frecuencias a Canarias e islas griegas, y desde principios del verano operará la ruta a Berlín. Desde Málaga y Alicante ampliará las frecuencias en las rutas a Francia y Benelux. En Baleares elevará la capacidad en la ruta entre Palma de Mallorca y Moscú, que pasa de tres a cinco frecuencias semanales, mientras que en las Islas Canarias optimizará los horarios de cara al pasajero de negocios y en las conexiones con vuelos al norte de Europa a través de Barcelona. En París Orly y Ámsterdam incrementarán la capacidad en las rutas existentes.