martes, 2 de octubre de 2012

Hoteles de leyenda

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Algunos se hicieron con un hueco en la Historia por los personajes que alojaron; otros, por lo que ocurrió o dejó de ocurrir en sus salones o en la intimidad de sus suites. Son la flor y nata de la hotelería clásica: lugares irrepetibles con muchos, pero que muchos secretos que guardar. Jamás habrá dos danielis ni dos pera palace ni dos negrescos. El Raffles, aunque abra sucursales en Dubái o en las Seychelles, disparará siempre la imaginación hacia el mítico edificio de Singapur que construyeron en 1887 los avispados hermanos Sarkies, y nunca ningún otro hotel podrá asomarse al Nilo con la majestad con que desde 1899 lo viene haciendo el Old Cataract de Asuán.
Algunas de estas viejas glorias apenas han sido rehabilitadas desde sus días de oro. Buen ejemplo de ello es el hotel Baron de Alepo, desde cuya habitación 215 el rey Faisal declaró la independencia de Siria. El antaño hotel más opulento de Oriente Medio surtió de todos los lujos de la época a viajeros y políticos entre los que figuraron desde Rockefeller hasta el mismísimo Lawrence de Arabia. Muchos de los grandes sí han sido sin embargo rehabilitados y hasta ampliados, aliñando su sabor de otros tiempos con los servicios del siglo XXI. Entre las reaperturas más recientes sobresalen la del mítico Savoy de Londres o la del The Pierre de Nueva York. Y también hace no mucho volvían a abrir sus puertas totalmente remozados los mencionados Pera Palace de Estambul y el Old Cataract de Asuán, célebres entre muchos otros méritos por haber inspirado sendos libros de Agatha Christie: Asesinato en el Orient Express y Muerte en el Nilo.

De África hasta Asia. Río arriba, el país de los faraones atesora en Luxor otro templo del glamour, el Old Winter Palace, desde el que Howard Carter anunciara al mundo el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, y, en su capital, el Mena House, a los pies de las pirámides, o el hoy Cairo Marriott Hotel, cuyo edificio central ocupa el palacio que se construyera para albergar a Eugenia de Montijo en su visita para la inauguración del Canal de Suez. El Mount Nelson de Ciudad del Cabo, el Norfolk y el Stanley de Nairobi y el Victoria Falls Hotel, arrimado a las cataratas que le dan nombre, son las otras piezas africanas que no podrían faltar en el puzzle de los grandes hoteles con historia. Si en Oceanía apenas cabría mencionar el Windsor de Melbourne, en Asia la oferta da mucho más de sí. Además del Raffles, también brillan con luz propia The Oriental de Bangkok o el Strand de Rangún, así como los palacios de los antiguos maharajás de la India o el Imperial de Nueva Delhi, en el que se negoció la partición del país y la creación de Paquistán. También el Metropole de Hanoi y el Continental de la vieja Saigón –donde Graham Greene ambientara parte de El americano impasible–; el antaño Astor House y hoy menos glamouroso Pujiang Hotel de Shanghai, que fue el primer lugar de China en el que se encendió una lámpara eléctrica; el American Colony de Jerusalén, un oasis neutral en estas convulsas geografías que ha conocido a varias generaciones de corresponsales y negociadores, y, desde luego, The Peninsula, en Hong Kong, inconfundible por la escuadra de Rolls Royce que aguardan apostados en su puerta.

Europa y América. En Norteamérica también ofician como iconos el Waldorf Astoria de Nueva York o The Algonquin, favorito de intelectuales como Dorothy Parker o Faulkner; el Fairmont de San Francisco, uno de los pocos supervivientes del terremoto de 1906, o el este año centenario Beverly Hills Hotel de Los Ángeles. Y, algo más abajo, el Copacabana Palace de Río de Janeiro, el Alvear de Buenos Aires o El Nacional de La Habana, en el que Frank Sinatra llegó a cantar durante una sonada cumbre de mafiosos que erigió a Lucky Luciano como rey del hampa.

Pero la palma sin duda se la llevan los grandes hoteles del viejo continente, con nombres de oro como el Crillon, el Plaza Athénée o el Ritz de París, hogar de Coco Chanel durante más de tres décadas. El Martinez de Cannes, el Negresco de Niza y el Hotel de Paris de Montecarlo siguen como símbolos del elitismo en la Costa Azul. A ellos se añaden auténticas instituciones como el Savoy o el Claridge’s en Londres, el Reid’s Palace de Madeira –al que se escapaba la emperatriz Sissi–, el Cipriani y el Danieli de Venecia, el Gran Hotel de Roma (en el que vivió Alfonso XIII varios años durante su exilio) y el Grand Bretagne de Atenas, que se libró de milagro de ser bombardeado por los nazis en 1944 cuando corrió el rumor de que Churchill se alojaría en este hotel cuyas vistas sobre el Partenón han disfrutado desde Rommel hasta Brigitte Bardot.

Os dejamos aquí más detalles de nuestra particular lista.


Los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina cumplen 500 años

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Hace 500 años, Miguel Ángel Buonarroti, conocido como El Divino entre sus contemporáneos, finalizó una de las obras cumbre de la pintura occidental: los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina. El trabajo le reportó al artista la admiración de los romanos y tres mil ducados, que fueron los emolumentos que recibió del Papa Julio II. Fueron cuatro años de trabajo, condicionado por las dificultades de pintar en un andamio, a más de 20 metros de altura, y tumbado. En su última película, A Roma con amor, Woody Allen ironiza sobre esta situación cuando un personaje que contempla extasiado una pintura del techo exclama: “No me puedo imaginar trabajar tanto tiempo echado de espaldas”. A lo que Penélope Cruz, que interpreta a una meretriz de alto standing, responde con un lacónico “Yo sí”. La historia de esta obra está plagada de anécdotas.

Un libro imprescindible para adentrarse en esta fascinante creación es Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos (1550), de Giorgio Vasari, todo un clásico esencial para entender el arte del Renacimiento.

Esta historia comienza en 1503, cuando el recién nombrado Julio II encargó a Miguel Ángel la construcción de su futuro sepulcro. A pesar de contar entonces con tan solo 29 años, el artista de Caprese gozaba de una excelente reputación a causa de su Piedad y, no menos importante, un gran predicamento ante el Padre Santo. Cuando Miguel Ángel llegó a Roma para hacerse cargo del proyecto, Julio II le encomendó la reforma de la iglesia de San Pedro, lugar en el que se cobijaría el sepulcro. Sin embargo, tras desavenencias con el Papa, Miguel Ángel marchó a Florencia apresuradamente, abandonando el encargo. Meses después, El Divino recibió una misiva del Vaticano exigiéndole –el detalle es importante– que regresara a Roma. Temiendo la cólera del Pontífice, Miguel Ángel llegó a plantearse el exilio a Constantinopla, donde el sultán Beyazid quería que diseñara un gran puente sobre el Cuerno de Oro (sobre este asunto resulta muy recomendable la novela Habladle de batallas, de reyes y elefantes, de Mathias Enard). Sin embargo, finalmente optó por acudir a la cita con Julio II. A pesar de los temores, la reconciliación fue total, pero Miguel Ángel no retomó sus antiguos proyectos. Bramante, que sentía una natural animadversión hacia Miguel Ángel, convenció al Papa para que desistiera de construir su sepulcro en vida, considerándolo como mal agüero, y que le encargara la pintura de la bóveda de la Capilla Sixtina, pensando que el autor de El David no dominaba la técnica del fresco y fracasaría en este encargo. El tiempo ha demostrado que Bramante fue un excelente arquitecto, pero un pésimo conspirador.


Elevar las enseñanzas del antiguo testamento
La idea inicial de Julio II era que Miguel Ángel representara en la bóveda a los 12 apóstoles. Sin embargo, finalmente optó por utilizar diversas escenas del Antiguo Testamento, acompañadas de sibilas y profetas que predicen la llegada de Cristo. Indudablemente, la escena de la Creación de Adán, que ocupa la parte central, es la imagen más icónica de los frescos. Los otros temas ilustrados son la Creación de la luz, la Creación de las plantas y los astros, la Creación del mundo, la Creación de Eva, el Pecado Original y la expulsión del paraíso, el Sacrificio de Noé, el Diluvio Universal y la Embriaguez de Noé.


Vuelve la Seminci a Valladolid

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Como novedad este año el Seminci incluirá un ciclo dedicado a México y a su cine. Así, la retrospectiva denominada “Cine mexicano entre dos siglos, reflejos de una evolución” presentará el trabajo de directores mexicanos de tres generaciones entre los que se encuentran Guillermo del Todo, Arturo Ripstein, Alfonso Cuarón, Carlos Reygados o Luis Estrada entre otros.

Durante este ciclo se proyectarán una veintena de largometrajes y varios cortometrajes: Doña Lupe y Geometría  dirigidos por Guillermo del Toro en los años ’80, Cuarteto para el fin del tiempo (1983), de Alfonso Cuarón, y Powder Keg, realizado por Alejandro González Iñárritu en el año 2011.

El día grande mexicano será el 25 de octubre, cuando se celebre una mesa redonda donde se discutirá sobre la situación del cine mexicano y se proyectarán La vida precoz y breve de Sabina Rivas, de Luis Mandoki, que se presentará en la Sección Oficial; La cebra, de Fernando Javier León, Fecha de caducidad, de Kenya Márquez y el cortometraje El mensajero, de Francesco Taboada, seleccionadas en Punto de Encuentro, y el documental Cuates de Australia, de Everardo González, en la sección Tiempo de Historia.

Este ciclo está organizado por el Semimci en colaboración con el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) y la Embajada de México en España.

En total el la 57 edición del Siminci proyectará 160 películas en ocho dias en seis espacios diferentes: Sección oficial, Punto de Encuentro, Sapanish Cinemoa, Tiempo de Historia, El otro cine de Bolywood y “Cine mexicano entre dos siglos, reflejos de una evolución”.


Un nuevo museo llena de olores un pueblo de Burgos

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Somos lo que recordamos y recordamos lo que olemos, señala uno de los paneles explicativos del nuevo Museo de los Aromas, que, para resaltar la importancia, no siempre reconocida, de nuestras narices, añade que recordamos el 1 por ciento de lo que palpamos, el 2 por ciento de lo que oímos, el 5 por ciento de lo que vemos, el 15 por ciento de lo que degustamos y el 35 por ciento de lo que olemos, lo que prueba y determina que la nariz constituye la principal puerta de entrada a la memoria y su mayor fuente de alimento o, lo que viene a ser lo mismo, que sin nariz no seríamos nadie. Una gran nariz y su silueta son los símbolos del Museo de los Aromas. Presiden su fachada, decoran su espacio expositivo y se multiplican en el papel con el que envuelven los jabones, mieles, vinos, maderas, artesanías y pequeñas joyas en la tienda del museo, a la salida. La entrada es fácil. Situado en el edificio de la antigua escuela de Santa Cruz de la Salceda, en su plaza principal, frente a la iglesia, basta con guiarse por los carteles que indican la localización precisa del museo o preguntar a los vecinos, aunque uno podría llegar también, tranquilamente, fijándose en las cigüeñas, porque el nido está en lo alto de la iglesia y la iglesia mira, casi de frente, a las puertas del museo.

Santa Cruz de la Salceda es un pueblo antiguo, de factura medieval, que seguramente creció al amparo de las rutas de la Mesta, el comercio de la lana, la huerta, el trigo y el vino. Se encuentra al sur de la provincia de Burgos, en el partido judicial de Aranda de Duero, a ciento cincuenta y pocos kilómetros, algo más de una hora, en coche, desde Madrid. La región tiene fama, primero, por su vino y por su cordero. Hay asadores, notables, en Aranda y Peñaranda, y el propio pueblo, Santa Cruz de la Salceda, está enclavado en el corazón de la ruta del vino de la Ribera del Duero, donde es sabido, probado y extendido que nacen algunos de los mejores vinos del planeta. Pero hay otros motivos que alientan y compensan el viaje. La ciudad romana de Clunia, por ejemplo. El desfiladero de Yecla –precioso–, el monasterio de San Pedro de Arlanza –cuna de Castilla–, las piedras de Caleruega o Santo Domingo de la Calzada, y, por supuesto, Santo Domingo de Silos, amén de Covarrubias, la ermita visigótica de Quintanilla de las Viñas y las casonas labradas –soberbias– de Salas de los Infantes. Todos estos destinos se pueden combinar y recorrer en un largo fin de semana o, ya sin prisas, en varios fines de semana.

La ruta que lleva a Santa Cruz de la Salceda es otro atractivo importante del viaje. Desde Madrid, el desvío de la autovía se realiza al llegar a Milagros, pueblo que hay que cruzar y que da paso, como indica su nombre, a una transformación total del paisaje. Adiós autovía. La carretera, pasado Milagros, caracolea arropada por los árboles. Se escucha el agua del río Riaza. Hay vides, muchas, y una luz que, al parecer, es propia de la zona y es una de las claves de la maduración de sus uvas, la calidad de sus vinos y la salud de sus gentes.

El museo está organizado como una casa, con sus estancias: la cocina, el dormitorio, el baño o la terraza. En cada uno de estos espacios, inspirado por una habitación, se propone al visitante un juego y un aprendizaje. Hay que ver si uno acierta a identificar, por el olor, distintos tipos de aceites y aprender dónde está la diferencia, su razón y su ciencia. Es un museo donde se aprende.

Olor a Naturaleza. El recorrido por las instalaciones del museo se inicia con los sugerentes aromas de la naturaleza. La sala sugiere encuentros con los protagonistas de un bosque de ribera. Los inhaladores guardan los olores del enebro, el ciprés y el pretichor, que es el nombre adecuado y preciso para el olor a tierra mojada.

El visitante y su nariz siguen en el museo hacia el interior del hogar. La cocina guarda el olor del café recién hecho, los aceites, los vinos, los quesos, la mantequilla, las frutas, las especias, los productos de la huerta del lugar y alguna que otra nota exótica, como el singular aroma del yuzú, un cítrico japonés de moda en la coctelería, o la cidra.

En cada sala del museo ha colaborado un equipo de artesanos, procedente de la industria cinematográfica y responsable de los decorados y de los objetos, y un equipo de científicos, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Red Olfativa Española y de la Sociedad Española de Otorrinolaringología, que ha elaborado los aromas y se encarga de su supervisión. El visitante solo tiene que acercar su nariz a los inhaladores que se encuentran en cada uno de los objetos expuestos, destapar su tapa y respirar cerca. Basta con una sencilla inhalación para llevar al cerebro un aroma que, en ocasiones, es una compleja emoción, un intenso recuerdo, todo un mundo.

El museo actúa, también, como centro de investigación. En colaboración con la Red Olfativa Española, ha elaborado un programa para investigar la relación del color con la percepción olfativa. Es una faceta nueva de la investigación en olores, que se aplica, ahora, a relacionar olores con estados de ánimo y a crear la identidad olfativa de algunas empresas, sobre todo hoteles y tiendas. También recuerda el valor de los aromas como terapia para el tratamiento de algunas enfermedades: el jazmín, contra la melancolía; la menta, para la fatiga mental; la canela, el aroma de la amistad; o la vainilla, que levanta el ánimo de las personas.

Olfato y felicidad. La parte central del museo exhibe un vídeo con la intervención de algunos vecinos del pueblo que hablan de los olores que les gustan y que les disgustan, y de la vinculación de algunos olores con sus mejores recuerdos. Hay quien detesta, por ejemplo, el olor a gasolina y quien lo guarda asociado al día que conoció al amor de su vida; hay quien recuerda, para siempre, los días de felicidad que vinieron con el olor que tiene un recién nacido y quien necesita, cada día, empaparse de los aromas de un horno de pan. Es una parte fundamental del museo: la relación del olfato con nuestra felicidad.

En los próximos meses, el museo alojará exposiciones y talleres temporales. Conviene visitar su web para obtener información actualizada de las novedades. La última muestra temporal ha tenido como motivo principal el azafrán y los talleres han estado dedicados a la elaboración de jabones, la destilación de perfumes y la etnobotánica.

Nuestro olfato puede apreciar unos diez mil olores distintos, fruto de la combinación de unas mil moléculas diferentes cargadas con olor. Cientos de esos miles de olores se exponen en Santa Cruz de la Salceda, en el primer museo europeo dedicado a explicar los aromas y su relación con la nariz y el cerebro, la memoria y la vida. Un museo que, también, huele a trabajo, a empeño y a mucha ilusión. El próximo año, cuando celebre su primer aniversario, espera haber recibido sus primeros 30.000 visitantes.


lunes, 1 de octubre de 2012

Hoteles de leyenda

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Algunos se hicieron con un hueco en la Historia por los personajes que alojaron; otros, por lo que ocurrió o dejó de ocurrir en sus salones o en la intimidad de sus suites. Son la flor y nata de la hotelería clásica: lugares irrepetibles con muchos, pero que muchos secretos que guardar. Jamás habrá dos danielis ni dos pera palace ni dos negrescos. El Raffles, aunque abra sucursales en Dubái o en las Seychelles, disparará siempre la imaginación hacia el mítico edificio de Singapur que construyeron en 1887 los avispados hermanos Sarkies, y nunca ningún otro hotel podrá asomarse al Nilo con la majestad con que desde 1899 lo viene haciendo el Old Cataract de Asuán.
Algunas de estas viejas glorias apenas han sido rehabilitadas desde sus días de oro. Buen ejemplo de ello es el hotel Baron de Alepo, desde cuya habitación 215 el rey Faisal declaró la independencia de Siria. El antaño hotel más opulento de Oriente Medio surtió de todos los lujos de la época a viajeros y políticos entre los que figuraron desde Rockefeller hasta el mismísimo Lawrence de Arabia. Muchos de los grandes sí han sido sin embargo rehabilitados y hasta ampliados, aliñando su sabor de otros tiempos con los servicios del siglo XXI. Entre las reaperturas más recientes sobresalen la del mítico Savoy de Londres o la del The Pierre de Nueva York. Y también hace no mucho volvían a abrir sus puertas totalmente remozados los mencionados Pera Palace de Estambul y el Old Cataract de Asuán, célebres entre muchos otros méritos por haber inspirado sendos libros de Agatha Christie: Asesinato en el Orient Express y Muerte en el Nilo.

De África hasta Asia. Río arriba, el país de los faraones atesora en Luxor otro templo del glamour, el Old Winter Palace, desde el que Howard Carter anunciara al mundo el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, y, en su capital, el Mena House, a los pies de las pirámides, o el hoy Cairo Marriott Hotel, cuyo edificio central ocupa el palacio que se construyera para albergar a Eugenia de Montijo en su visita para la inauguración del Canal de Suez. El Mount Nelson de Ciudad del Cabo, el Norfolk y el Stanley de Nairobi y el Victoria Falls Hotel, arrimado a las cataratas que le dan nombre, son las otras piezas africanas que no podrían faltar en el puzzle de los grandes hoteles con historia. Si en Oceanía apenas cabría mencionar el Windsor de Melbourne, en Asia la oferta da mucho más de sí. Además del Raffles, también brillan con luz propia The Oriental de Bangkok o el Strand de Rangún, así como los palacios de los antiguos maharajás de la India o el Imperial de Nueva Delhi, en el que se negoció la partición del país y la creación de Paquistán. También el Metropole de Hanoi y el Continental de la vieja Saigón –donde Graham Greene ambientara parte de El americano impasible–; el antaño Astor House y hoy menos glamouroso Pujiang Hotel de Shanghai, que fue el primer lugar de China en el que se encendió una lámpara eléctrica; el American Colony de Jerusalén, un oasis neutral en estas convulsas geografías que ha conocido a varias generaciones de corresponsales y negociadores, y, desde luego, The Peninsula, en Hong Kong, inconfundible por la escuadra de Rolls Royce que aguardan apostados en su puerta.

Europa y América. En Norteamérica también ofician como iconos el Waldorf Astoria de Nueva York o The Algonquin, favorito de intelectuales como Dorothy Parker o Faulkner; el Fairmont de San Francisco, uno de los pocos supervivientes del terremoto de 1906, o el este año centenario Beverly Hills Hotel de Los Ángeles. Y, algo más abajo, el Copacabana Palace de Río de Janeiro, el Alvear de Buenos Aires o El Nacional de La Habana, en el que Frank Sinatra llegó a cantar durante una sonada cumbre de mafiosos que erigió a Lucky Luciano como rey del hampa.

Pero la palma sin duda se la llevan los grandes hoteles del viejo continente, con nombres de oro como el Crillon, el Plaza Athénée o el Ritz de París, hogar de Coco Chanel durante más de tres décadas. El Martinez de Cannes, el Negresco de Niza y el Hotel de Paris de Montecarlo siguen como símbolos del elitismo en la Costa Azul. A ellos se añaden auténticas instituciones como el Savoy o el Claridge’s en Londres, el Reid’s Palace de Madeira –al que se escapaba la emperatriz Sissi–, el Cipriani y el Danieli de Venecia, el Gran Hotel de Roma (en el que vivió Alfonso XIII varios años durante su exilio) y el Grand Bretagne de Atenas, que se libró de milagro de ser bombardeado por los nazis en 1944 cuando corrió el rumor de que Churchill se alojaría en este hotel cuyas vistas sobre el Partenón han disfrutado desde Rommel hasta Brigitte Bardot.

Os dejamos aquí más detalles de nuestra particular lista.