martes, 11 de septiembre de 2012

Castillos de Escocia, los guardianes de las Tierras Altas

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En Escocia se ha documentado la existencia de más de dos mil castillos; sin embargo, en la actualidad muchos solo se conocen gracias a estos registros históricos. Los que permanecen en pie se extienden a lo largo de todo el territorio, fueron construidos en diferentes períodos y muestran diversos grados de conservación. Incluso los que presentan un aspecto excelente han ido cambiando parte de su fisonomía a lo largo de los siglos, por lo que resulta muy habitual ver una confluencia de estilos artísticos y arquitectónicos. Con el fin de entender la evolución de estas construcciones, nos tenemos que remontar a los siglos XI y XII, cuando surgieron los primeros castillos influidos por los normandos y fue, ya durante el siglo XIII, cuando fueron reemplazados por edificios de piedra. El período comprendido entre los siglos XIV y XVII no fue el mejor momento para mostrar la opulencia, ya que se levantaron casas-torre mucho más modestas. En el siglo XVIII se regresaba al estilo medieval, aunque en su mayoría se asemejaban más a casas, y esta tendencia culminaba con la hermosura y majestuosidad del estilo señorial escocés del siglo XIX. 

La enorme cantidad de castillos que alberga Escocia hace que algunos sean de uso privado: no se permite la visita y se reducen a ser una residencia familiar. Otros, por su parte, se han convertido en hoteles, por lo general de una excelente calidad y con un producto estelar: las bodas. Su majestuosidad se ha puesto al servicio de las parejas que pretenden darse un Sí, quiero especial, y también juegan un papel importante como enclaves para celebrar una luna de miel de ensueño. Si se tiene especial interés en visitar alguno, una manera más económica de hacerlo es acudir a cenar, comer o tomar el afternoon tea. Es muy recomendable conocer los que están gestionados por el Historic Scotland y por la National Trust for Scotland, puesto que supone una referencia y una vigilancia continua de sus parámetros de calidad. Toda la información necesaria para organizar una visita se encuentra en sus páginas web oficiales. En referencia a los horarios, hay que tener una organización medida al detalle porque incluso en temporada alta éstos se quedan cortos para las agendas apretadas. Balmoral, por supuesto, es un caso aparte, ya que depende de las vacaciones estivales de la reina Isabel, y en agosto y septiembre suele permanecer cerrado. Al contrario que Buckingham Palace en Londres, que abre sus puertas cuando la monarca se desplaza a Escocia. 

Traiciones y batallas

Además de leyendas y fantasmas para todos los gustos, algunos bastante pintorescos, lo que se puede afirmar al cien por cien es que sus paredes recogen la historia de Escocia. Batallas, uniones y traiciones se han forjado entre sus estancias. María Estuardo, conocida como la reina de los escoceses, nacía en el Palacio de Linlithgow, era coronada en el castillo de Stirling en 1543 y en 1566 daba a luz a su hijo Jacobo en el castillo de Edimburgo, que se convertiría en Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra. La reina volvería a Stirling para bautizar a su hijo y, tan solo un año después, era recluida en el castillo de Loch Leven, antes de huir a Inglaterra, donde fue ejecutada en 1572. En este último castillo se desarrolló la acción militar durante las Guerras de Independencia escocesas que se sucedieron entre 1296 y 1357. Un repaso a los castillos más notables comienza por Balmoral, que desde 1852 es la residencia escocesa de la Familia Real británica; el príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria, es el responsable de su aspecto actual, ya que lo consideraba demasiado pequeño, así que bajo su supervisión se añadió un nuevo edificio de granito. Sigue siendo el destino estival preferido de la dinastía Windsor y el enclave donde la reina Isabel II suele pasar un par de meses durante esta estación. No hay más que echar un vistazo para darse cuenta de que es uno de los edificios más bellos de la nación; a él se refería la reina Victoria como “mi querido paraíso en las Highlands”. Su aspecto evoca a muchos de los castillos descritos en los cuentos de hadas. No se queda a la zaga el estupendo y embrujado castillo de Glamis, donde pasó su niñez la madre de la reina, la querida y longeva Reina Madre, y era donde venía al mundo en 1930 la princesa Margarita, la hermana menor de Isabel II y el último miembro de la monarquía que ha nacido en Escocia en los últimos tres siglos. Este enclave podría ser el emplazamiento en el que Shakespeare ubicaba su Macbeth, si bien otros lo sitúan en el castillo de Cawdor. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el castillo de Culzean sirvió como alojamiento para el general Dwight D. Eisenhower. Se reconoció su papel en esta contienda obsequiándole con un apartamento en su parte superior, que visitó en cuatro ocasiones, una ya como presidente de los Estados Unidos.

Entorno Magnífico

Además de historia, algunos imprescindibles se alzan en lugares de una belleza casi inaccesible, por lo que para llegar hasta ellos es necesario adentrarse por carreteras secundarias o caminos, o bien tomar barcos para alcanzar islas e islotes. En las Hébridas interiores –costa oeste de Escocia–, concretamente en la isla de Skye, se levanta el castillo de Dunvegan, que ostenta el título de ser el más antiguo que ha estado habitado de manera continua. Ejerció como fortaleza de los jefes del clan MacLeod durante ocho siglos, y desde 1933 está abierto para los visitantes entre abril y mediados de octubre. Además, ofrece paseos en barco por el Lago Dunvegan para observar las colonias de focas (www.dunvegancastle.com). A seis horas de Edimburgo y cinco de Glasgow merece la pena conocer esta magnífica edificación y la isla de Skye. En el mismo archipiélago, en la isla de Mull, se yergue el castillo de Duart, que data del siglo XIII y que fue el asentamiento del clan MacLean. Abre sus puertas a los turistas desde abril hasta mediados de octubre (www.duartcastle.com). 

Relativamente cerca de Dunvegan se encuentra uno de los castillos más hermosos de Escocia, Eilean Donan, que significa isla de Donan. Como su nombre indica, se sitúa en una pequeña isla, próxima a Dornie, en la ruta principal a la isla de Skye, mientras que Donan era un obispo y santo irlandés que viajó a Escocia alrededor del año 580. Sus visitas comienzan a mediados de marzo y se prolongan hasta mediados de noviembre, y se puede llegar en barco o atravesando un estrecho pueblo en un entorno magnífico. A pesar del aspecto que presenta, estuvo dos siglos en ruinas hasta que a principios del siglo XX se decidió restaurarlo, una labor que concluyó en 1932 (www.eileandonancastle.com). Siguiendo en la costa oeste, se localiza el castillo de Inveraray, de estilo neogótico, perteneciente a los duques de Argyll y que fue edificado en el siglo XVIII. Un encantador lugar donde disfrutar de un té, acompañado de los dulces típicos de la zona, desde abril hasta octubre (www.inveraray-castle.com). Avanzando hacia el sur se halla uno de los más elegantes de la nación: el de Culzean, no en vano fue diseñado por el célebre arquitecto escocés Robert Adam, que cuenta con una exposición dedicada a su vida y obra. Situado sobre un espectacular acantilado, está rodeado de 243 hectáreas que conforman un parque rural con unos sobresalientes jardines y con una manada de ciervos –se puede adoptar algún ejemplar para contribuir a su manutención–. También es posible alojarse en el apartamento Einsenhower, una coqueta casa de campo que funciona como hotel. Abre sus puertas desde finales de marzo a finales de octubre (www.culzeanexperience.org).

Jardines Victorianos

Si la estancia en Escocia va a resultar breve, en los alrededores de Edimburgo se localizan una serie de castillos recomendables. Por supuesto, el punto de partida es el castillo de Edimburgo, construido en el siglo XII, la atracción más visitada de la nación con más de 1.300.000 visitantes durante el año 2011. Durante la Edad Media fue la residencia de los reyes escoceses, acogió la primera sede del Parlamento escocés y también sufrió el asedio de los ingleses. Destaca el cañón gigante Mons Meg, además del Gran Salón donde se exponen armas, armaduras y la llave del castillo. En la sala de la Corona se exhiben las joyas de la Corona escocesa y la Piedra del Destino, un trono ancestral. Cuenta con tres museos: el National War Museum of Scotland y dos dedicados a los regimientos. Además, ofrece unas magníficas vistas de la capital (www.edinburghcastle.gov.uk). 


A unos 37 kilómetros circulando por la costa Este se localiza el castillo de Dirleton, que surgió como una fortaleza medieval en el siglo XIII, cuya apariencia sigue conservando. Se complementa con unos espléndidos jardines de finales del siglo XIX y principios del XX, que rivalizan con el imponente recinto de piedra.
Destacan su jardín victoriano en el oeste y el ubicado en el norte, que fue diseñado en los años 20 del siglo XX. La propiedad está gestionada por Historic Scotland y abre todo el año, al igual que ocurre con el vecino castillo de Tantallon, que se encuentra a tan solo nueve kilómetros, continuando hacia el Este. Situado al borde de un acantilado, en el estuario del río Forth, sirvió como fortaleza durante tres siglos y posee un increíble muro de piedra, el mejor conservado del siglo XIV. A 77 kilómetros, en los Borders, con vistas al río Tweed y a las colinas de Cheviot, se edificaba, en el siglo XVIII, el castillo de Floors, obra del prestigioso William Adam. En sus salas se expone una estupenda colección de porcelana, cerámica china y mobiliario inglés que se puede visitar en Semana Santa y desde mayo a octubre (www.roxburghe.net).

Asimismo, cercana a Edimburgo se encuentra Stirling, una ciudad con mucha historia a sus espaldas y popular gracias a la historia del guerrero escocés William Wallace, llevada al cine por Mel Gibson en la oscarizada Braveheart. En una roca volcánica y rodeado de acantilados se encuentra su impresionante castillo, residencia de reyes y reinas escoceses, que domina majestuosamente la localidad. Las partes esenciales de su estructura fueron levantadas entre los siglos XV y XVI, y en su interior sobresale el Great Hall, la sala de banquetes más grande de Escocia; las Stirling Heads, 33 medallones de madera de roble; la capilla real y los cañones de la Grand Battery. En 2011 concluía la restauración del Palacio de Jacobo V dentro de su recinto. Sus visitantes contemplarán sus aposentos tal y como se encontraban en el siglo XVI y podrán disfrutar de una dramatización de su historia con actores (www.stirlingcastle.gov.uk). A tan solo 14 kilómetros aparece el castillo de Doune, levantado en el siglo XIV, un enclave muy popular para los apasionados al séptimo arte. 

Residencia Real

En una primera estancia en Escocia, no es extraño que en los planes se incluya una visita a Balmoral. El castillo se encuentra en el noreste, a 165 kilómetros de Edimburgo, dentro de los límites del Parque Nacional Cairngorms. Los territorios que lo rodean tienen un gran valor medioambiental –acogen la mayor reserva de pino caledonio de Escocia–, y en sus jardines se cultivan las frutas y verduras de las que se abastece su cocina. Suele abrir desde abril a julio, por lo que las posibilidades de visitarlo son limitadas (www.balmoralcastle.com). Si se decide emprender el camino hacia la residencia veraniega de la reina, se puede hacer una parada en el castillo de Glamis, a 20 kilómetros de Dundee, la cuarta ciudad más poblada de la nación, y a 120 kilómetros de Edimburgo (www.glamis-castle.co.uk). Ambos edificios son magníficos y ofrecen numerosos atractivos tanto en su interior como en el exterior, a lo que se suma su relación con los Windsor, como se observa en las exposiciones de artículos familiares. En Balmoral se pueden admirar los vestidos de fiesta de Isabel II y de la Reina Madre en el salón de baile; y en Glamis, un tour guiado nos relata su historia, mostrándonos cómo transcurrió la vida de la Reina Madre. Al final, teniendo en cuenta los numerosos castillos dispersos por la geografía escocesa, conocerlos todos o su mayoría se convierte en una misión casi imposible, por lo que la mejor opción es realizar una selección en virtud de su patrimonio, ubicación o, simplemente, atendiendo a los gustos personales. 


Viaje a las entrañas del Cartel de Medellín

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Pablo Emilio Escobar Gaviria es un nombre que sigue generando fuertes controversias en su Colombia natal. Este narcotraficante y político (llegó a ser representante para el Congreso), apodado 'el Zar de la Cocaína', llegó a amasar una inmensa fortuna y su procelosa vida, repleta de crímenes y fechorías, aún da mucho que hablar. Tanto que el que fuera líder del Cartel de Medellín se ha convertido en un controvertido icono turístico.


Ruta por la Sierra de Cardeña y Montoro

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El Parque Natural Sierra de Cardeña y Montoro es la única zona natural del mundo donde conviven el lince, el lobo y el águila imperial. Localizado en la zona nororiental de la provincia de Córdoba, en el extremo de la comarca de Los Pedroches, el parque linda al norte con Ciudad Real y al este con el Parque Natural Sierra de Andújar, en la provincia de Jaén, representando el límite natural entre ambos el río Yeguas. Las localidades de referencia de este relevante espacio natural son las que dan nombre al parque, ya que casi la mitad del término municipal de Cardeña se sitúa dentro del mismo –más del 60 por ciento de la superficie del parque pertenece a este municipio–, mientras que este porcentaje alcanza algo más del 25 por ciento en el caso de Montoro.

La gran riqueza ecológica y faunística que atesora el Parque Natural Sierra de Cardeña y Montoro ha motivado su declaración como Lugar de Interés Comunitario (LIC) y, por tanto, como Zona de Especial Conservación (ZEC). Además, el hecho de que esté en contacto con otros espacios LIC permite la creación de corredores ecológicos que suponen mejoras para la protección de especies en peligro de extinción, como el lince, que son sensibles a la fragmentación de su territorio.

Armonía y belleza. La localidad de Cardeña es el punto de referencia de este espacio natural. Situada al noreste de la provincia de Córdoba, a unos 80 kilómetros de la capital, goza de las ventajas ambientales de estar a una altitud que supera los 700 metros sobre el nivel del mar. La totalidad de su término municipal (511,2 kilómetros cuadrados) se halla inscrito en la región natural de Sierra Morena, en el ámbito más oriental de esta unidad dentro de la provincia de Córdoba, limítrofe con la provincia de Jaén. Más concretamente, el municipio se sitúa, a su vez, en la comarca natural de Los Pedroches, extensa área granítica de relieve amesetado que discurre por el interior de la Sierra Morena cordobesa. El actual municipio serrano de Cardeña, uno de los de mayor extensión de la provincia, se caracteriza por la persistencia de un medio natural de notable calidad que ofrece grandes atractivos tanto para los amantes de la actividad cinegética como para los entendidos y degustadores de sus producciones de carnes y embutidos de cerdo ibérico. Asimismo, la localidad de Cardeña ha sido premiada en varias ocasiones a lo largo de su historia por su armonía y belleza. En el año 1968 fue galardonada con el Primer Premio Nacional de Embellecimiento de Pueblos que otorgaba el Ministerio de Información y Turismo; y ya en 1974 su prolongada y antigua travesía caminera fue distinguida con el Premio Nacional Conde de Guadalhorce del Ministerio de Obras Públicas.

La puerta de Andalucía. Hay otras localidades del parque que también captan la atención del viajero, como El Cerezo, aldea de modestas casitas recuperadas como alojamientos rurales e integradas en el paisaje de la dehesa, un buen lugar para quienes buscan paz y tranquilidad. Esta antigua pedanía, abandonada desde el año 1960, comenzó a rehabilitarse en 1988 mediante una Casa de Oficios y una Escuela-Taller. Por su parte, Azuel, bautizada con el sobrenombre de Puerta de Andalucía, es además puerta de otros dos parques naturales, Sierra Madrona y Parque Sierra de Andújar, y a la vez entrada de la Mancomunidad de los Pedroches. Azuel pertenece al término municipal de Cardeña, de la que dista siete kilómetros, y está estratégicamente situada en la confluencia de las provincias de Córdoba, Jaén y Ciudad Real, teniendo como principal vía de acceso la N-420, que une Córdoba con Tarragona. Destaca del resto de la comarca de los Pedroches por estar ubicada a una menor altitud, unos 670 metros, y porque conforma un suave barranco hacia el río Yeguas. Esto le confiere algunas particularidades visuales y sensoriales que se reflejan en las encinas de mayor tamaño que la circundan y el disfrute de varios grados más de temperatura durante los meses de invierno. Se trata también de una de las localidades más antiguas de la comarca de los Pedroches, como demuestra su resto más vetusto rescatado: un trozo de vasija datado en el Neolítico y que en la actualidad se puede admirar en el Museo Arqueológico de Córdoba. De la época prerromana destaca también el llamado Tesoro de Azuel, que está compuesto por vasos, anillos y monedas de plata de origen ibero. De este período se conservan también vestigios de explotaciones mineras, tumbas con sus ajuares y restos de una pequeña calzada. Durante la dominación árabe, la comarca de Los Pedroches perteneció a la Cora, provincia de Fash-Al-Ballut o Llano de las Bellotas –provincia islámica donde se asentaron en el siglo XI las tribus bereberes de los benimerines, quienes trajeron consigo la raza de las ovejas merinas–. Estos datos se han confirmado gracias a los restos árabes descubiertos en el sitio denominado Castillo de Azuel.

Venta del Charco es otra de las villas a explorar. Este municipio de cuidada distribución está situado en un enclave privilegiado en el interior del Parque Natural y sus rincones merecen ser descubiertos con la calma de un  paseo. Como dato curioso, es además el lugar de la provincia de Córdoba donde más llueve. Aquí, el gran atractivo de la zona es la población de roble melojo o rebollo, una de las escasas masas forestales de esta especie presentes en Andalucía y la única de la provincia.

En la última parada, Montoro, se siente con intensidad el peso de la historia, el legado de los primeros pobladores andaluces. Aquí el inicio de la Prehistoria se remonta a unos 50.000 años, en pleno Paleolítico Medio. Para encontrar presencia humana sedentaria hay que avanzar hasta el quinto milenio a.C., y es en el Bronce Final (1100-950 a.C.) cuando comienza la Protohistoria montoreña, según demuestran los restos encontrados en el Llanete de los Moros. Fenicios, griegos y cartagineses visitaron la antigua Epora (Montoro), pero fueron los romanos quienes le dieron mayor esplendor. Con el fin de la presencia romana y el inicio de los reinos visigodos, Epora perdió su esplendor, pero logró mantenerse independiente hasta la llegada de los árabes, cuya dominación duró unos cinco siglos, hasta el día de San Bartolomé del año 1240, fecha en la que las tropas al mando del rey Fernando III El Santo reconquistaron Montoro para la causa cristiana.

Conjunto histórico artístico. Algunos siglos más tarde, Montoro juega también un papel muy importante en la lucha contra otro invasor, los franceses de Napoleón. El rey Fernando VII reconoció el patriotismo de los montoreños concediendo a la localidad el título de Noble, Leal y Patriótica el 8 de agosto de 1808, facultando al Ayuntamiento al uso de Maceros para dar solemnidad a los actos oficiales y otorgándole el trato de Señoría a todos los ediles de la Corporación. En 1969 fue declarada Conjunto Histórico Artístico por su riqueza artística y su típica arquitectura popular, estando considerada en la actualidad como la ciudad más pintoresca de la provincia de Córdoba.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Buceo, senderismo y aventura en Sulawesi

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Tan tortuosas son las carreteras que los viajeros obligados a coger autobuses para desplazarse por la isla no solo pagan por la cantidad de kilómetros que deben recorrer sino también por el tipo de suspensión del vehículo. En Sulawesi, a la manera británica, se circula por el lado izquierdo de la carretera… siempre que haya carretera. En el camino que iniciamos hacia el territorio toraja, tras los primeros 30 kilómetros el asfalto se perdía a veces, y otras desaparecía. Una calzada de arena pedregosa acogía el discurrir de la furgoneta, que se batía contra otros coches y motos (muchas motos) por imponerse en la dirección adecuada. Este torrente caótico obliga a reducir la velocidad hasta aprender una segunda lección: el tiempo y la manera de contarlo es diferente en Sulawesi. El viaje solo tendrá éxito si se aprende a gobernar la paciencia.

Parafraseando a Terencio, el comediógrafo latino, cuando de una cosa se han de sacar muchas ventajas, es justo soportar los inconvenientes. La lentitud permite contemplar la vida a lo largo de la carretera, porque en Sulawesi se vive a los lados de los caminos. En la carretera desde Parepare hasta Makale y desde aquí hasta Rantepao se colocan, en una interminable sucesión, miles de puestos, armados con bambú y hojas de palma, de membrillos, de cacao, de café o especias; tenderetes ferreteros en donde se prometen arreglos rápidos y baratos de motos, donde se venden ruedas gasta das y herramientas nuevas, donde se ofrecen pequeñas cúpulas metálicas que habrán de coronar el salón principal de oraciones de una mezquita; terrazas donde se sirven tés y pastelillos, carne de cordero o pollo y arroz; balconcillos donde se sientan en cuclillas jóvenes junto a ancianos, tocados con el asimétrico gorro indonesio; escolares con uniforme rojiblanco, como los colores de la bandera, que regresan en hilera de sus colegios y, siempre sonrientes, nos miran pasar a nosotros, viajeros lejanos que observamos, cada vez más inmersos en la belleza del país, el barullo de la vida en Sulawesi. 

El pulso vital del comercio no es nuevo. Ya existía cuando llegaron los primeros europeos, navegantes lusos en 1512, que intercambiaron productos con los nativos en busca de especias, como ya lo habían hecho antes en las vecinas islas Molucas. Fueron ellos, los portugueses, quienes bautizaron a las nuevas islas descubiertas con el nombre de Célebes. El significado es incierto en portugués (hay quien defiende que pudiera significar piratas, por los ataques que sufrieron los invasores), pero la denominación de la isla en la lengua bahasa indonesia, Sulawesi, probablemente viene de las palabras sula (isla) y besi (hierro), y puede referirse a la exportación histórica de hierro de los depósitos del lago Matano.

Exploradores y submarinistas

A principios del XVI, Makassar era el principal centro comercial del Este de Indonesia y pronto se convirtió en una de las ciudades más grandes del sudeste asiático. Los reyes originarios de Makassar mantuvieron una política de comercio libre, insistiendo en el derecho de cualquier visitante para hacer negocios en la ciudad, y rechazando las tentativas de los holandeses de establecer un monopolio sobre la ciudad. Incluso, cuando la ciudad se convirtió mayoritariamente al islam, a los cristianos se les permitió seguir ejerciendo sus negocios allí. Con estos atractivos, Makassar alcanzó una gran prosperidad gracias al comercio de malayos, europeos y árabes.

Pero su estatuto de puerto franco no duró mucho. Los holandeses, en 1607, desplazaron el comercio portugués y lograron el dominio de la región para la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Durante el siglo XIX se sucedieron luchas crueles con los habitantes de la isla, hasta que en 1911 ocuparon toda la isla, que quedó incorporada al reino de Holanda. Durante la Segunda Guerra Mundial, las Célebes fueron ocupadas por los japoneses, que solo las desalojaron tras capitular el imperio nipón en 1945. En el año 1950 pasaron ya a formar parte de la República de Indonesia.

Las tierras de Sulawesi transmiten la sensación de que ni mucho menos todos los rincones de la isla han sido explorados. Los recovecos, acantilados, junglas, cuevas, territorios sagrados, valles marinos, grutas oceánicas y tierras sin arar indican la existencia de lugares vírgenes que aún no han sido hollados por el hombre. Y esa sensación de naturaleza primigenia invita a encarar el viaje a Sulawesi como una aventura accesible. Una aventura que se inició con la documentación previa al viaje. En esa búsqueda de información descubrimos la obra de Torres Villegas Cartografía hispano-científica ó sea los mapas españoles en que se representa a España bajo todas sus diferentes fases, impreso en 1852. En sus viejas páginas ya indicaba que dos son las etnias que tradicionalmente han ocupado la isla: los bugis y los torajas. El texto de Torres Villegas sigue siendo válido.

Aunque están reconocidos 23 grupos étnicos, los torajas y los bugis son las etnias más importantes y las que mantienen vivas sus tradiciones. Desde las guerras fratricidas entre bugis y torajas, estos últimos viven en las montañas del centro y los bugis se asientan en el sur de la isla, y más concentradamente en Makassar, que es la capital y mayor ciudad de la provincia de Célebes Meridional. Entre 1971 y 1999 recibió el nombre de Ujung Pandang. Aunque los bugis, famosos por ser grandes navegantes, ya no construyen muchos barcos en Makkasar, la capital ha mantenido su relación con el mar a través del submarinismo. La ciudad es un buen destino para los amantes del buceo, junto con la isla de Buton, en el sur. Pero los practicantes de este deporte donde disfrutan al máximo es en la reserva marina de Bunaken, en la bahía de Manado, en la parte norte de Sulawesi, donde existe una extraordinaria riqueza de corales, esponjas, paredes verticales interminables y una gran cantidad de peces tropicales. El colorido y diversidad de la vida submarina hacen de la isla de Sulawesi un lugar mágico. Las inmersiones se pueden realizar desde la misma playa, y es posible ver minúsculos caballitos de mar pigmeos justo enfrente de la playa o el extraño pulpo mimético, o peces rana peludos, peces pipa fantasma, peces escorpión de Merlet, peces rata, peces diablo, tortugas de carey, morenas… La lista es interminable.

El Valle de las estatuas gigantes

Pero si Sulawesi tiene argumentos para considerarse uno de los mejores lugares del mundo para el submarinismo, no los tiene menores para la práctica del senderismo. Gran parte del país, especialmente en torno a la bahía de Tolo, está todavía cubierta de bosque primario y matorrales. Apenas hay caminos. Muchas veces sientes que la tierra anda esperando desde hace siglos tu llegada para abrir una senda. En esas mañanas de cielo claro, mirar largo y paso breve, sientes bajo los pies serpear la aventura. 

Por los senderos, terrazas y jungla de Sulawesi central encontramos una fauna y flora espectaculares. Célebes posee una fauna muy particular. El número de especies es pequeña, pero en muchos casos son endémicas de la isla. De las aves, por ejemplo, existen alrededor de 200 especies conocidas, y de estas no menos de 80 son propias de esta zona. Sorprende caminar por arrozales y bosques de juncos en donde los biólogos buscan mamíferos únicos en el mundo. El conductor que me acompaña presume de que existen catorce especies propias de mamíferos. Los más destacables son los macacos niger, un mono que no se encuentra en ningún otro lugar del planeta; la Bubalus depressicornis o anoa de llanura, que es un pequeño buey que habita en las zonas montañosas, y el babirusa o cerdo-ciervo. Y de 118 especies de mariposas, pertenecientes a cuatro categorías importantes, nada menos que 86 son exclusivas de Sulawesi.

Pero no solo la naturaleza exuberante atrae al viajero a Sulawesi. Los valles de Napa y Besoa en Lore Lindu, cerca de Palu, la capital de Sulawesi central, albergan centros de culto megalíticos que se remontan miles de años atrás. Gigantescas urnas de piedra, pilares y estatuas están desperdigadas por el valle. El origen de estos restos son inciertos, aunque todo indica que se trata de las ruinas de altares y construcciones dedicadas a la adoración de los antepasados. Y con parecidos sentimientos religiosos se construyeron las warugas en el norte de Sulawesi, concretamente en Minahasa. La waruga es una tumba de piedra que puede llegar a tener 1.200 años de antigüedad. En todo Minahasa hay dos mil warugas. La realización de warugas fue prohibida en 1800 debido a la propagación del cólera y la fiebre tifoidea, que pudieron ser causados por el mal olor procedente de las tumbas. Desde entonces, los muertos se entierran. 

Vivir para morir

Pero, sin duda, el viaje a la cultura más impactante es hacia las tierras montañosas del sur de Sulawesi central, la tierra de los torajas: Tana Toraja. “Cada campo tiene su saltamontes, cada charca su rana”. Martinus, el acompañante toraja que me ayudó a lidiar con los problemas de la lengua (ni el inglés ni el español son muy conocidos entre los habitantes de la isla, aunque existen palabras castellanas procedentes de la influencia lingüística filipina, como, por ejemplo, gracias y cosa), me respondió así para afianzar su identidad dentro de la nacionalidad indonesia. “Este dicho toraja –me ilustraba seriamente, con cara de chamán– explica cómo cada tierra tiene su personalidad, cómo cada cultura interpreta la realidad y legitima su sistema de creencias mediante mitos y ritos”. Los torajas (pronúnciese toraya), que son los habitantes de la región central y suroeste de la mayor de las islas Célebes (Sulawesi), tienen como signo principal de identidad la singular forma de sus casas y sus ceremonias funerarias, significaciones culturales con las que funerarias, significaciones culturales con las que expresan el mundo en sus orígenes y su sentido de la vida, en un entorno de una naturaleza exuberante. 

¿Y merece la pena viajar hasta tan lejos para convivir con la muerte, valga la paradoja? Rotundamente, sí. Son dignas de admirar las tradiciones ancestrales, los ritos, los mitos y vivir en primera persona un relato que, a diferencia del miedo occidental ante la muerte, no habla de un fin sino de un comienzo, no formula una derrota sino un regreso. Aunque a los ojos de los occidentales pueda parecer una cultura de muerte y de negación, en territorio toraja (Tana Toraja) la vivencia en directo de la muerte, valga la contradicción, replantea el juego personal de urgencias e importancias, de valores y sentidos. El viaje a Tana Toraja, Sulawesi central, es también iniciático. Como todos los viajes.

Las figuras “Tau Tau”

Volver a Dios es el sentido de la vida para los torajas. A diferencia de la mayoría de los indonesios, que son mulsulmanes, los torajas profesan la religión cristiana, en su credo tanto católico como protestante, desde que los holandeses ocuparon la isla. Por eso es habitual ver levantadas iglesias a los lados de los caminos de Tana Toraja. Pero por su cauce de creencias también fluye una corriente animista, de origen ancestral (Al tololo). De hecho, Tana Toraja significa “la tierra de los reyes que bajaron del cielo”. La presencia de misioneros cristianos provenientes de los Países Bajos conformó un cristianismo sincrético que asumió el anterior sistema de creencias. Las tumbas de los toranjas no se excavan en el suelo sino en las rocas. Sobre todo si pertenecen a las clases altas y a linajes antiguos. Y desde allí se reproduce el mito de la piedad filial y de la vigilancia de quienes han liberado su alma. Los antepasados muertos envían bendiciones y protección a los vivos y los vivos respetan a quienes les hicieron posible nacer. 

Esa relación entre vivos y muertos es la que se celebra oficialmente tras la cosecha de arroz de septiembre, de forma parecida a la conmemoración del día de Todos los Santos que se celebra en España. El 2 de noviembre, fecha de Manene, las tumbas se abren para que los familiares mantengan las relaciones entre los fallecidos y los vivos. Acuden todas las familias, las cuales, entre bailes, rezos y ofrendas de búfalos, recuerdan a sus antepasados, muchos de ellos reproducidos en figuras de madera llamadas tau tau. Tau significa hombre, y, al igual que ocurre con otras lenguas polinésicas, la repetición connota doble intención. Así pues, tau tau significa hombres y también estatua, una estatua que, en su significación social, es la persona a la que representa. El signo usurpa realidad a lo real. De esta forma no existe una ruptura entre la vida y la muerte. Con este rito de tránsito, el toraja no teme nunca a la muerte sino que la acepta como la suprema iniciación, el final de lo profano y el comienzo de la existencia espiritual. 


Zacatecas

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Cuando a finales del 2011 se presentó la nueva marca de la ciudad, Zacatecas ¡Suena Bien!, seguramente se pensó en la expresión anglosajona It sounds good!, que, aunque literalmente significa suena bien, en realidad se emplea refiriéndose a algo que resulta atractivo o apetecible. De hecho, Pedro Inguanzo González, secretario de Turismo de Zacatecas, completaba el nuevo eslogan con una ristra de puntualizaciones: bien en el trato, bien en el servicio, bien en la hospitalidad, bien en el destino... Y, sin embargo, el nombre de Zacatecas suena realmente bien, así en el sentido en que lo decimos en España, cuando simplemente pensamos en la sugerente sonoridad de sus cuatro sílabas. 

Lo que encierra su etimología sería algo así como pueblo o gente del lugar donde abunda el zacate, que es como llaman a las altas hierbas que predominan en la zona. Los zacatecos, que formaban parte de las tribus chichimecas sin asentamiento fijo, ya habían explotado los yacimientos minerales de estas tierras mucho antes de que en 1546 las descubriera Juan de Tolosa, un vizcaíno que, según la genealogía, llegó a casarse con Leonor Cortés de Moctezuma, hija del gran conquistador extremeño y de la última princesa mexica. Los españoles examinaron las piedras del lugar “y vieron que contenían muy buena ley de plata y plomo”. A finales del año siguiente se había colocado la primera piedra de la casa fuerte, y ya contaban con una hacienda de beneficio de metales, es decir, el lugar donde se beneficiaban o refinaban los minerales para extraerles la parte útil. En 1608, la que en un principio se conoció como Minas de Nuestra Señora de los Remedios de la provincia de los Zacatecos era la mayor productora de plata de la Nueva España.

La fiebre minera explica el desorden con que fueron surgiendo las primeras edificaciones, trepando por las laderas entre los cerros Del Grillo y De la Bufa, a lo largo del Arroyo de la Plata -hoy cubierto- que fluía en dirección norte-sur. A diferencia de otras fundaciones hispanas, Zacatecas no usó el cordel para trazar la característica y pulcra cuadrícula urbana; la geografía la obligó a bosquejar cuestas, escalinatas y callejones tortuosos. Antes de sucumbir al placer de la ciudad es el que lleva Del subsuelo al cielo, conectando la visita a una mina con un paseo en teleférico, lo que nos permite comprender en una sola mañana –o tarde– la esencia de Zacatecas. Aunque puede recorrerse en ambos sentidos desde cualquiera de sus extremos, lo habitual es iniciarlo a los pies del Cerro del Grillo, donde se encuentra la entrada a la mina El Edén, a unos pocos minutos del casco histórico. Explotada entre 1584 y 1960, ya en 1975 se había convertido en el museo que acaba de ser totalmente actualizado en 2004, con la vocación de situarse entre los mejores del mundo. El viaje a las entrañas de la tierra arranca a bordo del trenecito minero que nos deposita en las galerías subterráneas, desde donde, tras contemplar una amplia colección de rocas y minerales, recorremos unos dos kilómetros ambientados a través del cuarto nivel de la mina, a más de trescientos metros de profundidad. 

El oro y las armas

Después de haber aprendido a distinguir el oro verdadero del oro de los tontos –apodo popular de la calcopirita–, y tras observar de cerca la famosa plata nativa ligada al origen más profundo de Zacatecas, pasamos a entender las razones de su crecimiento urbano sobrevolándola a vista de pájaro. Muy cerca de la entrada a la mina queda el punto desde donde el teleférico cruza en unos siete minutos los seiscientos cincuenta metros que separan el Cerro del Grillo del emblemático Cerro de La Bufa.

Aunque se ha extendido la idea de que el nombre de este último vendría de una palabra vasca o aragonesa que significa pellejo o vejiga de cerdo, lo cierto es que, en una de sus acepciones castellanas, bufa designa también una curiosa pieza de las armaduras antiguas, cuyo perfil coincide precisamente con el del cerro. Se trata de una especie de sobre-hombrera de refuerzo que se aplicaba únicamente al guardabrazo izquierdo, cubriendo el hombro y con un pequeño alero sobresaliente a la altura del cuello, igual al ligero promontorio que remata la redondez del Cerro de la Bufa. 

Sin duda les resultaban realmente familiares los nombres de las distintas partes de sus imprescindibles armaduras tanto al mencionado Juan de Tolosa como a sus compañeros el capitán Cristóbal de Oñate, un vitoriano de la Casa de Haro; Baltasar de Bañuelos, descendiente de la casa principal de la burgalesa villa de Temiño de Bureba, en los Reinos de Castilla, y el guipuzcoano Diego de Ibarra. Los cuatro descubridores aparecen retratados en el escudo de armas que Felipe II concedió a la ciudad, a finales ya del XVI, junto con el título de Muy Noble y Leal Ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas. Tras ellos figura el mítico cerro coronado por una cruz de plata, entre un sol y una luna, con la Virgen en medio. En la orla se dibujaron las flechas con que se quiso honrar también a los indios chichimecas, a los que tanto combatieron como catequizaron y emplearon en el trabajo de sus minas. El inquebrantable optimismo y los ambiciosos anhelos de aquellos caballeros recién salidos de la Reconquista, que fueron a un tiempo guerreros y exploradores, empresarios y mecenas, caciques y benefactores, quedó plasmado en el lema que remata el diseño del escudo, Labor Vincit Omnia, el trabajo todo lo vence.

Más espíritu de lucha, aunque de zacatecanos muy posteriores, es lo que encontraremos al final del trayecto del teleférico, en el Cerro de la Bufa, coronado hoy por las estatuas ecuestres y el pequeño museo dedicados a conmemorar la victoria revolucionaria de la Toma de Zacatecas de 1914. La recesión económica provocada por las duras luchas entre el ejército y los revolucionarios de Pancho Villa permitió paradójicamente que la ciudad conservara su rico patrimonio a salvo de devastadoras especulaciones inmobiliarias. También en lo alto del cerro se yerguen la capilla del XVIII consagrada a la Virgen del Patrocinio –patrona, junto al Santo Niño de Atocha, de los mineros– y un curioso observatorio meteorológico de principios del siglo XX.

Importante Catedral de México

La panorámicas que nos ofreció hasta aquí la cabina roja del teleférico se amplían desde los miradores del Cerro de la Bufa, desde donde podemos seguir contemplando el singular compendio arquitectónico. Heredera de aquella primitiva arteria principal que seguía el curso del río, la Avenida Hidalgo dibuja una larga línea recta que separa en dos el apretado caos de edificios cúbicos de techo plano. Entre el predominante blanco destacan los encendidos toques pastel de algunas fachadas, y el tono rosáceo de los templos y casonas virreinales. La cantera zacatecana, cuyas luminosas tonalidades abarcan desde los rosas más suaves hasta el encendido rojo de los duraznos –un tipo de melocotón–, confiere una característica muy original a la ciudad de rosa y plata que surgió entre áridas tierras coloradas.

La mole soberbia de su catedral señala el costado de la Plaza de Armas, un rectángulo apacible entre tanta calleja y escalinata. Levantada a principios del XVIII sobre la sencilla parroquia que la precedió, adquirió categoría catedralicia en 1862, y hoy está considerada como uno de los monumentos más sobresalientes de todo México debido a la belleza con que se labraron sus fachadas en los últimos impulsos del barroco. En su Romance de Zacatecas, Roberto Cabral del Hoyo nos describe sus torres “contemplándose de reojo por admirar una en otra su duplicada belleza”, algo que sin embargo no pudieron hacer hasta 1904, cuando se construyó la hermana gemela de la única torre que hubo hasta entonces. Por su parte, Ramón López Velarde se lamentaba de que el sonido de su campana mayor no fuera escuchado por el mismísimo Papa cada mañana. Juan Pablo II cumplió su deseo en 1991 cuando visitó la que el poeta zacatecano había denominado “La bizarra capital de mi Estado”. Tras la abigarrada talla pétrea de las torres y las fachadas, sorprende la vacía sencillez del interior, que careció de retablo hasta la implantación en 2010 de una muy vanguardista interpretación del mismo. 


Y es que el siglo XXI se ha colado en los interiores coloniales de Zacatecas, donde esperan grandes sorpresas. En los últimos años la ciudad ha apostado por una museografía totalmente actualizada y muy atractiva. La mayoría de las colecciones se exhiben en edificios históricos, lo que convierte su visita en un aporte doble de conocimientos. En conjunto atesoran un exhaustivo acervo cultural, desde los tiempos prehispánicos hasta una de las selecciones de pintura abstracta más completa de América Latina. El Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez ha conseguido ensalzar tanto al antiguo Seminario Conciliar de la época colonial que ocupa como la obra de los artistas de todo el mundo que expone en sus grandiosos interiores. El aspecto más fantástico y grotesco que adquirió en México la pintura moderna queda en la antigua residencia de gobernadores, un edificio de corte neoclásico que en 1978 se convirtió en el Museo Francisco Goitia, honrando a uno de sus artistas más queridos. Pintores muy reconocidos fueron también los hermanos Coronel, nacidos en el primer tercio del siglo XX, ambos nombrados Hijos Predilectos de Zacatecas y con museos que llevan su nombre.

El de Rafael Coronel se ubica en las ruinas restauradas del Convento de San Francisco, de donde partieron los monjes a evangelizar a los indios; el de Pedro Coronel ocupa un templo con colegio erigido a principios del XVII por los jesuitas y ocupado posteriormente por los dominicos, que los sustituyeron tras su expulsión de la Nueva España en 1767. La historia de las órdenes monásticas de Zacatecas corría en paralelo a la de la Vieja España. A los franciscanos que impulsaron a esta ciudad como “la civilizadora del norte de la Nueva España” siguieron dominicos, jesuitas y agustinos, que ganaban o perdían poder al dictado de la corona española. Pedro y Rafael Coronel reunieron a lo largo de su vida grandes colecciones de arte que legaron junto a su producción propia.
Pedro dejó patente su pasión viajera a través de más de mil adquisiciones de arte europeo y oriental, mientras Rafael, más apegado a su tierra, atesoró objetos prehispánicos y arte virreinal, y un impactante compendio de máscaras policromadas, todas ellas bailadas, reflejo de la compleja simbología que yace tras las danzas y rituales festivos de México. 

El arte y el “no-museo”

La influencia del arte prehispánico en el rumbo de la colonia también puede comprobarse en el Museo Zacatecano, emplazado en uno de los inmuebles que marcó la economía de la urbe minera de principios del XIX, la antigua Casa de la Moneda. Sus salas amalgaman referencias iconográficas del fervor católico popular con artesanía y cultura huichol, incluyendo un curioso Túnel del Peyote diseñado para provocar sensaciones que puedan dar una idea de los efectos que producía el consumo de este cactus sagrado en los chamanes mexicanos.

Otro fabuloso convento virreinal que revive para el arte es el Ex Templo de San Agustín, con exposiciones temporales en sus remozados interiores, y cromáticas iluminaciones nocturnas que recrean sobre sus fachadas el diseño de la ornamentación perdida. Entre tan profuso despliegue artístico, la ciencia también ha conseguido sus santuarios particulares en el Museo Universitario de Ciencias, donde revivir la importancia de los gabinetes decimonónicos, y en los cuarenta mil metros cuadrados del novedoso aporte lúdico-didáctico del Centro Interactivo Zig-Zag, pensado para los más jóvenes. Y por si fuera poco, en Zacatecas hay un no-museo, que es lo que esconde el nombre de Muno, una galería que patrocina proyectos de arte contemporáneo “que provoquen el pensamiento y cuestionen el mercado, los medios, y las instituciones culturales. 

Callejones tras el Burro del Mezcal

La manera más divertida y original de conocer el centro de Zacatecas consiste en recorrerlo bailando al son de una banda de música regional en pos de un burro cargado de mezcal, la bebida alcohólica más popular de Zacatecas, que se obtiene por destilación del agave, un característico cactus mexicano (el tequila es un tipo de mezcal elaborado a partir del agave azul). Cada participante recibe un jarrito de barro con una cinta para colgárselo al cuello, mientras trata de revivir una antigua tradición zacatecana. La carga habitual de las mulas de la mina se transformaba en otra de barriles de mezcal cuando, tras cobrar la paga semanal, músicos y mineros salían por los callejones a rondar a las muchachas para que se asomaran a los balcones. Para saber más sobre la cultura del mezcal se han diseñado varias rutas turísticas que acercan a las plantaciones y destilerías estatales del agave o a los locales urbanos donde se venden las mejores marcas. Por supuesto, hay que tener moderación en su consumo.

La ruta histórica de la Plata de Santa Fe

La antigua red de comunicación entre los centros mineros de la Nueva España y la ciudad de México constituye en la actualidad una ruta histórica de casi tres mil kilómetros de extensión que fue distinguida en el año 2010 como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. Esta ruta se llama Camino Real de Tierra Adentro y también es conocida como Camino de la Plata o Camino a Santa Fe, que es la ciudad de Nuevo México (ya en Estados Unidos) donde termina (www.elcaminoreal.inah.gob.mx). En las proximidades de Zacatecas –que forma parte de la ruta–, la senda atraviesa la antigua población de Guadalupe –hoy prácticamente integrada en el casco urbano zacatecano–, donde está uno de los museos de arte virreinal más valiosos de toda América Latina. Instalado en el Antiguo Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, también de atractiva sillería rosada, este museo alberga en sus veintisiete salas unas ochocientas obras de los mejores pintores de los tiempos coloniales.