sábado, 5 de enero de 2013

Salzburgo en invierno

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La ciudad de Mozart, La ciudad de los Festivales, La ciudad barroca o La ciudad de los Príncipes-Arzobispos… Estas son algunas de las descripciones que suelen adornar la definición de Salzburgo a la hora de citarla, así como también La Bella, sin más. Pero azares de la actualidad nos llevan a renombrarla también como La ciudad de Sonrisas y lágrimas e, incluso, La ciudad de Red Bull, por ser la sede social de la famosa marca de bebida energética y de la no menos célebre escudería de Fórmula 1, a la que patrocina con tanto éxito. Y es que, parafraseando el eslogan publicitario de esta bebida (cuya marca fue asimismo la promotora del vanguardista edificio del Hangar-7, convertido en el nuevo emblema de su arquitectura moderna), Salzburgo es una ciudad que “te da alas”, en el sentido de que su visita siempre reconforta.

Y es que contemplar la ya de por sí hermosa ciudad a orillas del Salzach con su imagen blanca tras las primeras nevadas invernales no tiene precio… O sí lo tiene, si la vista panorámica es desde la terraza de una de las lujosas suites del hotel Sacher Salzburg, admirando la imponente Fortaleza de Hohensalzburg en una de las colinas de la ciudad, con el magnífico ramillete de torres de sus iglesias góticas y barrocas, así como la gran cúpula de su catedral, a sus pies. Sin duda, uno de los skyline más bellos del mundo, pues si ya hemos comentado el ingente número de acertadas definiciones para nombrar a Salzburgo, no se quedan atrás los calificativos y las frases de elogio que algunos de sus visitantes más insignes le han dedicado, empezando por su hijo más ilustre, Wolfgang Amadeus Mozart: “Toda la belleza que he visto en otros lugares me parece poca en comparación con la hermosura celestial de la naturaleza de Salzburgo”.

Precisamente, el primer festival musical del año que se celebra en la ciudad es la Semana de Mozart, en torno a la fecha de su cumpleaños, pues el genio de Salzburgo nació el 27 de enero de 1756 en su calle más comercial y emblemática, la Getreidegasse. Este festival en pleno invierno, con sus memorables conciertos anuales a cargo de orquestas como la Filarmónica de Viena (dirigida en la última edición por batutas tan prestigiosas como las de los maestros Pierre Boulez o Daniel Barenboim en la Gran Casa del Festival), es otro de los motivos que justifican un viaje a Salzburgo a finales de enero (la Semana de Mozart 2013 se celebrará del 24 de enero al 3 de febrero. www.mozarteum.at).

Salzburgo, al igual que ocurre en otras ciudades como Budapest con el Danubio, se desgaja en dos mitades –el casco antiguo y la parte más moderna– por el curso del Salzach, cuyo nombre significa “río de la sal”. Hay que recordar que la gran riqueza de Salzburgo (y su propio nombre) provino de la explotación de las cercanas minas de sal de Dürnberg, que fue iniciada ya por los celtas, siendo el Príncipe-Arzobispo Wolf Dietrich von Raitenau quien modernizó el proceso de extracción. Esto, unido a las tasas de aduana que las embarcaciones tenían que pagar por transportar el oro blanco por el Salzach (hasta Italia y, desde allí, hasta el Lejano Oriente) propició que la ciudad luciera una belleza barroca que puede apreciarse perfectamente hoy en día.

Una visita obligada, claro está, es la Casa Natal de Mozart en el número 9 de la calle Getreidegasse, que figura entre los museos más visitados del mundo. La exposición permanente que ocupa las tres plantas del museo se renovó totalmente entre 2007 y 2010 para dotarla de un nuevo concepto museístico. Además del violín que tocó durante su infancia, de algunos mechones de pelo del genio y de algunas piezas de la Colección Mozart de la Fundación Mozarteum y de otros coleccionistas privados que se muestran por primera vez al público, una de las grandes novedades es la habitación dedicada a Mozart digital, un proyecto multimedia que permite escuchar todas las obras del compositor en Internet, permitiendo asimismo hojear partituras originales del autor digitalizadas y descubrir muchos detalles significativos.

Y un paseo obligado es recorrer la calle más comercial, la Getreidegasse, fijándonos en las históricas enseñas gremiales de sus tiendas. De hecho, se la conoce como “la calle de las enseñas”, pues a lo largo de la misma se asiste a un auténtico festival de emblemas de hierro fundido, algunos en parte dorados, que se originaron en la Edad Media, cuando muchas personas eran analfabetas y debían orientarse por el lenguaje de los signos de cada gremio.

El escenario de “Sonrisas y lágrimas

Pero si Salzburgo está de actualidad de nuevo, no solo en España por el estreno de Sonrisas y lágrimas, el musical, es precisamente por el revival del espectáculo The Sound of Music, estrenado por fin en la ciudad de origen de la verdadera familia Trapp el 23 de octubre del 2011, con un éxito tan fulgurante que su programación prevista hasta junio de 2012 tuvo que ser prorrogada un año, hasta junio de 2013. Curiosamente, pese a que la ciudad austriaca es donde transcurrió la historia real de la numerosa familia Trapp y el escenario donde se rodaron muchas de las secuencias de la película Sonrisas y lágrimas en 1964, el musical (estrenado en Broadway en 1959) no se había representado nunca en Salzburgo, quizá eclipsado por la omnipresente presencia de Mozart. No obstante, una encuesta realizada en 2002 reveló que más de 300.000 visitantes de la ciudad decidieron venir a Salzburgo principalmente motivados por haber visto la legendaria cinta, pues acudían ex profeso para ver los lugares de rodaje de la misma y revivir las escenas de sus protagonistas como entusiastas turistas de película.

Una de las secuencias más recordadas de la película Sonrisas y lágrimas, que curiosamente en América Latina fue titulada La novicia rebelde, es aquella en la que la actriz Julie Andrews canta junto a los siete niños y adolescentes que tiene a su cargo como institutriz en el monte Mönchsberg. El rodaje de la misma se hizo en el mirador que está enfrente de donde en la actualidad se encuentran el Museo de Arte Moderno y el café-restaurante Mönchsberg 32, contemplándose uno de los panoramas más bellos e inconfundibles de Salzburgo, con las torres de sus iglesias, la cúpula de la catedral y la silueta de la Fortaleza de Hohensalzburg detrás de los protagonistas enmarcando el espíritu de una ciudad mágica, que ahora lo es más todavía con el revival del musical Sonrisas y lágrimas, incluida la versión en su histórico Teatro de Marionetas.

Paseo del Arte Moderno

Salzburgo también funde tradición y modernidad como pocas ciudades. Un ejemplo de ello lo encontramos en el monte Mönchsberg. Aquí se hallan dos de las obras encargadas por el Proyecto de Arte Contemporáneo de la Salzburg Foundation, denominado Walk of Modern Art (Paseo del Arte Moderno), que propone una ruta cultural por los lugares más emblemáticos de la ciudad para descubrir diez piezas de arte contemporáneo, invitando a obtener nuevos puntos de vista sobre las cosas. Muy cerca del café-restaurante Mönchsberg 32, la instalación del italiano Mario Merz titulada Números en el bosque se presenta en la forma característica de un iglú, parcialmente escondido entre los árboles, teniendo un total de 21 números de neón que iluminan el cielo nocturno de la ciudad desde la colina.

Justo enfrente de esta obra nos encontramos un panel que explica la tradición de la labor de limpiador de colinas, recordando que en 1669 tuvo lugar un desprendimiento de la roca que causó la muerte a 220 personas. Fue a raíz de esta tragedia cuando la Administración de la ciudad creó la profesión de limpia-colinas, practicando el montañismo desde primavera hasta finales de octubre, para proteger las casas construidas a los pies del Mönchsberg. A la colina del Mönchsberg se puede subir en un moderno funicular y también en un ascensor que sube directamente al Museo de Arte Moderno, cuya visita es asimismo muy recomendable al contar con pinturas de maestros como Picasso o Cézanne.

Como anécdota que también nos lleva a pensar en la relación directa entre tradición y modernidad en Salzburgo, cabe citar que el origen del actual símbolo de los dos toros rojos de la marca Red Bull y de su escudería de Fórmula 1 se halla ligado a la imponente Fortaleza de Hohensalzburg. Resulta que en 1525 los campesinos se rebelaron sitiando durante catorce semanas el recinto, en el que se encontraba el arzobispo Matthäus Lang von Wellenburg y su corte, que, para dar a entender a los insurrectos que disponían de suficiente comida para aguantar el envite, recurrieron a la argucia de pintar cada día de diferente color (entre ellos, el rojo oscuro) a la última res que les quedaba, de forma que los campesinos creyeran que aún podían disponer de carne para resistir y cejar en su empeño, como así fue. Ello conllevaba que a diario tuvieran que enjuagar a la res, por lo que desde entonces a los salzburgueses también se les conoce por el apelativo de lavanderos.

El futurista Hangar-7

La mejor prueba de la convivencia entre tradición y modernidad se observa con una mirada al monte Mönchsberg, con la Fortaleza Hohensalzburg en una ladera y el Museo de Arte Moderno en la otra. Pero el gran contraste entre la ciudad barroca y la arquitectura moderna del nuevo Salzburgo reside en el futurista edificio del Hangar-7, diseñado por Volkmar Burgstaller. Se trata de la última tarjeta de presentación del imperio Red Bull levantado por Dietrich Matteschitz, el fundador y propietario de la marca de bebida energética. Con la excusa de un nuevo hangar para su colección de aviones históricos y como base para sus Flying Bulls especializados en vuelos acrobáticos, se propuso crear “la estancia para aviones más bella del mundo”. Damos fe de que lo consiguió, convirtiéndose en el nuevo icono arquitectónico de Salzburgo desde su inauguración el 22 de agosto de 2003, tras cuatro años de planificación y construcción.

El Hangar-7, localizado en el propio aeropuerto de Salzburgo, es mucho más que un impresionante edificio hecho de cristal y acero y una generosa construcción monocasco que, por fuera, da la impresión de dinamismo e ingravidez como si fuera un ala de un avión. Lo interesante se encuentra en su interior, ya que, además de conseguir el efecto de bóveda celestial sobre los aviones, sus dimensiones de 100 metros de longitud, 67 metros de anchura y 14,5 metros de altura han sido acondicionadas no solo para acoger asimismo a los bólidos de Fórmula 1 de la escudería Red Bull sino también como sala de exposiciones de arte contemporáneo y para ofrecer lo último de lo último en gastronomía merced a dos ofertas complementarias: la de la smart food (“comida inteligente”) del chef Roland Trettl en el bar Mayday y la de alta cocina en el restaurante Ikarus (con un alto precio en consonancia). Lo mejor, no obstante, es verlo con los propios ojos y disfrutar de su gastronomía, pues el Hangar-7 es un lugar de visita imprescindible para los que viajen a Salzburgo y todavía no lo hayan visto.

La cervecería más antigua de Austria

Hopfen und malz Gott erhalt’s (“Dios guarde al lúpulo y la malta”). Este lema puede leerse en una de las placas que reciben al viajero en el Monasterio Agustino de Mülln, la cervecería más antigua de Austria (1621). Por cierto, durante el mes de enero en el alféizar de la entrada aparece escrita con tiza la inscripción C+M+B. Originariamente son las iniciales de la frase en latín Christus mansionem benedicat, que significa “Cristo bendiga esta casa”, pero a partir de una época se refirieron también a las iniciales de los tres Reyes Magos: Caspar, Melchior y Balthasar, en su escritura germánica. Para los salzburgueses, las letras C+M+B aluden asimismo a las iniciales de queso (Käse en alemán, Cheese en inglés), leche (Milch) y mantequilla (Butter), dándole un significado especial: “Se puede entrar en esta casa porque tienen queso, leche y mantequilla”.

Sin embargo, en el interior del vetusto Monasterio de Mülln lo que prima es la ingesta de su cerveza Märzenbier (4,6 por ciento de graduación alcohólica), que los parroquianos beben en sus características jarras de piedra de medio litro (2,90 euros) y un litro (5,80 euros) en unos abarrotados salones dedicados a ello, hasta el punto de que se cuentan hasta 125 tertulias diferentes con reservas de las mesas. Eso sí, solo a partir de las 15 horas, como cuando en el monasterio moraban los monjes agustinos. De hecho, la Augustiner Brauerei produce 11.600 hectolitros por año, de los que el 50 por ciento se bebe aquí y la otra mitad se destina a la venta en restaurantes cercanos y directamente a particulares para llevar.

El encanto del lugar reside, además del concepto de la cultura de la cerveza como acto social (existe incluso el cálculo del tiempo ideal de la consumición: media hora para las jarras de piedra de medio litro, y una hora para las de un litro), en ver in situ el ritual de los fieles asistentes, que lavan sus propias jarras en una vieja fuente, utilizando incluso un grifo de agua caliente para apreciar mejor su sabor una vez servida del barril.

La cerveza más popular en buena compañía

La otra cervecería histórica es Stiegl, posiblemente la marca más popular del país. No en vano, lleva fabricando cerveza desde el año 1492. Dicen que incluso el propio Mozart ya la apreciaba en su época. Lo cierto es que hasta las seis letras de su nombre son utilizadas ahora como las iniciales de las seis palabras del aserto local en alemán “Salzburger trinken immer einen ganzen liter”, cuya traducción es que “los salzburgueses siempre beben un litro entero”.

Dicho esto, las sonrisas siempre están aseguradas, a veces tan proseguidas y con tanto entusiasmo que se transforman en intensas carcajadas, llegando incluso a provocar lágrimas de cerveza. Lo que se dice llorar de la risa. Sonrisas y lágrimas como las que sigue provocando la inolvidable película y el actual musical. Quizá no haya mejor forma de despedirse de un Salzburgo invernal que saboreando las sonrisas y lágrimas que provoca el cóctel de una refrescante cerveza, una divertida compañía y el buen humor a flor de piel. Porque estar a la última en la ciudad de Wolfgang Amadeus Mozart no está reñido con la mejor tradición.

Un turismo de altura

Un reciente estudio de la Cámara de Comercio de Salzburgo sobre la repercusión del Festival de Verano en la vida cotidiana de la ciudad arrojaba datos como el gasto diario por visitante (283 euros), así como la procedencia (mayoritariamente alemana) y el número medio de días (7,1) que permanece el turista alojado en la ciudad. A este respecto, un indicador claro del alto nivel económico de muchos de los visitantes de Salzburgo es el hecho de que en una ciudad de solo 150.000 habitantes (la cuarta de Austria en población, tras Viena, Graz y Linz) haya nada menos que seis hoteles de cinco estrellas (entre ellos, el Sacher Salzburg y el Goldener Hirsch) y también, por cierto, seis restaurantes con una estrella Michelin (Esszimmer, Ikarus, Magazin, Pfefferschiff, Riedenburg y Carpe Diem). Es por ello que la crisis económica está afectando en mucha menor medida a los resultados turísticos de Salzburgo que a los de otras ciudades, al tener sus visitantes un perfil con un poder adquisitivo alto. Otras cifras clarificadoras de la alta calidad de vida en la cuna de Mozart son, por ejemplo, que la renta per cápita de los salzburgueses en 2011 fue de 23.900 euros, solo superada en Austria por los vieneses, mientras que la tasa de paro es tan solo del 4,6 por ciento. En cuanto al porcentaje de los empleos relacionados directa o indirectamente con el turismo, éste ronda el 15 por ciento.

El gran escenario del mundo

Posiblemente, Salzburgo sea la ciudad del mundo que más le debe a uno de sus hijos predilectos. La gran herencia que Wolfgang Amadeus Mozart ha legado a su ciudad natal es haber propiciado que en ella se hayan gestado innumerables festivales desde que en 1917 el director de teatro vienés Max Reinhardt fundara la Sociedad de los Festivales de Salzburgo y en 1920 ya se pusiera en escena por primera vez la obra Jedermann (Todo el mundo) en la Plaza de la Catedral.

Y es que, además del Festival de Salzburgo en verano –que está considerado uno de los certámenes de música clásica más prestigiosos del mundo–, la ciudad ofrece otros eventos de enorme interés, como la propia Semana de Mozart a finales de enero –que comenzó su andadura en el año 1956 y que combina en su programa lo clásico y lo moderno–, el Festival de Pascua o el Festival de Pentecostés, por solo citar a los relacionados con la ópera y la música clásica. De hecho, el número total de espectáculos anuales en la ciudad de Salzburgo está en torno a 4.500, lo que supone una media de doce eventos por día, una cifra que sin duda coloca a esta urbe austriaca de tan solo 150.000 moradores a la cabeza mundial de espectáculos en relación a su número de habitantes. Por ello no resulta para nada exagerado su eslogan turístico: “El gran escenario del mundo”.


Laponia finlandesa, en busca de la aurora boreal

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Llega el invierno a las últimas tierras solitarias de Europa, y la noche y el silencio se adueñan del mundo. En la Laponia finlandesa los días resultan cortos en esta época del año y la luz, el paisaje, todo, nos hace pensar que estamos en un país lejano, donde la naturaleza majestuosa se adormece, aunque todavía es dueña de la vida. El silencio se hace omnipresente; tanto, que se siente de una forma impensable en otros lugares o incluso en esta misma región durante el verano. La nieve lo cubre absolutamente todo: praderas y bosques, caminos y casas, y es como una piel nueva que le sale a la Tierra. Todo lo que no se limpie rápidamente puede quedar oculto durante muchos meses, y parece que es lo que ocurre con los sonidos de la naturaleza. El silencio es profundo, tangible, y el mundo entero se detiene.

Sí, en las semanas cercanas al solsticio de invierno casi no hay luz en la Laponia finlandesa, que, igual que todo el norte de Escandinavia, se prepara para la larga noche. Pero es en estos días oscuros cuando el cielo puede iluminarse con el fuego misterioso de la aurora boreal, las luces fantasmales que danzan sobre el horizonte. Y poco a poco, día a día, la noche se va acortando y la luz vuelve a hacerse presente, mostrándonos un paisaje invernal pero luminoso.

En cualquier caso, un viaje invernal a la Laponia finlandesa representa una inmersión en el silencio y la nieve, cuando éstos se asientan en una naturaleza casi intacta. Es la ocasión de sentirse explorador, de vivir la épica de la naturaleza, imaginándose por un momento que uno revive las aventuras narradas por Jack London o las de los exploradores del Ártico. Es la posibilidad de experimentar aventuras que difícilmente se pueden saborear en otros países.

Un mar helado

El viaje puede empezar en Kemi, que ofrece la posibilidad de una experiencia única. Aquí se está en el extremo septentrional del golfo de Botnia, en un puerto importante. Pero el mar es blanco, sólido y se puede caminar sobre él. La capa superior está helada. En pocos lugares del mundo resulta tan fácil encontrar la posibilidad de saltar a un rompehielos y adentrarse, aunque solo sea unas pocas horas, en esta naturaleza que cualquiera diría que está prohibida al ser humano.

El Sampo sale varias veces por semana desde el cercano puerto de Ajos, a unos 10 kilómetros de distancia, y emprende su travesía por donde parece imposible navegar. Pero solo está helada la capa superior de agua —uno, dos o tres metros—, por la que el rompehielos se abre camino. Pero la experiencia todavía no ha terminado. En un momento el barco se detiene y es posible descender y caminar por el mar helado. Los más intrépidos pueden hacer lo que probablemente nunca hayan soñado: sumergirse en esas aguas gélidas y chapotear entre los bloques de hielo. Unos trajes especiales y un poco de gusto por las experiencias nuevas —lo primero lo aporta la tripulación, lo segundo tiene que ponerlo el viajero—es todo lo que se necesita.

Antes o después de esta experiencia, en Kemi hay que visitar el castillo de nieve. Es una construcción que se levanta todos los años, a partir de Navidad, y que está condenada a desaparecer pocos meses después. Pero, mientras tanto, se vive la ilusión de encontrarse en un espacio mágico, extraño, en el que las luces (por supuesto, se usan leds de bajo consumo que apenas se calientan) juegan un papel importante. Se pasa junto a las torres almenadas, se traspasan los muros y se vaga por unas salas únicas y efímeras. Se puede comer en el restaurante, tomar una copa en el bar, dormir una noche en el hotel o casarse en la capilla. En este castillo hay opciones para todos los gustos.

Llega el momento de adentrarse en la Laponia finlandesa, en las vastas extensiones solitarias, en los bosques inmensos. Es la última zona verdaderamente natural del continente europeo en la que la huella de la presencia humana resulta mínima. Pese a todo, esto no significa que sean lugares desconocidos o inexplorados, ya que desde hace milenios forman el paisaje cultural de los sami y sus antecesores. En invierno la vida casi se detiene. Las aves han emigrado hacia el sur hace tiempo. A finales de diciembre, cuando el día parece no existir y el sol asoma pocas horas sobre el horizonte, el paisaje se muestra en blanco y negro, con los troncos de los pinos, los abetos y los abedules destacando en la blancura de la nieve, y el cielo cubierto sobre el que apenas flota una ligera luz rosada. Al final del periodo invernal, cuando los días empiezan a alargarse, estalla la alegría de los cielos azules y todo resplandece en el aire puro.

Los ultimos nómadas

Casi sobre la misma línea del Círculo Polar Ártico aparece la localidad de Rovaniemi, la capital de la Laponia finlandesa y la mejor base para recorrer toda la zona. Rovaniemi es una ciudad con una historia trágica —fue destruida completamente durante la Segunda Guerra Mundial—, pero ha sabido superarse ante las dificultades. Fue reconstruida bajo la dirección de Alvar Aalto, el arquitecto finés más importante, que también diseñó varios edificios. En otros lugares, el gran museo Artika, que ofrece una valiosa información sobre la cultura sami y la naturaleza ártica, sería la visita fundamental, pero en Rovaniemi hay dos atractivos más casi insuperables.

En realidad, ambos lugares se encuentran a pocos kilómetros de distancia, y la señal que avisa del desvío en la carretera es irresistible: allí está el Círculo Polar Ártico y la aldea de Santa Claus. Sí, aquí Santa Claus recibe a los visitantes, y no solo en los días previos a Navidad sino durante todo el año. Joulupukki, como es conocido Santa Claus en Finlandia, charla con los visitantes, pero también recibe miles y miles de cartas en las que niños de todo el mundo expresan sus deseos e ilusiones, ya sea respecto a los regalos que esperan o sobre el mundo en el que viven. En la oficina de correos, que dispone de matasellos muy apreciados, se muestra una selección de algunas cartas que resultan muy emocionantes.

En el mismo lugar se encuentra Santamus, lo que se conoce como la Experiencia del Círculo Polar Ártico. Es una oportunidad para aprender y vivir algo la cultura sami en caso de que no se viaje más por la zona. Los sami –a los que se conoce normalmente como lapones, aunque a ellos no les guste este nombre– ocupan esta región septentrional de Europa desde tiempo inmemorial, y su territorio se encuentra dividido entre Finlandia, Suecia, Noruega y Rusia. Los sami son los últimos nómadas de Europa, ya que algunos todavía siguen a los renos en sus migraciones anuales. Para los sami actuales, el elemento unificador de su cultura es la cría del reno, pero solo desde hace unos pocos siglos. Antes eran cazadores, recolectores y pescadores.

El idioma de la naturaleza

La religión tradicional de los sami se basaba en la forma en que una sociedad de cazadores se relacionaba con la naturaleza, que en estos lugares se impone de manera especial. Es algo vivo, igual que los espíritus, tan reales como las personas o los animales. Cada lugar tiene un nombre, una historia y un significado. Se vivía de acuerdo con esta religión, que era una parte del orden social. En su antiguo idioma no había una palabra para definir la guerra, pero sí noventa vocablos diferentes para referirse a lanieve.

Rovaniemi es un buen lugar para iniciar la aventura de adentrarse en la naturaleza. Ya sea en recorridos de esquí de fondo, en trineos tirados por perros o renos, en motonieve o en caminatas con raquetas, las opciones resultan diversas y todas están muy bien organizadas. Solo es necesario elegir la que se desee –larga o corta, de un par de horas o de tres días–, pues cualquiera de ellas es una puerta abierta a un mundo natural desmesurado, imposible de imaginar en el antiguo y poblado sur de Europa.

Hay quien dice que el trineo es el vehículo más antiguo de la humanidad, anterior a la rueda. Hay que experimentar, aunque sea un rato, un paseo en trineo. Lo bueno es que no hay padecimientos como los de los exploradores antiguos, solo el placer de los mejores momentos de Doctor Zhivago. Hay que sentir el silencio del bosque, el silbido de los patines deslizándose sobre la nieve, los ladridos de los perros (y también el olor de sus orines, que se impone en este medio en el que casi no hay aromas), el viento en la cara… En los recorridos un poco largos la expedición se detiene en una cabaña o en una tienda tradicional para preparar un café o un almuerzo a base de salmón y carne de reno seca. Si el tiempo es bueno, se hace un fuego sobre la nieve. La escena es antigua, vital, y uno se siente experimentando algo que los humanos han vivido exactamente igual hace milenios. Sería el momento de contar historias o de mantenerse silencioso, pero en permanente diálogo con uno mismo.

Rutas por la nieve

Las excursiones en motonieve son muy diferentes. Se circula con ruido, hay velocidad y se recorren distancias mayores. Si se circula por un lago helado es como volar por un mundo plano. En este caso, la experiencia se puede completar con la pesca. Hay que abrir un agujero en la masa de hielo con un berbiquí gigante, como en los tebeos, echar el sedal con el anzuelo y confiar en la suerte.

La ruta continúa hasta Kittilä, otro importante centro de servicios en la Laponia finesa. Es, para muchos, la base que permite disfrutar del esquí y del snowboard en Levi. Y de las otras actividades por la nieve.

Aquí también resulta fácil, en el invierno silencioso y oscuro, sentir un hálito pagano flotar en el aire. Sobre todo cuando el cielo se ilumina con la aurora boreal, uno de los fenómenos naturales más hermosos y fascinantes que existen. Parece que arde el cielo, que la luz vibra al danzar en la noche. A veces semeja una llama, o una cortina de luz, o un arco iris nocturno. Los sami siempre han pensado que era la expresión de fuerzas sagradas, algo demasiado poderoso que solo podía mirarse a través de un anillo de bronce. Una maravilla que, a veces, llega del cielo en las frías noches del mundo boreal.

En casa de Santa Claus

Probablemente no hay viaje más maravilloso para un niño que llegar a la Villa de Santa Claus. No le interesará especialmente saber que se encuentra sobre Napapijri –como se denomina en finés al Círculo Polar Ártico–, solo que allí vive el personaje que le hace feliz. La Villa se encuentra a unos ocho kilómetros de Rovaniemi y para los niños es el destino imprescindible. No es ajeno a esta ilusión no solo el poder sentarse en las rodillas de Santa Claus sino todo el ambiente que le rodea: los renos, las casas de torres puntiagudas, los toboganes de hielo, los trineos... En realidad, Santa Claus no es originario de Rovaniemi sino de Korvatunturi, un lugar remoto en las montañas situadas más al norte, desde donde escuchaba los deseos de los niños a través de una montaña con forma de oreja. Al trasladarse a Rovaniemi se modernizó para disponer de Oficina de Correos y una fábrica de juguetes. Santa Claus recibe cada año más de 700.000 cartas, y siempre responde a las que se lo solicitan y le escriben con la antelación suficiente como para que la respuesta llegue antes de las fechas de Navidad. Y, además, Santa está siempre a la última: ahora tiene hasta un canal propio de televisión que se puede seguir en www.santatelevision.com


La T1 de Barcelona alberga el mejor restaurante de aeropuerto del mundo

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Comprar, leer… tal vez comer. Existen numerosas opciones para pasar el tiempo de espera en los aeropuertos. Tiempo atrás, la única comida disponible provenía de las franquicias internacionales de comida rápida. Ahora el panorama ha cambiado. La actual oferta culinaria de los aeropuertos está cuidada al detalle. Incluso chefs con tres estrellas Michelin se aventuran a cocinar entre maletas de mano y bolsas del duty free. Los redactores de la web gastronómica estadounidense The Daily Meal (www.thedailymeal.com) han evaluado durante seis meses los más reputados restaurantes aeroportuarios. El resultado ha sido una lista con los 31 mejores del mundo. Analizando los diez primeros, resaltan dos cuestiones: la elección de Porta Gaig, en el aeropuerto de Barcelona-El Prat, en el primer puesto, y la preponderancia de la cocina norteamericana. Seguramente haya influido el hecho de que el director de The Daily Meal es el reputado crítico estadounidense Colman Andrews, experto en gastronomía mediterránea y, especialmente, catalana.


Porta Gaig

El Prat. T1, planta 3. Barcelona
El cocinero Carles Gaig se ha criado entre fogones. En 1869, su familia abrió la Taberna d’en Gaig en la Ciudad Condal. En 1989, Carles decidió transformar la antigua taberna en el Restaurante Gaig, un esfuerzo que se vio recompensado en 1993 con una estrella Michelin. En sus locales, la intención del chef catalán es adaptar para los comensales contemporáneos las recetas tradicionales de la cocina catalana. En su carta destacan el pollito del Prat guisado a la catalana, el timbal de macarrones gratinados, el bacalao de samfaina y los pies de cerdo deshuesados con salsifíes. Como afirma Gaig, “el espíritu de mi cocina se rige por mirar hacia delante sin dejar de mirar atrás”.


Salt Lick Bar-B-Que

Austin-Bergstrom International. Terminal oeste, puerta 12. Texas
Costillas de ternera, costillas de cerdo, pavo, salchichas frescas, pecho de ternera, pollo… la materia prima puede variar, pero no la forma de elaborarla: a la barbacoa. Este restaurante lleva entre brasas desde 1967, cuando abrió su primer local en Driftwood (Texas).


Tortas FronterA

O’Hare Airport. Terminal 1, vestíbulo B, puerta B10. Chicago
Comida mexicana para tomar a la carrera. Además de tortas (sándwiches elaborados con pan de sal), el cocinero Rick Bayless ofrece en su establecimiento molletes, guacamole, margaritas y una selección de cervezas de México (Bohemia, Negro Modelo y Victoria).


Bubbles Seafood & Wine Bar

Schiphol Airport. Sala 1. Ámsterdam
El menú de este atípico restaurante consta de ostras, caviar, sándwiches de gambas o salmón y otras delicias provenientes del mar. La bebida recomendada es una copa de champán. Esta oferta glamourosa se redondea con el casino que se encuentra en el interior del local.


Obrycki’s

BWI Airport. Entre las puertas B-9 y B-11. Baltimore/Washington
El comensal que acude a esta institución de Maryland sabe que los cangrejos son su plato estrella. Puede degustarse asado o frito, normal o picante. También disponen de cangrejos blandos, en los que todo se come, incluso la concha. Pero la gran especialidad es, sin duda, su famoso pastel de cangrejo.


Crust

LaGuardia. Terminal D, puertas 1-2. Nueva York
El propietario es Jim Lahey, prestigioso panadero y pizzero neoyorquino. La receta de su éxito es sencilla, pero no simple: pizza típicamente romana. Puede elegirse entre los sabores clásicos (funghi, pomodoro, patata, zucchini…) o elegir los ingredientes al gusto.


Five Guys

Dulles International Airport. Puertas A3 y B71.Washington DC
En 1986, unos hermanos de Washington D.C. abrieron la primera hamburguesería Five Guys. Actualmente tienen mil restaurantes en Estados Unidos. La base es un jugoso filete de carne picada. A partir de ahí, se prepara al gusto del consumidor: bacon, queso, cebolla, jalapeños, champiñones…


Custom Burguers By Pat LaFrieda

LaGuardia. Terminal D. Nueva York
La familia LaFrieda lleva 90 años en el mundo de la carnicería. El prestigio de su carne es tal, que muchos restaurantes explicitan en sus cartas que la carne proviene de ellos. Su hamburguesa proviene de una mezcla de paleta, pecho y costillar de buey Black Angus.


Encounter

Los Ángeles International. Terminal 6, edificio LAX Theme. Los Ángeles
Este restaurante constituye un magnífico ejemplo de la denominada California cuisine, que se caracteriza por el uso de ingredientes frescos locales y también por la mezcla de diferentes gastronomías. Algunas especialidades de la casa son penne con gambas a la pomodoro, wrap oriental de pollo y salmón noruego con costra de sésamo.


Legal Sea Foods

Logan International Airport. Boston
La langosta representa una de las grandes instituciones gastronómicas de Nueva Inglaterra. Este restaurante, que cuenta con numerosos locales distribuidos a lo largo de todo el país, la ofrece en su expresión más típica: al vapor. Y para abrir boca, la popular crema de almejas conocida como chowder.

Aeropuertos repletos de estrellas: la lista del Daily Meal


Entre los 31 restaurantes seleccionados también aparece La Moraga (en el puesto 22), establecimiento del aeropuerto de Málaga dirigido por Dani García, poseedor de dos estrellas Michelin por su restaurante Calima. En el número 13 se encuentra Plane Food (Heathrow), propiedad del popular chef Gordon Ramsey, conocido por presentar el reality culinario Hell’s Kitchen y por haber logrado 16 estrellas a lo largo de su carrera. Quien no aparece en la lista de The Daily Meal es El Madroño (Madrid-Barajas), de Beatriz Sotelo, cocinera con una estrella por su restaurante A Estación, en A Coruña.
Los 31 elegidos

1.    Porta Gaig (El Prat. Barcelona, España)

2.    Salt Lick BBQ (Austin. Texas, EE UU)

3.    Tortas Frontera (O’Hare International. Chicago, EE UU)

4.    Bubbles Seafood & Wine Bar (Schiphol. Amsterdam)

5.    Obrycki’s (Thurgood Marshall. Baltimore/Washington)

6.    Crust (LaGuardia. Nueva York)

7.    Five Guys (Dulles, Washington DC)

8.    Custom Burgers by Pat LaFrieda (LaGuardia, Nueva York)

9.    Encounter (LAX, Los Ángeles)

10.    Legal Sea Foods (Logan International Airport, Boston, EE UU)

11.    Pink’s Hot Dogs (LAX, Los Ángeles)

12.    Brasserie Flo (Charles de Gaulle, París)

13.    Plane Food (Heathrow, Londres)

14.    Tagliare (LaGuardia, Nueva York)

15.    Versailles Restaurant (Miami, EE UU)

16.    Piquillo (JFK, Nueva York)

17.    Icebox Cafe (Miami, EE UU)

18.    Union Jacks Bar (Gatwick, Londres)

19.    Kim Choo’s Nonya (Changi, Singapur)

20.    Airbraeu Brauhaus (Franz Josef Strauss, Múnich)

21.    Globe@YVR (Vancouver, Canadá)

22.    La Moraga (Málaga, España)

23.    Cat Cora’s Kitchen (San Francisco)

24.    Altitude (Génova, Italia)

25.    Columbia Restaurant Cafe (Tampa, Florida, EE UU)

26.    One Flew South (Hartsfield-Jackson, Atlanta, EE UU)

27.    Anthony’s Fish Bar (Tacoma, Seattle)

28.    Tacañón (Benito Juarez, México)

29.    Dutch Kitchen Bar & Cocktails (Schiphol, Amsterdam)

30.    La Pausa (Ministro Pistarini International, Buenos Aires)

31.    Tadında Anadolu (Ataturk, Estambul)


jueves, 3 de enero de 2013

Del año verde de Vitoria a la catedral de Ken Follet

Cómo llegar

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Solo quedan unas semanas para que Vitoria despida su capitalidad europea green, pero su filosofía eco no se va a evaporar. Todo lo contrario: continuará y crecerá. La capital vasca tiene atractivos turísticos de manual –casco medieval, monumentazos, museos, una cultura gastronómica envidiable…–, pero desde hace unos años ha añadido una fina y atractiva capa a lo ya conocido. Esta envoltura sería su filosofía green, consistente en gestionar la ciudad de una forma ecológica y, sobre todo, humana. La Vitoria-Gasteiz –su nombre en castellano y euskera– de 2012, elegida Capital Verde Europea, se presenta como una urbe del siglo XXI, aunque con los hábitos saludables de una ciudad del siglo XVIII en los años anteriores a la revolución industrial: sin ruidos, sin humos, sin la cara descuidada –zikina, en euskera– del progreso.

Una urbe peatonal

Las cifras no dejan lugar a dudas: el 25 por ciento del espacio público vitoriano es peatonal (de hecho, aquí se ganaron para los caminantes las primeras calles de España), la ciudad cuenta con más de cien kilómetros de carriles-bici, y el anillo verde que la rodea, otros tantos. El 50 por ciento de los desplazamientos en el ámbito urbano se hacen a pie, quedando el coche relegado a un uso del 20 por ciento; y la gestión del transporte público también rema en la misma dirección: la inauguración en 2008 de su moderno tranvía no solo supuso la dinamización del autobús sino también la creación de un servicio gratuito de alquiler de bicis, todo orientado a reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. La consecuencia de todo ello es que la capital de la Comunidad vasca encabeza un año sí y otro también las clasificaciones que evalúan la calidad de vida, la felicidad urbana, el nivel de silencio o el porcentaje de jardines y espacios verdes que hay en relación al mar de cemento.

Sería una pésima idea acercarse a Vitoria y no aparcar el coche a los tres segundos de llegar porque, evidentemente, la ciudad quiere que el visitante la conozca de forma green. A pie o en bici, pero sin alterar su atmósfera. La apuesta ecológico-turística de Vitoria comenzó a dar sus frutos en el presente año, cuando la capital vasca experimentó el mayor incremento en visitas turísticas de Euskadi, con casi un 3 por ciento de turistas más que el año pasado y llamativos picos en momentos concretos del verano, como las Fiestas de la Virgen Blanca, con un 10 por ciento más de visitantes.

Palacios renacentistas

Ni todo es green ni todo es nuevo en Vitoria. De hecho, no hay ciudad vasca que haya conservado mejor su parte vieja, manteniéndose casi intacta, sobreviviendo la primitiva forma de almendra, los nombres de las calles que remiten a su tradición comercial –Cuchillería, Zapatería, Herrería…– y varias casas que parecen robadas de un episodio perdido de El nombre de la rosa, como las de El Portalón. Aquellos inmuebles medievales que no soportaron el paso del tiempo y se vinieron abajo fueron sustituidos por un puñado de palacetes renacentistas como el de Escoriaza-Esquivel, el de Montehermoso –que fue palacio episcopal y hoy es centro cultural– o Villasuso, con una interesante paleta de exposiciones. La grandeza del barrio radica en que está vivo y tiene una interesante actividad comercial, gracias a pequeñas tiendas de calidad y especializadas como Conservas Victofer (alimentación) o Zuloa, una librería histórica especializada en cómics.

Sonará extraño, pero es rabiosamente cierto. Vitoria comenzó a construir los cimientos de su filosofía green hace 200 años, en el siglo XIX. Ya en esa época, las sucesivas ampliaciones de la ciudad se hicieron teniendo en cuenta el bienestar de sus vecinos y las ideas ilustradas que llegaban de la cercana Francia. En aquella Vitoria próspera se planificaron amplios espacios urbanos, grandes sendas arboladas –el paseo de Fray Francisco, la Senda…– y se salpicaron los alrededores de grandes manchas verdes, unas veces con aires puramente parisinos –el parque de La Florida– y otras con rostro más agreste, como el parque del Prado.

Con esa materia prima, con esa filosofía, los que vinieron detrás se limitaron a perpetuarla hasta llegar a las asombrosas cifras actuales, que convierten a la capital vasca en una ciudad asombrosamente ecológica, con una notable gestión de los recursos y los residuos. Un último dato: si se parcelaran todas las zonas verdes de la capital vasca, a cada vitoriano le corresponderían 42 metros cuadrados. La cifra nunca se estanca, sino todo lo contrario: un Anillo Verde de casi mil hectáreas rodea la ciudad como si fuera una muralla, ideal para ser caminado o pedaleado a través de senderos.

Humedales y biodiversidad

Una de las últimas intervenciones green se ha llevado a cabo en este circuito ecológico. Se trata del Centro de Interpretación de los Humedales de Salburua, un edificio moderno y ágil que permite disfrutar este espacio natural en el que hacen un alto las aves migratorias de toda Europa o los ciervos que habitan en los bosques cercanos.

La plaza de la Virgen Blanca es la transición entre la vieja y la nueva Vitoria, entre el barrio medieval y el ensanche del siglo XIX, racional y ordenado. En uno de sus extremos se halla el acceso a la plaza de España, que también hace de recibidor a esta parte de la ciudad. Aquí, como en la parte medieval, es complicado oír el ruido de un motor. También es sencillo imaginarse la vida tras los miradores de cristal que trepan por las fachadas de las viviendas. En el espacio que delimitan las peatonales calles Eduardo Dato y Postas se concentra la principal actividad comercial y alguna que otra vaca sagrada de la afamada tradición repostera vitoriana, como la confitería Goya.

Museos de postín

Antes de que Vitoria fuera green, ya se había convertido en la ciudad vasca con la mejor y más variada selección museística. Artium nació hace poco más de una década con una vocación clara: presentar en sus salas una de las más completas colecciones de arte vanguardista de España, sea cual fuere su formato, desde la pintura al videoarte, pasando por piezas inclasificables. Aquí hay de todo –el museo cuenta con más de tres mil obras–, haciendo especial hincapié en creadores autóctonos como Eduardo Chillida. En las antípodas de esta visión se encuentra el Museo Fournier de Naipes, igual de imprescindible no solo por lo que muestra –una original colección de barajas de cartas de más de veinte mil piezas– sino por cómo lo exhibe –con mimo y amenidad– y dónde –en el Palacio de Bendaña, en el corazón medieval–. El vecino Museo de Arqueología de Álava, en la casa de los Gobeo, es muy recomendable y una de las opciones más clásicas. Recorrerlo equivale a darse un garbeo rápido por la historia del territorio, siempre en compañía de objetos prehistóricos, romanos o medievales.

En el barrio más noble de Vitoria, en un palacete del paseo de Fray Francisco, se ubica el otro gran museo, el de Bellas Artes, destacable sobre todo por su colección de arte vasco de los siglos XIX y XX. La gran apuesta expositiva del Año Green se encuentra en el Palacio Europa, con una muestra que explica a través de seis espacios interactivos en qué consiste la Capitalidad Verde, los valores medioambientales que atesora Vitoria y sus retos de cara al futuro. Una gran maqueta de 775 botellas recicladas que se ilumina gracias a la energía creada por cuatro bicicletas preside la exposición.

La nueva serie de Ken Follet ponde de moda Catedral renacida

En 1989, la novela de un escritor galés se convirtió en uno de los mayores éxitos de público de la literatura moderna. El libro era Los pilares de la Tierra, de Ken Follet, y narraba la historia de la construcción de una catedral. Quince años después de aquello, Follet comenzó a trabajar en una segunda parte, centrada en describir los problemas estructurales del edificio. Casualmente, a pocas horas de vuelo de su hogar, un edificio de características similares, la Catedral Vieja de Vitoria, se encontraba sumergido en un profundo proceso de restauración a raíz de que se descubrieran serios problemas estructurales. El templo fue abierto en canal, desenterrados sus cimientos, apuntaladas sus columnas  y se le llenaron las tripas de andamios y pasarelas, pero en ningún momento se cerraron sus puertas, sino que permanecieron abiertas a los turistas. Diez años después de aquello, la Catedral permanece en quirófano, pero también sigue abierta durante las obras en lo que es una experiencia cultural única. El novelista británico fue avisado de esta rareza y se plantó en la ciudad de Vitoria para documentar la secuela de su famosa obra. De todo ello surgió Un mundo sin fin, un tocho literario que está documentado casi íntegramente en el templo vitoriano y que acaba de estrenarse en España en su versión televisiva.


miércoles, 2 de enero de 2013

El viaje inesperado de “El Hobbit” por los paisajes de Nueva Zelanda

Cómo llegar

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Cuando el director Peter Jackson arriba al archipiélago de Nueva Zelanda en 2011, pisa el mismo territorio al que más de mil años antes habían llegado en sus batangas los maoríes. Para los actuales nativos, herederos de los antiguos emigrantes polinesios, este viaje inesperado de El Hobbit no lo es tanto ya que supone un reencuentro con aquellos ingenios cinematográficos a los que les negaron capturar sus paisajes sagrados en el rodaje de El Señor de los Anillos. En esta ocasión, para filmar en el monte Ruapehu (2.797 metros), el más elevado de los tres volcanes activos del Parque Nacional de Tongariro, en la isla Norte, el equipo de producción sí obtuvo el permiso expreso de las dos comunidades maoríes que habitan en esta reserva natural que acoge a un millón de viajeros, repartidos entre los fanáticos que siguen la obra de J.R.R. Tolkien y montañeros que prefieren recorrer las severas sendas de trekking.

Por la Mountain Road que llega a Wellington, en algo menos de cuatro horas el viajero podrá percibir el aura de Frodo mientras pasea por el bosque autóctono de totaras en Otaki, que la película convierte en los alrededores de Hobbiton Woods. La ruta continúa paralela al río Hutt, por la carretera Akatarawa, en busca de los orcos del reino de Saruman o tras la pista de los elfos en el parque regional de Kaitoke, en la cordillera de Tararura, donde se cobija el impresionante desfiladero Hutt River.

El viaje ahora cambia de rumbo y se dirige hacia el norte del norte. La pequeña población de Matamata conserva las mágicas viviendas hobbits construidas para El Señor de los Anillos y aprovechadas como reclamo turístico en una finca rural regalada de por sí con la tranquilidad y los encantos naturales de las colinas verdes, animales pastando y regada por el río Waikato.  

Cruzar el estrecho de Cook, que separa el Mar de Tasmania y el Océano Pacífico, significa añadir un aliciente más a esta expedición. Los ferrys que salen de la capital, Wellington, en unas tres horas dejan al viajero en la ciudad de Picton, al noreste de isla Sur. Desde allí, el próximo destino será el valle glaciar de Taieri Strath, donde la cámara se fija en el poderoso mago Gandalf.

Con base en la ciudad de los deportes extremos, Queenstown, los cazadores de localizaciones utilizaron la privilegiada mirada cenital de sucesivos viajes en helicóptero para descubrir escenarios naturales como la imponente cordillera de los montes Remarkables, clonadas en las Montañas Nubladas, las espectaculares cataratas y glaciares en Earnslaw Burns, el soberbio valle Dart, próximo al lago Wakatipu, o la belleza de la estación Arcadia y Paradise Trust, parajes transformados en los alrededores de Bree y los Beorns.