martes, 13 de noviembre de 2012

Sangre para la vida y la muerte en Sumba

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Atardece en la pequeña aldea de Prainatang. Las casas de madera y tejados de paja se encuentran diseminados por una elevada colina. Desde ella se vislumbra un exuberante oasis, un verde valle que contrasta con la enorme sequedad del entorno. El poblado, uno de los más viejos de la isla indonesia de Sumba, se encuentra prácticamente deshabitado. Sus moradores emigraron a otras islas, a la ciudad o a pueblos cercanos mejor comunicados. Miwa, el viejo que hace las veces de guardián, su mujer y su hijo son sus únicos habitantes. Una de sus misiones es impedir que los pocos viajeros que visitan la zona se acerquen a la ‘casa sagrada’. “Los marapus (espíritus) se enojarían por la presencia de los forasteros y nos traerían todo tipo de desgracias” afirma con convicción y respeto. Las tumbas de piedra de sus antepasados se esparcen por todo Prainatang. La muerte es parte esencial en la vida de los sumbaneses que, a pesar de la presión cristiana e islamista, siguen profesando sus tradicionales creencias animistas.

La isla de Sumba es una de las más pobres de Indonesia y también una de las más olvidadas por el gobierno de Jakarta. Quizás por eso, sus habitantes se resisten a abandonar su ancestral, y muy peculiar, modo de vida. Rinden culto a los espíritus, sacrifican decenas de búfalos y caballos durante sus ceremonias funerarias, entierran a sus muertos en grandes tumbas de piedra y celebran sangrientos festivales en los que se debe verter sangre para garantizar la prosperidad de la isla.

Dos mundos en uno

Flotando’ en el límite norte del Océano Índico, Sumba está dividida en dos zonas que han evolucionado de forma muy diferente. El este ha sido mucho más permeable a la evangelización cristiana y a la globalización. El oeste sigue siendo el salvaje oeste; fiel a sus tradiciones y profundamente beligerante contra quienes han tratado y tratan de acabar con sus tradiciones.

Waingapu, la capital del este, es una ciudad tranquila en la que se puede realizar una toma de contacto sin sobresaltos con la realidad sumbanesa. Sus habitantes desconfían de sus vecinos del oeste a los que consideran poco más que unos bandidos. Sin embargo están unidos a ellos por una historia y unas tradiciones comunes. Sólo hay que darse una vuelta por los alrededores de Waingapu para comprobarlo. Algunos pueblos como Prailiu o Umabara aún conservan las tradicionales chozas sumbanesas con sus altísimos y puntiagudos tejados. Eso sí, las planchas de metal ya han acabado casi por completo con los hermosos, pero muy costosos y laboriosos, techos de paja.

Más interesante resulta, por tanto, detenerse a contemplar las grandes tumbas de piedra que se conservan en perfecto estado. En poblados como Rende o, la antes citada, Umabara, se pueden admirar grandes sepulcros megalíticos en los que abundan las figuras esculpidas de búfalos, cocodrilos, tortugas y caballos.

Tras haberse familiarizado con los enterramientos y la arquitectura tradicional, llega el momento de adentrarse en la Sumba más auténtica poniendo rumbo hacia el oeste.

Es un viaje muy peligroso. Hay que tener las ventanillas del coche subidas porque si ven que son extranjeros pueden intentar quitarles la cámara de fotos o robarles el dinero”. Es la advertencia de Alan, el conductor que, de cuando en cuando, traslada viajeros desde Waingapu a Waikabubak, la capital del ‘salvaje oeste’. Sus temores son más que exagerados pero dan fe de la rivalidad y la desconfianza existente entre las dos partes de la isla.

Sangre de vida y de muerte

Los habitantes de la zona occidental de Sumba son gente humilde que se comporta amigablemente con el visitante. Sin embargo sus sangrientas tradiciones y sus belicosas costumbres amedrentan a sus vecinos del este y a más de un turista extranjero.

La sociedad del oeste de la isla está organizada como antaño. La pertenencia a un clan es la base de todo y la rivalidad histórica con otros grupos hace que, en ocasiones, estalle la violencia. Hace ahora solo 15 años, una serie de protestas políticas y sociales degeneró en una enorme batalla entre dos tribus rivales que se cobró la vida de decenas de personas. Fue durante el llamado ‘jueves sangriento’, en el que más de 3.000 hombres armados con machetes, cuchillos y piedras pelearon en las calles de Waikabubak.

Incidentes tan graves no han vuelto a repetirse, pero recorriendo la zona y hablando con sus habitantes, uno es consciente de que está en un pequeño trozo del planeta en el que no rigen las leyes del ‘llamado’ mundo civilizado.

La mejor prueba de ello quizás sea la violencia que rodea su gran festival anual: la Pasola. Durante días, jinetes a caballo de pueblos rivales combaten ante una multitud enfervorecida. Sus lanzas, pese a no llevar ya puntas metálicas, provocan serias heridas y, en ocasiones, la muerte de algún contendiente. Verter sangre en la Pasola es un gran honor y sirve, además, para fertilizar la tierra y así garantizar la bonanza de las futuras cosechas. Para evitar que la pasión del público acabe degenerando en una batalla campal, la policía y el ejército se despliegan en los lugares en que se celebra.

Y si la sangre es símbolo de fertilidad y de vida, también es un elemento imprescindible para afrontar la muerte. Los sumbaneses, como otros pueblos de Indonesia, creen que el único camino para que el muerto halle la paz y, de paso, no atormente a los vivos, es brindarle un ostentoso funeral. La ceremonia puede durar varios días en los que hay que dar de comer y de beber a centenares de invitados. Pero además hay que disponer de los medios suficientes para sacrificar búfalos, cerdos, pollos y caballos. Cuantos más mejor.

Hay que tener mucho dinero para celebrar el funeral, por eso los muertos pueden permanecer sin ser enterrados hasta 10 ó 15 años” afirma Tering, un sumbanés de  45 años que se gana la vida haciendo de guía. “Antes se conservaba sus cuerpos con vendajes y productos naturales, hoy se les pone inyecciones de formol para tenerlos en casa el tiempo necesario hasta reunir el dinero para organizar el funeral”.

Tering aparenta más de 60 años y su piel parece sujetarse directamente sobre un esqueleto sin carne. Sin embargo conserva un extraordinario sentido del humor y parece revivir cuando acompaña a una ceremonia funeraria a alguno de los pocos turistas que le contratan.

Hoy hay funeral en Waitabar, una pequeña aldea tradicional situada en una colina junto a la ciudad de Waikabubak. Tering compra arroz, azúcar y tabaco para entregar a la familia del difunto como agradecimiento por poder asistir a la ceremonia. Al llegar al poblado, un centenar de hombres, mujeres y niños abarrotan el espacio central rodeado de chozas tradicionales de madera y paja.

El suelo está encharcado de sangre. Acaban de sacrificar diez búfalos y un caballo. Sus cuerpos yacen unos junto a otros. El sacrificio permitirá que el espíritu del difunto haga en paz el tránsito a la otra vida, desde la que seguirá velando por el bienestar de sus familiares y amigos. La sangre de los animales fertilizará la tierra y hará que produzca abundantes cosechas.

Un ejército de mujeres prepara comida para los invitados en gigantescos calderos. Los niños son los encargados de repartir los platos de arroz acompañado con carne de cerdo o de pollo. Los hombres se encargan de despedazar a los animales y de repartir su carne entre todos los asistentes.

Terminado el ritual, una pequeña comitiva saca el ataúd de la casa familiar y lo conduce colina abajo hasta su tumba. Se trata de un gran sepulcro de cemento que imita los tradicionales mausoleos de roca. Tering apunta que “ahora, gracias al magnífico funeral que se le ha brindado, su marapu comenzará una plácida existencia en la que velará por el bienestar de la aldea”.

Paisajes imposibles

Si deslumbrantes son sus costumbres, la belleza natural y artificial del oeste de Sumba es demoledora. Playas blancas con aguas turquesas, poblados que parecen sacados del pozo de la historia ubicados en lo alto de verdes colinas, tumbas megalíticas en acantilados junto al mar… Una sucesión de imágenes que quedan para siempre grabados en la retina del viajero.

El pequeño pueblo pesquero de Pero es uno de esos lugares idílicos. La desembocadura de un río junto a una hermosa playa de arena blanca ha formado uno de esos paisajes imposibles. Los niños se bañan en las aguas azules del mar, mientras sus padres aprovechan el estuario para fondear sus barcos a resguardo del variable océano.

Otras playas muestran una cara más violenta pero no menos hermosa. Morosi y Nihiwatu son dos grandes extensiones vírgenes de arena blanca en las que rompen con violencia las olas. No hay edificios a la vista y sólo unas pocas familias indonesias comparten estos kilómetros de playas con los escasísimos turistas  extranjeros que deciden alojarse en la zona.

Junto a esa costa salvaje se encuentra el que quizás sea el mejor pueblo tradicional de toda la isla. Las perfectamente conservadas casas de madera de Rattengaro se alzan en una privilegiada colina. Desde ella se puede ver, enfrente, un azulísimo Océano Índico; al Sur, la desembocadura de un río, detrás de la cual se elevan los tejados de paja de otro poblado.

El recorrido termina en el interior y nuevamente en lugares vinculados a la muerte. Tering muestra a los viajeros localidades como Gallubakul o Pasunga que atesoran algunas de las mejores tumbas megalíticas de la isla. La representación del rostro de alguno de los difuntos se mezcla con figuras de animales. El demacrado guía coloca tres cigarrillos sobre uno de los sepulcros, después se gira y con sencillez sumbanesa explica su acción: “este marapu es muy poderoso y conviene tenerlo contento”. Nosotros dejamos un paquete de tabaco entero… por si acaso.


Sumatra: las personas de la selva

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Selvas repletas de orangutanes, tigres, elefantes y rinocerontes. Lagos infinitos en los que desembocan caudalosos ríos de aguas cristalinas. Volcanes activos rodeados de vegetación. Poblados con grandes chozas comunales de madera y paja. Así era el paisaje de toda la isla indonesia de Sumatra hace menos de un siglo. Hoy, la incesante presión demográfica unida a una despiadada sobrexplotación de los recursos naturales, han acabado con la mayor parte de su fauna y de su flora. Un puñado de parques nacionales conservan una ración concentrada de lo que fue su exuberante pasado. La mejor muestra se encuentra en el norte de Sumatra, donde, en pocos días, se puede caminar por la jungla, visitar las casas de madera y paja de los batak, contemplar las fumarolas en el interior de un cráter y terminar descansando en la orilla del mayor lago del sureste asiático.

El último reducto del orangután

Wawang mira con preocupación cómo las plantaciones de palma siguen avanzando hacia ‘su selva’. Considera, no sin razón, que la jungla es suya, porque en ella nació, aprendió a caminar y le sirvió para ganarse la vida. Hace 5 años convenció a sus padres para reconvertir sus campos de cultivo, situados en una colina, en un pequeño alojamiento de cabañas de madera con vistas a la selva. El joven indonesio muestra a los recién llegados el mapa de Sumatra y se lamenta: “hace 50 años casi todo era jungla. Hoy apenas quedan tres manchas verdes de pequeño tamaño en este mapa”. Una de esas manchas es el lugar en el que nos encontramos: el Parque Nacional de Gunung Leuser, último reducto del orangután de Sumatra que antaño poblaba toda la isla. La selva ha retrocedido más de un 50%, sólo en los últimos 35 años, debido, en parte, a la expansión de la población y a la industria maderera. Sin embargo, la gran responsable de la deforestación es la brutal explotación del terreno para producir aceite de palma. Un ingrediente barato con el que se fabrican los, teóricamente ecológicos, biocombustibles y que también es utilizado por grandes multinacionales de la alimentación como sustituto de otros aceites de mayor calidad y precio.

Wawang, como muchos jóvenes nacidos en el pueblo selvático de Bukit Lawang, trabaja también de guía a los viajeros que hacen trekking por la jungla para intentar avistar orangutanes. El único gran simio que no vive en África se divide en dos subespecies: la que habita en varios parques naturales de Borneo; y el orangután de Sumatra, del que se calcula que quedan poco más de 4.000 ejemplares, todos ellos en el Parque Nacional de Gunung Leuser.

La caminata comienza al amanecer. La humedad hace que el calor se vuelva casi insoportable. Sin embargo, la salvaje belleza de la selva justifica el esfuerzo. En el Parque viven diversas especies de monos, mamíferos, aves y reptiles, además de las habituales hordas de insectos. Los primeros en aparecer hoy son un grupo de Gibones de manos blancas que se están atiborrando de frutos silvestres. Unos kilómetros más adelante, Wawang descubre un grupo de ‘punkey monkeys’, apodo por el que los lugareños conocen a los monos ‘Thomas Leaf’ debido a su llamativa cresta blanca. Las horas pasan, el calor se intensifica y no hay rastro de los deseados orangutanes.

Grupos de diversas especies de macacos saltan en los árboles. En los arroyos que cruzan la selva, es frecuente toparse con tortugas terrestres que trepan pacientemente entre las rocas. Grandes lagartos, de más de un metro de largo, toman el sol en los pocos claros que deja la frondosa selva. Al atardecer, Wawang ve algo entre la maleza. Pide silencio y finalmente afirma sonriente: “os presento a vuestra familia de la jungla”.

La hembra de orangután se encuentra de pie, apoyada en un árbol, vigilando a su cría que juguetea en las ramas de un árbol cercano. Esa actitud, unida a la forma en que mira fijamente a los ojos, te hacen sentir que estás ante un ser casi humano.

No es por tanto extraño que los nativos malayos e indonesios los bautizaran, hace siglos, con el nombre de ‘orang hutan’, que en su idioma quiere decir ‘persona de la selva’. “Pueden vivir cerca de 40 años, –comenta Wawang- pero uno de los problemas para su supervivencia es su escasa tasa de natalidad”. Y así es, las hembras tienen solo una cría a la que cuidarán, día y noche, durante más de 5 años. Normalmente, no darán a luz nuevamente hasta pasados 6 años desde su último parto. Es una especie muy frágil, lo que unido a la destrucción constante de su hábitat, puede provocar su total desaparición. Una extinción que ya es inminente en el caso del tigre y del rinoceronte de Sumatra, cuyos últimos y muy escasos especímenes se cree que aún habitan en lo más profundo del Parque Nacional.

Tras unas horas o unos días en compañía de los ‘primos de la selva’, Wawang conduce a los viajeros de regreso a sus cabañas. Antes de llegar, observan maravillados como un numeroso grupo de Thomas Leaf se alimenta en la plantación vecina. “Se han comido todo mi cacao” se lamenta una mujer que acaba de ver como se esfumaba una de sus escasas fuentes de ingresos. “Este es uno de los problemas –concluye Wawang- quienes no viven del turismo, que son la mayoría, ven la selva como un problema”. Un problema que podría paliarse si el dinero que los turistas se dejan en las entradas y los fondos que llegan desde terceros países y desde organizaciones conservacionistas se emplearan realmente en la protección del Parque y en el beneficio de la comunidad local. Sin embargo, nadie sabe dónde va a parar esa riqueza, aunque todos sospechan que termina en el bolsillo de algunos políticos corruptos.

Tierra de volcanes, lagos y tradiciones

Cerca de la frontera sur del Parque se concentran el resto de los atractivos naturales y humanos de Sumatra. La primera parada obligada es en una localidad rodeada de volcanes. Berastagi goza de un privilegiado clima fresco en el corazón de la sofocante Sumatra. Desde aquí se puede ascender a pie, y sin necesidad de realizar un gran esfuerzo, hasta el humeante cráter del volcán Sibayak. Con poco más de 2.000 metros, alberga un pequeño lago sulfuroso y espectaculares fumarolas. Mucho más dura y complicada es la ascensión hasta el vecino volcán Sinabuk, en cuyas laderas se han perdido e incluso han muerto algunos viajeros que se aventuraron a realizar el trekking sin la ayuda de un guía local.

De regreso a la base de los volcanes, se puede viajar al pasado de Sumatra. Hoy en la población de Lingga, se escucha la tradicional música de los Karo Batak pero acompañada de sonoros lamentos. Decenas de personas se reúnen en la casa común para despedir a uno de sus vecinos, fallecido el día anterior. Las mujeres visten el traje tradicional, mientras los familiares más directos, con voz quebrada, entonan canciones en homenaje al difunto. Lingga, pero sobre todo Dokan, son dos de los poblados cuyos habitantes mejor salvaguardan sus tradiciones. Junto a casas de cemento y techo metálico, aún hay familias que viven tal y como vivían sus antepasados hace varios siglos: en el interior de grandes chozas de madera, donde el humo del fuego permite conservar durante más tiempo el elaborado tejado de paja.

El trayecto finaliza en el gigantesco lago Toba. El mismo lugar en el que mueren la mayoría de los ríos de la zona. Algunos lo hacen de forma espectacular, como ocurre en su extremo norte donde la catarata de Sipiso Piso se derrumba desde 125 metros de altura. Otros, de forma más discreta pero no menos caudalosa permiten que el lago más grande del Sureste asiático alcance una profundidad de 450 metros. En sus riberas, junto a algunas localidades ruidosamente turísticas, se conservan los restos de la ancestral cultura Batak: las tumbas megalíticas de sus reyes, las sillas de piedra en que se dirimían sus conflictos y el lugar en que aquellos que habían incumplido la ley, eran ejecutados para después ser devorados. Era otra época, no hace tanto tiempo, en la que, según recordaba Wawang, todo el mapa de Sumatra estaba cubierto de una hermosa mancha verde.


La ruta de la Unesco por la República Checa

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La República Checa puede vanagloriarse con toda propiedad de ser un país de la Unesco, pues teniendo en cuenta su limitada extensión (78.866 kilómetros cuadrados, algo menor que Andalucía) posee una de las mayores proporciones de monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad en relación a ella. Por eso cuidan con esmero este patrimonio testigo de la historia, conservándolo con mimo y restaurando los monumentos que lo precisen, como recientemente ha sucedido con la Villa Tugendhat en Brno, reabierta esta pasada primavera tras dos años de experimentar una profunda restauración. Algo digno de reseñar teniendo en cuenta que fue la penúltima declaración de la Unesco en la República Checa. En concreto, en 2001, hace once años.

La Ruta de la Unesco representa la mejor forma de conocer las obras maestras, mundanas o sagradas, que han sobrevivido durante siglos en los antiguos reinos de Bohemia y Moravia, las dos regiones históricas que conforman la República Checa (la otra es Silesia, compartida con Polonia). Y nada mejor que empezar esta atractiva ruta precisamente por Ceský Krumlov, cuyo centro histórico obtuvo la primera declaración checa de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1992. La bella localidad de Bohemia meridional se halla a unos 180 kilómetros al sur de Praga (por cierto, también a orillas del río Moldava), aunque hay que calcular dos horas y 40 minutos en coche, pues no existe autovía.

La Perla de Bohemia.

Esta pintoresca ciudad medieval es conocida como La perla de Bohemia por su mezcla de arquitectura gótica, renacentista y barroca fielmente conservada, lo que propició que se la incluyera en la Lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Amén de excelsas joyas como la iglesia gótica de San Vito –levantada en el siglo XIV–, el edificio renacentista del Ayuntamiento o el jardín palaciego de estilo barroco, el encanto supremo de Ceský Krumlov reside en que parece un auténtico escenario de cuento de hadas, inalterado e inalterable, donde parece que se ha detenido el tiempo, aunque ya sea una preciada presa turística.

Situada en un sinuoso meandro del río Moldava, su máximo auge y esplendor lo tuvo durante la época de los señores de Rozmberk (1302-1611). El principal monumento de la ciudad es su colosal castillo, considerado el segundo más grande de la República Checa, solo superado por el de Praga. A este respecto se asegura que sus propietarios eran tan ricos que pudieron haber levantado uno de mayor tamaño, pero no quisieron molestar al rey y por eso se conformaron solo con construir el más ornamentado. Una buena prueba de ello es la torre multicolor del palacio, que ya se cuenta entre los iconos turísticos más famosos del país.

La fortaleza medieval fue posteriormente remodelada en un estilo renacentista por la familia Eggenberg, que construyó su maravilloso Teatro Barroco, uno de los cuatro únicos en el mundo que han conservado intactos su escenario y decorados originales (otros dos se hallan en Suecia y el cuarto al este de Bohemia, en el palacio de Litomysl). Otra visita ineludible es su célebre Sala de las Máscaras, decorada profusamente con pinturas en trampantojo de los personajes de la Comedia del Arte italiana.

Deambular por las calles peatonales del barrio de Latrán, situado a los pies del castillo, hasta la Puerta de Budejovice, el último vestigio de la muralla que antiguamente protegía la villa, es como retroceder en una máquina del tiempo. Cada mes de junio se celebra la Fiesta de la Rosa de Cinco Pétalos, en la que durante tres días la ciudad entera recrea la atmósfera típica de la época medieval, con juglares, músicos, teatro y mercaderes apoderándose de sus calles y plazas. Un auténtico retorno al pasado en pleno siglo XXI.

Obra cumbre de Mies Van Der Rohe.

Desde Ceský Krumlov hay que dirigirse a Brno (unos 200 kilómetros por carretera), la segunda ciudad más importante del país con sus 400.000 habitantes. La pléyade de estrellas de la Unesco en la República Checa incluye también una construcción de arquitectura moderna, llevada a cabo para una casa unifamiliar: la Villa Tugendhat. Reabierta el pasado mes de marzo tras dos años de restauración, se trata de una obra cumbre de la arquitectura funcionalista mundial y de la construcción europea más importante del alemán Ludwig Mies van der Rohe. Edificada entre 1929 y 1930 por encargo del matrimonio judío Tugendhat, todavía hoy, más de 80 años después, sigue resultando moderna. Fritz Tugendhat era un rico empresario textil que no reparó en gastos para construir una casa que constituye todo un dechado de anticipación tecnológica.

Una de las razones por las que se considera a la Villa Tugendhat un ejemplo de arquitectura adelantada a su tiempo es porque, por primera vez en la historia, se utilizó una estructura de soporte de pilares de acero de sección cruciforme para la construcción de una casa familiar. Para los interiores se emplearon materiales preciosos: mármol travertino de Tívoli (de la región italiana del Lazio) para el suelo y ónice de las montañas del Atlas de Marruecos para las paredes, un elemento que tiene la propiedad de intensificar su color bermejo según la luminosidad de la estancia a lo largo del día. Asimismo, las maderas preciosas como el ébano Makassar, el palisandro de la India y el zebrano de África atrapan la mirada del visitante ante tanta belleza atesorada en una misma residencia.

Mies van der Rohe diseñó y supervisó hasta el último detalle, como el picaporte de Groupius (escuela Bauhaus) de las impresionantes puertas interiores de la casa, todas de casi tres metros de altura. El arquitecto también amuebló las estancias de la villa, donde llaman la atención las sillas de diseño, como la famosa silla Brno de color rojo, cuyo modelo ha aparecido después en series de televisión como Colombo o la más reciente del doctor House.  

Entre sus mayores logros técnicos se cuentan también el sistema de aire acondicionado y los ventanales del salón de estar, que se pueden bajar automáticamente hasta el suelo, proyectados así para convertirlo en una extensión de la terraza con el buen tiempo. Desde la terraza superior se admira una bonita vista de Brno, con un panorama dominado por la catedral de San Pedro y San Pablo y el castillo de Spilberk. En el comedor, delimitado por una pared semicircular, se firmó la división de Checoslovaquia en los actuales dos Estados, República Checa y Eslovaquia, en agosto de 1992.

Recibimiento a toque de trompeta.

A menos de 70 kilómetros de la Villa Tugendhat, al este de la ciudad de Brno se halla otro lugar incluido en el año 1998 en la lista de Patrimonio Cultural y de Naturaleza de la Unesco: los jardines y el palacio de Kromeriz. Dicen que esta pequeña ciudad morava debe su inscripción a sus jardines, y en verdad son únicos. Pero el palacio barroco construido como residencia de verano para los obispos de Olomouc no se queda atrás. Es impresionante. Hasta el punto de que al visitante le asalta la pregunta de dónde provenía la riqueza de los obispos, aun a sabiendas de sus vastos territorios, pues no en vano el palacio era la sede principal de su organización feudal. La respuesta que lo explica es que ostentaban el derecho de acuñar monedas de oro y de plata, lo que les procuró pingües beneficios hasta que la emperatriz María Teresa de Austria lo derogó…

Los obispos de Olomouc recibían aquí a las más altas personalidades, como lo atestigua el Salón del Zar (con chimenea y altar), pero también al pueblo llano en el Salón del Trono… De esa época de boato ha quedado la tradición de recibir a los visitantes a toque de trompeta. Dos trompetistas empiezan a tocar una melodía que suena como la música para los fuegos artificiales del mismísimo Haendel justo cuando los turistas entran al Salón del Trono, una agradable sorpresa que bien merece una propina, máxime en un entorno donde se admiran los bellos frescos del techo.

Pero si algo impacta en la visita es la monumental sala rococó del palacio, la segunda más grande de toda la República Checa con sus 400 metros cuadrados, solo superada por la Sala Española del Castillo de Praga. Con sus 22 impresionantes lámparas, fue uno de los escenarios de Amadeus, del director checo Milos Forman, quien rodó aquí muchas de las secuencias palaciegas de la película. La riqueza de los obispos de Olomouc también se pone de manifiesto en la pinacoteca del propio palacio, especializada en pintura gótica y renacentista del siglo XV sobre temas bíblicos y mitológicos, con cuadros como Apolo y Marte, de Tiziano, y obras de otros grandes maestros como Cranach, Brueghel y Van Dyck.  

El mayor grupo escultórico barroco de Europa.

A tan solo 56 kilómetros de Kromeriz, Olomouc es el siguiente destino Patrimonio de la Humanidad de nuestra ruta, un descubrimiento en toda regla para el que no esté advertido de antemano de que la antigua capital de Moravia es la segunda reserva artística monumental del país, solo superada por Praga. Posiblemente, su casco histórico estaría también en la lista de la Unesco si no fuera porque su colosal Columna de la Santísima Trinidad es única en el mundo por ser el mayor grupo escultórico barroco de toda Europa. En este sentido, a Olomouc le sucede como a Brno con la Villa Tugendhat en cuanto a contar con un monumento que no tiene parangón. Levantada tras una terrible epidemia de peste, su altura alcanza los 32 metros, cuando lo normal en otras columnas marianas o de agradecimiento católico por el final de la peste, como las de Viena o Budapest, es que sea de 15 metros. No contento con doblar la altura de las columnas de las dos grandes capitales del imperio austro-húngaro, el arquitecto y tallista Václav Render se propuso aportar la máxima concentración de arte barroco –en este caso 50 estatuas de santos– en un solo conjunto de toda Europa central. Y a fe que lo consiguió, financiando la construcción e incluso legando toda su herencia para la finalización de la misma, pues cuando la columna fue consagrada en 1754, en presencia de la emperatriz María Teresa, hacía veinte años que había muerto. La columna incluye hasta una pequeña capilla en su interior como solución arquitectónica. El tiempo ha hecho justicia a tamaño atrevimiento y fue inscrita por la Unesco en el año 2000.

La columna se erige en la Plaza Alta junto al Ayuntamiento renacentista, en el que no hay que perderse su reloj astronómico, inaugurado en 1953 con motivos proletarios propiciados por el régimen comunista para compensar las 50 estatuas de santos católicos de la columna, tras haber sido destruido el original durante la Segunda Guerra Mundial. En la misma plaza se halla la moderna Fuente de Arión (2002), convertida en el nuevo símbolo de la ciudad.

El palacio de las maravillas.

La Ruta de la Unesco nos lleva de Olomouc a Litomysl, separadas tan solo 79 kilómetros por carretera, en el límite de Bohemia Oriental. De hecho, su privilegiado emplazamiento en la vía de comunicación entre Bohemia y Moravia la convirtió en un lugar de paso obligado en las rutas comerciales procedentes de Viena. La joya de este magnífico paradigma de ciudad checa de tamaño medio es su palacio renacentista, terminado a finales del siglo XVI por arquitectos italianos tras catorce años de obras. Integrado por un modélico patio con arcos, una de sus atracciones es que la superficie de su maravillosa fachada y de las artísticas chimeneas está recubierta de esgrafiados, dibujos raspados en los que ningún motivo figurativo se repite dos veces. Este gran ejemplo de residencia aristocrática fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en al año 1999.

Entre las aportaciones que se hicieron al palacio en el siglo XVIII se encuentra su Teatro Barroco, que se ha conservado de forma intacta con los bastidores originales de Platzer, levantados entre 1796 y 1797. En este coqueto teatro debutó al piano siendo un niño el que, con el tiempo, se convertiría en uno de los compositores checos por excelencia, Bedrich Smetana, que nació justo aquí en 1824, pues su padre era el cervecero de palacio.

La Plaza Smetana, que lleva el nombre del ilustre músico, constituye un ejemplo supremo de plaza porticada, una de las más grandes del país con sus 495 metros de longitud, presidida en su parte central por la antigua torre del municipio (1418) y en un extremo por la estatua del compositor de la célebre obra El Moldava, del ciclo Mi Patria. En su honor se celebra cada verano el Festival Litomysl de Smetana, que ofrece conciertos en el patio del palacio.

Toda la belleza del mundo.

A 172 kilómetros de Litomysl nos aguarda Praga, la meta final de nuestra ruta, cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Unesco en 1992, hace ahora veinte años. Sus admirativas definiciones, como La madre de todas las ciudades o la ya tópica de La ciudad de las cien torres, se quedan cortas ante uno de los cascos antiguos mejor conservados del continente y, por tanto, una de las capitales donde aún se respira el aire de la Vieja Europa. Esto lo aprovechó bien el director Milos Forman para el rodaje de Amadeus en sus callejuelas empedradas. Praga es un manual de arquitectura europea a través de los siglos, del gótico al barroco, que al atardecer se transforma aún más en un escenario de cuento de hadas. Quizás la definición más poética y certera de Praga se resuma en el título de un libro del gran poeta checo Jaroslav Seifert: Toda la belleza del mundo. En él, este Premio Nobel de Literatura llega hasta el fondo de su alma eterna.

La Plaza de la Ciudad Vieja atrapa para siempre al viajero, con su famoso reloj astronómico en la Torre del Ayuntamiento. La leyenda cuenta que el rey Wenceslao IV quedó tan prendado con el resultado que ordenó a los ediles dejar ciego al maestro relojero para que no pudiera construirse una copia del mismo. Y es que Praga se mira en el espejo de una ciudad detenida en el tiempo, en la que el célebre Puente de Carlos, con sus 16 arcos donde se suceden 30 grupos escultóricos que jalonan los pilares, oficia de pasarela mundana donde se dan cita los artistas bohemios, ya sean pintores, dibujantes, mimos o excelentes músicos de jazz.

Refugio de alquimistas.

En esa ciudad dentro de la ciudad que es el Castillo de Praga, en la colina Hradcany, se alza la catedral gótica de San Vito, que exteriormente sobresale por sus colosales contrafuertes y su campanario renacentista que alcanza los 96,50 metros de altura. También en la zona del castillo se encuentra el Callejón de Oro, que nos sume en un halo de misterio imaginando que en sus pintorescas casas, reabiertas el año pasado tras una exigente remodelación, laboraban sin descanso los alquimistas de Rodolfo II en pos del secreto que les permitiera convertir el plomo en oro. Eso sí, la fórmula mágica para enamorarse perdidamente de Praga es contemplar, con la puesta de sol, las mejores vistas panorámicas de la ciudad y sus puentes sobre el Moldava desde los miradores del barrio del Castillo. Realmente sublimes. Un Patrimonio de la Humanidad en sí mismas.

Kromeriz: el “Versalles checo”

Durante siglos el palacio de Kromeriz sirvió de residencia veraniega a los arzobispos de Olomouc. Amén de su magnífica biblioteca y de su impresionante pinacoteca, los cultivados arzobispos también procuraban seguir el precepto de mens sana in corpore sano, habida cuenta de los extensos y paradisiacos jardines que se hicieron construir para pasear y caminar. Así podían elegir entre el jardín del propio palacio, con una superficie de 60 hectáreas y concebido como parque paisajístico de estilo inglés, o el denominado Jardín de las Flores, de estilo barroco, que originariamente se extendía más allá de las murallas de la villa. El Jardín de las Flores se encuentra entre las obras maestras de jardinería más importantes de todo el mundo. Por un lado, todavía se asemeja a los jardines del Renacimiento tardío italiano, pero por otro las tendencias hacia el estilo barroco-clasicista francés de la época en la que fue diseñado (entre 1665-1675) lo convierten, junto al palacio arzobispal, en el Versalles checo. Es especialmente recomendable el paseo panorámico por la azotea de su espléndida columnata de 244 metros de largo para apreciar con mejor perspectiva la virguería de las figuras geométricas realizadas con flores, plantas y arbustos. Los laberintos, sus fuentes o la rotonda central, con el coqueto pabellón octogonal de estilo italiano, lo convierten, por añadidura, en un maravilloso conjunto protegido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. www.zamek-kromeriz.cz

Cerveza y música, el otro Patrimonio cultural

En Bohemia se dice que “si entra un gobierno que encarezca la cerveza, lo echamos”. No en vano, la ciudad de Plzen es la cuna de la cerveza rubia (denominada Pilsen por ello), un tesoro nacional. Y no será porque el pan líquido de los checos sea caro. Al revés. Se da la circunstancia de que en Brno, la capital de Moravia, una jarra de medio litro de cerveza (33 coronas checas, poco más de un euro) como las que siempre se toman por estos pagos casi es más barata que una botella de agua mineral (28 coronas) o un refresco (32 coronas). Así puede comprobarse en la cervecería Pegas, que fabrica sus propias cervezas de trigo, negra y dorada. Otro axioma extendido es aquel que dice: “¿Es checo? Entonces será músico”. Y no anda descaminado el dicho, pues los checos aman la música. El peso de compositores como Dvorak, Smetana, Janacek o Mahler (nacido en un pueblo de Moravia) ha dejado un gran poso. En Litomysl se celebra cada verano desde 1949 el Festival Internacional de Smetana, con conciertos al aire libre en el patio de su palacio renacentista, de excelente acústica. Y Olomouc es conocida como la Salzburgo morava, además de por sus arzobispos, por su rica tradición musical. No en vano, en 1767 un joven Mozart compuso aquí con solo 11 años su Sinfonía en fa mayor, llamada después Olomouc. Asimismo, Beethoven compuso su Missa solemnis (1883) para la catedral de San Wenceslao.


Armenia, entre montañas y monasterios

Cómo llegar

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Los armenios lo repiten constantemente, y con orgullo: fueron los primeros del planeta en adoptar el cristianismo como religión oficial. Más exactamente en el año 301, precisan doctamente (lo aprenden en la escuela). Y es que el cristianismo es la columna vertebral de su cultura. El eje de su identidad. Nada sorprendente, por tanto, si visitar Armenia es sumergirse en sus monumentos religiosos. Recorrer, esparcidos en medio de unas montañas grandiosas, sus solitarios monasterios: los de la Iglesia Apostólica Armenia, que se define a sí misma, también, como la iglesia nacional más antigua del mundo.

El primer contacto poco tiene que ver con estas referencias casi bíblicas; al desembarcar en su capital, el viajero tiene la sensación de volver a la época de esa URSS a la que Armenia perteneció de 1920 a 1991. Yereván, con sus plazas demasiado grandes y sus avenidas demasiado anchas y rectas, no seduce de buenas a primeras. Es cierto que su centro neurálgico, la Plaza de la República (Hanrapetutyan Hraparak es su nombre en armenio) tiene un discreto encanto. La desaparición de la estatua de Lenin que antaño la adornaba ha dejado su amplio centro vacío. Pero los edificios rosáceos y decorados de arcos que la circundan ofrecen una agradable armonía. Aquí están varios ministerios y un hotel de lujo.

De esta plaza o de sus alrededores salen todas las arterias importantes. Como la calle Abovyan, centro inevitable de la movida, con su sucesión de cafés, restaurantes y karaokes. O la elegante calle peatonal Hyusisayin: lugar de predilección de las tiendas chic, lleva a la plaza que circunda la horrible mole de cemento de la Ópera. Los habitantes de la capital han elegido este sitio francamente feo como su gran centro de reunión social: abundan aquí los kioscos de bebida, los cafés y los restaurantes al aire libre. Unos niños hacen virguerías con su skateboard mientras las madres de familia pasean con la prole. Y los fines de semana, es aquí donde se hacen la fotografía los visitantes llegados del interior del país.

El final de esta calle peatonal nos lleva a una Yereván a la vez monumental y patriotera. Pero primero hay que subir por la Kaskad: este nombre no alude a una refrescante fuente de agua sino a una interminable y masiva sucesión de escaleras cortada por plataformas boscosas donde se esconden las parejas de enamorados. En la base de la Kaskad, en un parque donde uno se sorprende al ver, entre varias estatuas, dos esculturas de Fernando Botero, pasean mujeres con el cochecito del bebé. En la cumbre reina un monumento al 50º aniversario de la Armenia soviética, con la pompa habitual del estilo estalinista.

De allí, se cruza el Hagtanak Park (Parque de la Victoria) para llegar a otro rincón marcial: una plaza llena de artilugios bélicos (unos tanques y lanzamisiles, un viejo avión militar...) está coronada por la enorme estatua de la Madre Armenia (22 metros de alto), que representa a una mujer que blande una espada. Uno casi olvidaría que el monumento inicial estaba dedicado a Stalin. Pero en 1962 una revuelta popular exigió echar abajo la estatua del dictador y Moscú, por una vez, cedió. En el interior del pedestal, un pequeño museo militar prolonga el ambiente patriótico: está dedicado a los muertos en la guerra que Armenia libró contra Azerbaiyán por el control del Nagorno Karabaj en los 90. Se suceden las fotos de los combatientes barbudos, así como los emblemas nacionales.

El vaticano armenio.

En otro cerro en la salida de la capital, otro monumento evoca más recuerdos bélicos. Es mucho menos pomposo, pero mucho más emocionante: es el Museo del Genocidio. Los armenios tienen todavía muy presente en su psique colectiva las matanzas de sus compatriotas (alrededor de un millón y medio de muertos, según Yereván) que ensangrentaron Turquía de 1915 a 1917, y que los gobiernos de Ankara, hasta ahora, se han negado a reconocer. El monumento al Genocidio, levantado en 1966 después de que un millón de armenios se manifestaran para exigir su construcción a las autoridades soviéticas, es sobrio: una estela de 44 metros y unas doce losas de basalto gris inclinadas en círculo en torno a una llama eterna. El interior del museo contiene testimonios sobrecogedores sobre la masacre: fotografías amarillentas, documentos oficiales, recortes de viejos periódicos, libros en varios idiomas; todo dibuja un panorama atroz de ejecuciones en masa, barrios armenios arrasados, deportaciones masivas… ¿Cómo olvidar la foto de estas mujeres muertas de hambre en una zona desértica, muchas con hijos a cuestas, peleándose para arrancar trozos de la carne de un caballo muerto?

Tras el horror del pasado, vuelta al presente y su mayor símbolo religioso: a unos 20 kilómetros de Yereván, Echmiadzín es la Meca de los armenios. Es un enorme complejo que incluye varias capillas y los edificios de un seminario, todo en torno a lo más venerado del lugar, la catedral. Construida entre los años 301 y 303, fue, según los armenios –aparentemente muy dados a estos récords–, la primera que se construyó en el mundo. Asistir a una misa cantada en su interior produce una sensación casi mística: entre las altas paredes esculpidas en la roca, las voces de barítono de los sacerdotes suben hacia el techo y responden como un eco a las del coro, mientras se arrodillan los fieles, varios de los cuales, vestidos de negro y con capucha, parecen nazarenos.

Dejamos atrás el Vaticano armenio para emprender viaje hacia el noreste, hacia el lago Seván, situado a unos 40 minutos de la capital y a unos 1.900 metros de altitud. Es el mayor del país, aunque en la época de Stalin unas obras faraónicas de irrigación y de hidroelectricidad provocaron un principio de desecación. En verano, los habitantes de la capital se precipitan hacia estas playas cercanas, compartiendo el espacio con los turistas rusos. Pero, apenas empieza el otoño, cambia la atmósfera: una capa de nubecillas cubre como algodón la superficie, que cerca un cinturón de nieve. La mejor vista se observa desde Sevanavank, el pequeño monasterio de Seván que fue fundado en el siglo XIX como un lugar de retiro en lo que era entonces una isla.

Seguimos hacia el norte para llegar a Diliján. Su apodo de pequeña Suiza, algo excesivo, se debe más al entorno alpino que a la ciudad en sí, con poco brillo: lo que sus habitantes llaman su centro histórico se limita a una sola calle de casas de madera con pórticos. Pero lo que justifica el viaje son los dos monasterios cercanos, Hagartsin y Goshavank, ambos del siglo XII. Comparten las características de la mayoría de los cenobios armenios: un complejo de varias capillas agrupadas en torno a la iglesia principal. En el interior, las paredes son desnudas, directamente excavadas en la roca. La sencillez de la arquitectura (“una decoración excesiva distrae de la oración”, asegura un sacerdote) refuerza la sensación de una iglesia humilde, recogida, casi primitiva.

Un bosque de columnas y arcos.

Se descubre Hagartsin al final de un camino nevado que serpentea por un bosque tupido. El aislamiento, la soledad y el silencio sepulcral contribuyen a provocar una extraña sensación de irrealidad. La misma que provoca Goshavank, desde donde la vista abarca una sucesión de picos nevados resplandecientes. Este es el mejor lugar para observar una de las cumbres de la arquitectura religiosa armenia: los kashkars, unas estelas de piedra tallada con una cruz en el centro cercada de imágenes geométricas. Los de Goshavank resultan famosos por la delicadeza y el detalle de sus figuras.

Desde Diliján la carretera sigue hacia el este hasta Ijeván, una de las ciudades más aisladas de todo el país, cerca ya de la (herméticamente cerrada) frontera con Azerbaiyán. Más aislado y recóndito todavía está el cercano monasterio de Makaravank, en la cumbre de un cerro, al que se llega por una interminable y peligrosa pista que la nieve ya cubre por completo en este inicio de otoño. Parece el lugar ideal para un retiro lejos del mundanal ruido. El complejo es llamativo por las esculturas de sus muros exteriores, que incluyen flores y animales: peces, águilas (símbolos de libertad) y leones (símbolos de fuerza). En la entrada a la iglesia, el suelo está alfombrado de tumbas: según una curiosa tradición, pisarlas ayuda a redimirse de los pecados.

De Ijeván hay que dar marcha atrás antes de seguir hacia el norte y llegar a Alaverdy. Una ciudad fea, cubierta del polvo que emana de sus minas de cobre, pero que constituye la puerta de entrada a dos de los más espectaculares monasterios de Armenia, ambos parte del Patrimonio Mundial de la Unesco: los de Sanahin y Haghpat. El encanto empieza con el emplazamiento: ambos, aunque en direcciones opuestas, se encuentran al final de una pista que recorre un profundo y espectacular cañón. Fundado en el siglo X, Sanahin es un enorme complejo donde destacan, al llegar, los espectaculares campanarios. Igual de llamativa, una sala está ocupada por un denso bosque de columnas y arcos. La galería de una antigua escuela teológica subsiste entre las dos iglesias principales, recuerdo de una época en la que el monasterio era un gran centro intelectual.

Sanahin significa “anterior a”: es una alusión al cercano monasterio de Haghpat, ya que, según la leyenda, el arquitecto del primero era el padre del que construyó el segundo. Haghpat ofrece un entorno espectacular, ya que está construido sobre un promontorio en medio de un circo de picos nevados. Es uno de los mayores complejos eclesiásticos del país, y todo en él parece llamativo: desde el grosor de sus muros hasta la finura de sus kashkars, desde la belleza de sus salas abovedadas hasta los bajorrelieves de sus exteriores. Pero, a pesar de la magnificencia de su arquitectura, Sanahin y Haghpat logran transmitir la sensación de humildad y de recogimiento que caracteriza a todo monasterio armenio. Tras este periplo por el norte, una breve estancia en Yereván permite recomponer fuerzas antes de emprender el camino hacia el este. Empieza, también, por un monasterio: el de Khor Virap. Es un sitio fundamental para la cultura nacional. Primero por su cercanía a uno de los lugares más emblemáticos para los armenios, que ven en él el símbolo de los territorios perdidos: el monte Ararat. Las panorámicas a los dos picos que lo componen, desde aquí, resultan sobrecogedoras. Parecen casi al alcance de la mano, y uno casi se olvidaría que nos separa de ellos la (también herméticamente cerrada) frontera turca, con sus tres líneas defensivas.

La importancia de Khor Virap tiene también otro fundamento: es la cuna del cristianismo armenio. Aquí estuvo encerrado en una fosa durante trece años Grigor Lusarovich, Gregorio El Iluminador –se dice que sobrevivió solo de la comida que le tiraba una viuda de la vecindad–. Cristiano ferviente, recibió este duro castigo por parte del rey Tiridates III, cuyo padre había sido asesinado por el progenitor de Gregorio. Según la leyenda, el rey enfermó, y su hermana tuvo un sueño en el que aparecía Grigor como el único capaz de curarle. Lo logró y evangelizó al rey, quien declaró el cristianismo como la religión oficial.

Siguiendo hacia el este, uno se encuentra, cómo no, con otro monasterio, el de Naravank. Está en un emplazamiento excepcional, encima de un profundo cañón y en medio de unas rocas salvajes, desnudas, como despedazadas. En este sitio se encuentra enterrado uno de los más famosos escultores medievales armenios, Momik, que dejó aquí a título de legado, expuestos como en un museo al aire libre, algunos de los más finos kashkars del país. La zona tiene otro atractivo mucho menos espiritual: es un gran centro de producción vitícola, y el viajero puede probar sus vinos en unos quioscos esparcidos al lado de la carretera.

El camino sigue hacia el este y costea a la derecha, hacia la frontera con Turquía, una cordillera nevada de una belleza sobrecogedora, de un blanco refulgente que contrasta con las nervaduras sombreadas de las montañas. El tráfico se hace más escaso y se compone ahora principalmente de camiones iraníes (la frontera no está demasiado lejos), que atestiguan la intensidad de los intercambios comerciales entre ambos países. Curiosamente, la Armenia baluarte del cristianismo y el Irán de los ayatolás tienen unas excelentes relaciones: cada uno permite al otro romper su relativo aislamiento regional. Y muchas familias de clase media de Teherán que quieren escapar de la chapa sofocante del integrismo eligen la cercana Armenia como destino turístico.

La carretera sigue ascendiendo y serpenteando hasta llegar al temible puerto de Vorotán, a 2.340 metros de altitud. Muchas veces está cubierto por un manto de nieve y bruma, y las autoridades tienen que despejarlo continuamente durante una gran parte del año. La bajada nos lleva al desvío hacia otro monasterio, el de Tatev, del siglo IX. La carretera que llega hacia él es tan vertiginosa y peligrosa que se construyó una línea de teleférico (¡que da una sensación tan vertiginosa como el recorrido por tierra!) de 5,7 kilómetros (otro récord mundial, según los armenios). Inaugurada en octubre de 2010, permite llegar todo el año a este sitio digno de un ermitaño. El esfuerzo merece la pena: este complejo fortificado (está en una zona fronteriza otrora muy disputada) encierra una iglesia majestuosa y una curiosa capilla en miniatura cincelada, que es un prodigio de fineza.

La cumbre del tesoro.

Siguiendo hacia el este se llega a una frontera… que no lo es: la del Nagorno Karabaj (NK). Esta zona motivó en los años 1990, tras el desmembramiento de la URSS, una cruenta guerra entre Armenia y Azerbaiyán (aunque su población era en gran mayoría armenia, Stalin la había incorporado a la república soviética de Azerbaiyán en los años 1920). El gobierno de Yereván, que la controla hoy totalmente, ha abierto a los visitantes la puerta de este territorio, donde reina la calma desde el alto el fuego de 1994, lo que es de agradecer. En el NK, y especialmente en su parte occidental, la montaña es, si cabe, todavía más salvaje, más deslumbrante, más sobrecogedora (y las carreteras más sinuosas) que en el resto de Armenia.

Se llega así, a 330 kilómetros de Yereván, a Stepanakert, la ciudad donde reside la presidencia de este Estado teóricamente independiente, pero al que solo reconoce el gobierno armenio. Parece más una apacible ciudad de provincia que una gran capital. Tiene, es cierto, sus edificios gubernamentales que copan el centro: el Palacio de la Presidencia, los ministerios, el Parlamento (con una curiosa cúpula que parece un andamiaje)... Pero todo parece como demasiado nuevo, demasiado artificial, apenas estrenado: una especie de Disneylandia oficial. La ciudad, además, rebosa de recuerdos de la reciente contienda, y los visitantes en busca de museos podrán elegir entre el dedicado a los Soldados Desaparecidos y el de los Soldados Caídos.

Fuera de la zona céntrica, Stepanakert se asemeja a una pequeña ciudad de la era soviética, a lo que ayuda el bilingüismo de sus inscripciones, donde coexisten caracteres armenios y cirílicos. Es probablemente la ciudad más rusófila de una nación que ya lo es bastante en su conjunto. Y es que, para los armenios, Moscú aparece como el mejor baluarte frente a lo que ellos perciben como la amenaza musulmana, especialmente sensible en un lugar como el NK. A unos 40 kilómetros al norte de Stepanakert, al final de un camino empinado, se encuentra el monasterio más sagrado del NK: el de Gandzasar (“cumbre del tesoro”, en armenio), construido en el siglo XIII. A menudo parece perdido entre la nieve y una niebla espesa como algodón, lo que le da un aspecto fantasmagórico. En la base de la cúpula de la iglesia principal, unos bajorrelieves de una gran delicadeza representan a Adán y Eva, mientras en las paredes de sus dos salas, con una dimensión digna de una basílica, se pueden todavía leer unas viejas inscripciones en armenio antiguo. La iglesia principal, según los armenios, alberga restos de San Juan Bautista y de su padre, San Zacarías.

Castillos y hoteles de lujo.

Al pie del cerro donde está encaramado Gandzasar, Vank no dejaría de ser uno de estos minúsculos pueblos perdidos en medio de la montaña si no tuviera algo insólito en este sitio de fin del mundo: dos hoteles de semilujo, uno construido en forma de barco y con un restaurante decorado con columnas de tipo griego, regentado por un chef traído de China. La explicación tiene nombre propio: el de Levon Hayrapetyan, un importante hombre de negocios que nació en este lugar perdido y vive hoy en Moscú. Dedicó parte de su enorme fortuna a ayudar a su pueblo de origen, donde construyó una escuela y una guardería, aparte de asfaltar la carretera que lleva a Stepanakert. Uno de los muros del hotel está hecho de centenares de matrículas a modo de ladrillos: según los lugareños, pertenecían a los coches de los azeríes que huyeron a Azerbaiyán durante la guerra.

La última etapa del viaje lleva hacia el noreste, hacia la frontera con Azerbaiyán, hoy tranquila aunque se pueden ver todavía las huellas de los combates recientes en los pueblos en ruina que se suceden. Se llega así a Mayraberd, que también tiene sus ruinas, aunque mucho más antiguas: las de una alta muralla en la falda de un cerro, construida durante la dominación persa y que trepa hasta un castillo medieval. Unos kilómetros más adelante aparece otro castillo en perfecto estado que nada tendría que envidiar a los de Coca o Chinchón: es el de Tigranakert. Pero su buena conservación no tiene misterio: fue construido en la época soviética por una rica familia azerí. Lo más interesante, de hecho, está en el cerro que domina el castillo: allí, desde 2005 prosiguen las excavaciones de una ciudad de estilo helenístico que data del siglo I a.C. El guardián del castillo está encantado de acompañar a los contados visitantes. Y acaba invitando al viajero a brindar en su cocina, acompañado de un amigo oficial del Ejército del Aire, por la amistad entre España y Nagorno Karabaj. Difícilmente se puede imaginar mejor colofón para esta visita a un pueblo que sabe practicar con talento el arte de la hospitalidad.


lunes, 12 de noviembre de 2012

La ruta de la Unesco por la República Checa

Cómo llegar

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La República Checa puede vanagloriarse con toda propiedad de ser un país de la Unesco, pues teniendo en cuenta su limitada extensión (78.866 kilómetros cuadrados, algo menor que Andalucía) posee una de las mayores proporciones de monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad en relación a ella. Por eso cuidan con esmero este patrimonio testigo de la historia, conservándolo con mimo y restaurando los monumentos que lo precisen, como recientemente ha sucedido con la Villa Tugendhat en Brno, reabierta esta pasada primavera tras dos años de experimentar una profunda restauración. Algo digno de reseñar teniendo en cuenta que fue la penúltima declaración de la Unesco en la República Checa. En concreto, en 2001, hace once años.

La Ruta de la Unesco representa la mejor forma de conocer las obras maestras, mundanas o sagradas, que han sobrevivido durante siglos en los antiguos reinos de Bohemia y Moravia, las dos regiones históricas que conforman la República Checa (la otra es Silesia, compartida con Polonia). Y nada mejor que empezar esta atractiva ruta precisamente por Ceský Krumlov, cuyo centro histórico obtuvo la primera declaración checa de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1992. La bella localidad de Bohemia meridional se halla a unos 180 kilómetros al sur de Praga (por cierto, también a orillas del río Moldava), aunque hay que calcular dos horas y 40 minutos en coche, pues no existe autovía.

La Perla de Bohemia.

Esta pintoresca ciudad medieval es conocida como La perla de Bohemia por su mezcla de arquitectura gótica, renacentista y barroca fielmente conservada, lo que propició que se la incluyera en la Lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Amén de excelsas joyas como la iglesia gótica de San Vito –levantada en el siglo XIV–, el edificio renacentista del Ayuntamiento o el jardín palaciego de estilo barroco, el encanto supremo de Ceský Krumlov reside en que parece un auténtico escenario de cuento de hadas, inalterado e inalterable, donde parece que se ha detenido el tiempo, aunque ya sea una preciada presa turística.

Situada en un sinuoso meandro del río Moldava, su máximo auge y esplendor lo tuvo durante la época de los señores de Rozmberk (1302-1611). El principal monumento de la ciudad es su colosal castillo, considerado el segundo más grande de la República Checa, solo superado por el de Praga. A este respecto se asegura que sus propietarios eran tan ricos que pudieron haber levantado uno de mayor tamaño, pero no quisieron molestar al rey y por eso se conformaron solo con construir el más ornamentado. Una buena prueba de ello es la torre multicolor del palacio, que ya se cuenta entre los iconos turísticos más famosos del país.

La fortaleza medieval fue posteriormente remodelada en un estilo renacentista por la familia Eggenberg, que construyó su maravilloso Teatro Barroco, uno de los cuatro únicos en el mundo que han conservado intactos su escenario y decorados originales (otros dos se hallan en Suecia y el cuarto al este de Bohemia, en el palacio de Litomysl). Otra visita ineludible es su célebre Sala de las Máscaras, decorada profusamente con pinturas en trampantojo de los personajes de la Comedia del Arte italiana.

Deambular por las calles peatonales del barrio de Latrán, situado a los pies del castillo, hasta la Puerta de Budejovice, el último vestigio de la muralla que antiguamente protegía la villa, es como retroceder en una máquina del tiempo. Cada mes de junio se celebra la Fiesta de la Rosa de Cinco Pétalos, en la que durante tres días la ciudad entera recrea la atmósfera típica de la época medieval, con juglares, músicos, teatro y mercaderes apoderándose de sus calles y plazas. Un auténtico retorno al pasado en pleno siglo XXI.

Obra cumbre de Mies Van Der Rohe.

Desde Ceský Krumlov hay que dirigirse a Brno (unos 200 kilómetros por carretera), la segunda ciudad más importante del país con sus 400.000 habitantes. La pléyade de estrellas de la Unesco en la República Checa incluye también una construcción de arquitectura moderna, llevada a cabo para una casa unifamiliar: la Villa Tugendhat. Reabierta el pasado mes de marzo tras dos años de restauración, se trata de una obra cumbre de la arquitectura funcionalista mundial y de la construcción europea más importante del alemán Ludwig Mies van der Rohe. Edificada entre 1929 y 1930 por encargo del matrimonio judío Tugendhat, todavía hoy, más de 80 años después, sigue resultando moderna. Fritz Tugendhat era un rico empresario textil que no reparó en gastos para construir una casa que constituye todo un dechado de anticipación tecnológica.

Una de las razones por las que se considera a la Villa Tugendhat un ejemplo de arquitectura adelantada a su tiempo es porque, por primera vez en la historia, se utilizó una estructura de soporte de pilares de acero de sección cruciforme para la construcción de una casa familiar. Para los interiores se emplearon materiales preciosos: mármol travertino de Tívoli (de la región italiana del Lazio) para el suelo y ónice de las montañas del Atlas de Marruecos para las paredes, un elemento que tiene la propiedad de intensificar su color bermejo según la luminosidad de la estancia a lo largo del día. Asimismo, las maderas preciosas como el ébano Makassar, el palisandro de la India y el zebrano de África atrapan la mirada del visitante ante tanta belleza atesorada en una misma residencia.

Mies van der Rohe diseñó y supervisó hasta el último detalle, como el picaporte de Groupius (escuela Bauhaus) de las impresionantes puertas interiores de la casa, todas de casi tres metros de altura. El arquitecto también amuebló las estancias de la villa, donde llaman la atención las sillas de diseño, como la famosa silla Brno de color rojo, cuyo modelo ha aparecido después en series de televisión como Colombo o la más reciente del doctor House.  

Entre sus mayores logros técnicos se cuentan también el sistema de aire acondicionado y los ventanales del salón de estar, que se pueden bajar automáticamente hasta el suelo, proyectados así para convertirlo en una extensión de la terraza con el buen tiempo. Desde la terraza superior se admira una bonita vista de Brno, con un panorama dominado por la catedral de San Pedro y San Pablo y el castillo de Spilberk. En el comedor, delimitado por una pared semicircular, se firmó la división de Checoslovaquia en los actuales dos Estados, República Checa y Eslovaquia, en agosto de 1992.

Recibimiento a toque de trompeta.

A menos de 70 kilómetros de la Villa Tugendhat, al este de la ciudad de Brno se halla otro lugar incluido en el año 1998 en la lista de Patrimonio Cultural y de Naturaleza de la Unesco: los jardines y el palacio de Kromeriz. Dicen que esta pequeña ciudad morava debe su inscripción a sus jardines, y en verdad son únicos. Pero el palacio barroco construido como residencia de verano para los obispos de Olomouc no se queda atrás. Es impresionante. Hasta el punto de que al visitante le asalta la pregunta de dónde provenía la riqueza de los obispos, aun a sabiendas de sus vastos territorios, pues no en vano el palacio era la sede principal de su organización feudal. La respuesta que lo explica es que ostentaban el derecho de acuñar monedas de oro y de plata, lo que les procuró pingües beneficios hasta que la emperatriz María Teresa de Austria lo derogó…

Los obispos de Olomouc recibían aquí a las más altas personalidades, como lo atestigua el Salón del Zar (con chimenea y altar), pero también al pueblo llano en el Salón del Trono… De esa época de boato ha quedado la tradición de recibir a los visitantes a toque de trompeta. Dos trompetistas empiezan a tocar una melodía que suena como la música para los fuegos artificiales del mismísimo Haendel justo cuando los turistas entran al Salón del Trono, una agradable sorpresa que bien merece una propina, máxime en un entorno donde se admiran los bellos frescos del techo.

Pero si algo impacta en la visita es la monumental sala rococó del palacio, la segunda más grande de toda la República Checa con sus 400 metros cuadrados, solo superada por la Sala Española del Castillo de Praga. Con sus 22 impresionantes lámparas, fue uno de los escenarios de Amadeus, del director checo Milos Forman, quien rodó aquí muchas de las secuencias palaciegas de la película. La riqueza de los obispos de Olomouc también se pone de manifiesto en la pinacoteca del propio palacio, especializada en pintura gótica y renacentista del siglo XV sobre temas bíblicos y mitológicos, con cuadros como Apolo y Marte, de Tiziano, y obras de otros grandes maestros como Cranach, Brueghel y Van Dyck.  

El mayor grupo escultórico barroco de Europa.

A tan solo 56 kilómetros de Kromeriz, Olomouc es el siguiente destino Patrimonio de la Humanidad de nuestra ruta, un descubrimiento en toda regla para el que no esté advertido de antemano de que la antigua capital de Moravia es la segunda reserva artística monumental del país, solo superada por Praga. Posiblemente, su casco histórico estaría también en la lista de la Unesco si no fuera porque su colosal Columna de la Santísima Trinidad es única en el mundo por ser el mayor grupo escultórico barroco de toda Europa. En este sentido, a Olomouc le sucede como a Brno con la Villa Tugendhat en cuanto a contar con un monumento que no tiene parangón. Levantada tras una terrible epidemia de peste, su altura alcanza los 32 metros, cuando lo normal en otras columnas marianas o de agradecimiento católico por el final de la peste, como las de Viena o Budapest, es que sea de 15 metros. No contento con doblar la altura de las columnas de las dos grandes capitales del imperio austro-húngaro, el arquitecto y tallista Václav Render se propuso aportar la máxima concentración de arte barroco –en este caso 50 estatuas de santos– en un solo conjunto de toda Europa central. Y a fe que lo consiguió, financiando la construcción e incluso legando toda su herencia para la finalización de la misma, pues cuando la columna fue consagrada en 1754, en presencia de la emperatriz María Teresa, hacía veinte años que había muerto. La columna incluye hasta una pequeña capilla en su interior como solución arquitectónica. El tiempo ha hecho justicia a tamaño atrevimiento y fue inscrita por la Unesco en el año 2000.

La columna se erige en la Plaza Alta junto al Ayuntamiento renacentista, en el que no hay que perderse su reloj astronómico, inaugurado en 1953 con motivos proletarios propiciados por el régimen comunista para compensar las 50 estatuas de santos católicos de la columna, tras haber sido destruido el original durante la Segunda Guerra Mundial. En la misma plaza se halla la moderna Fuente de Arión (2002), convertida en el nuevo símbolo de la ciudad.

El palacio de las maravillas.

La Ruta de la Unesco nos lleva de Olomouc a Litomysl, separadas tan solo 79 kilómetros por carretera, en el límite de Bohemia Oriental. De hecho, su privilegiado emplazamiento en la vía de comunicación entre Bohemia y Moravia la convirtió en un lugar de paso obligado en las rutas comerciales procedentes de Viena. La joya de este magnífico paradigma de ciudad checa de tamaño medio es su palacio renacentista, terminado a finales del siglo XVI por arquitectos italianos tras catorce años de obras. Integrado por un modélico patio con arcos, una de sus atracciones es que la superficie de su maravillosa fachada y de las artísticas chimeneas está recubierta de esgrafiados, dibujos raspados en los que ningún motivo figurativo se repite dos veces. Este gran ejemplo de residencia aristocrática fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en al año 1999.

Entre las aportaciones que se hicieron al palacio en el siglo XVIII se encuentra su Teatro Barroco, que se ha conservado de forma intacta con los bastidores originales de Platzer, levantados entre 1796 y 1797. En este coqueto teatro debutó al piano siendo un niño el que, con el tiempo, se convertiría en uno de los compositores checos por excelencia, Bedrich Smetana, que nació justo aquí en 1824, pues su padre era el cervecero de palacio.

La Plaza Smetana, que lleva el nombre del ilustre músico, constituye un ejemplo supremo de plaza porticada, una de las más grandes del país con sus 495 metros de longitud, presidida en su parte central por la antigua torre del municipio (1418) y en un extremo por la estatua del compositor de la célebre obra El Moldava, del ciclo Mi Patria. En su honor se celebra cada verano el Festival Litomysl de Smetana, que ofrece conciertos en el patio del palacio.

Toda la belleza del mundo.

A 172 kilómetros de Litomysl nos aguarda Praga, la meta final de nuestra ruta, cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Unesco en 1992, hace ahora veinte años. Sus admirativas definiciones, como La madre de todas las ciudades o la ya tópica de La ciudad de las cien torres, se quedan cortas ante uno de los cascos antiguos mejor conservados del continente y, por tanto, una de las capitales donde aún se respira el aire de la Vieja Europa. Esto lo aprovechó bien el director Milos Forman para el rodaje de Amadeus en sus callejuelas empedradas. Praga es un manual de arquitectura europea a través de los siglos, del gótico al barroco, que al atardecer se transforma aún más en un escenario de cuento de hadas. Quizás la definición más poética y certera de Praga se resuma en el título de un libro del gran poeta checo Jaroslav Seifert: Toda la belleza del mundo. En él, este Premio Nobel de Literatura llega hasta el fondo de su alma eterna.

La Plaza de la Ciudad Vieja atrapa para siempre al viajero, con su famoso reloj astronómico en la Torre del Ayuntamiento. La leyenda cuenta que el rey Wenceslao IV quedó tan prendado con el resultado que ordenó a los ediles dejar ciego al maestro relojero para que no pudiera construirse una copia del mismo. Y es que Praga se mira en el espejo de una ciudad detenida en el tiempo, en la que el célebre Puente de Carlos, con sus 16 arcos donde se suceden 30 grupos escultóricos que jalonan los pilares, oficia de pasarela mundana donde se dan cita los artistas bohemios, ya sean pintores, dibujantes, mimos o excelentes músicos de jazz.

Refugio de alquimistas.

En esa ciudad dentro de la ciudad que es el Castillo de Praga, en la colina Hradcany, se alza la catedral gótica de San Vito, que exteriormente sobresale por sus colosales contrafuertes y su campanario renacentista que alcanza los 96,50 metros de altura. También en la zona del castillo se encuentra el Callejón de Oro, que nos sume en un halo de misterio imaginando que en sus pintorescas casas, reabiertas el año pasado tras una exigente remodelación, laboraban sin descanso los alquimistas de Rodolfo II en pos del secreto que les permitiera convertir el plomo en oro. Eso sí, la fórmula mágica para enamorarse perdidamente de Praga es contemplar, con la puesta de sol, las mejores vistas panorámicas de la ciudad y sus puentes sobre el Moldava desde los miradores del barrio del Castillo. Realmente sublimes. Un Patrimonio de la Humanidad en sí mismas.

Kromeriz: el “Versalles checo”

Durante siglos el palacio de Kromeriz sirvió de residencia veraniega a los arzobispos de Olomouc. Amén de su magnífica biblioteca y de su impresionante pinacoteca, los cultivados arzobispos también procuraban seguir el precepto de mens sana in corpore sano, habida cuenta de los extensos y paradisiacos jardines que se hicieron construir para pasear y caminar. Así podían elegir entre el jardín del propio palacio, con una superficie de 60 hectáreas y concebido como parque paisajístico de estilo inglés, o el denominado Jardín de las Flores, de estilo barroco, que originariamente se extendía más allá de las murallas de la villa. El Jardín de las Flores se encuentra entre las obras maestras de jardinería más importantes de todo el mundo. Por un lado, todavía se asemeja a los jardines del Renacimiento tardío italiano, pero por otro las tendencias hacia el estilo barroco-clasicista francés de la época en la que fue diseñado (entre 1665-1675) lo convierten, junto al palacio arzobispal, en el Versalles checo. Es especialmente recomendable el paseo panorámico por la azotea de su espléndida columnata de 244 metros de largo para apreciar con mejor perspectiva la virguería de las figuras geométricas realizadas con flores, plantas y arbustos. Los laberintos, sus fuentes o la rotonda central, con el coqueto pabellón octogonal de estilo italiano, lo convierten, por añadidura, en un maravilloso conjunto protegido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. www.zamek-kromeriz.cz

Cerveza y música, el otro Patrimonio cultural

En Bohemia se dice que “si entra un gobierno que encarezca la cerveza, lo echamos”. No en vano, la ciudad de Plzen es la cuna de la cerveza rubia (denominada Pilsen por ello), un tesoro nacional. Y no será porque el pan líquido de los checos sea caro. Al revés. Se da la circunstancia de que en Brno, la capital de Moravia, una jarra de medio litro de cerveza (33 coronas checas, poco más de un euro) como las que siempre se toman por estos pagos casi es más barata que una botella de agua mineral (28 coronas) o un refresco (32 coronas). Así puede comprobarse en la cervecería Pegas, que fabrica sus propias cervezas de trigo, negra y dorada. Otro axioma extendido es aquel que dice: “¿Es checo? Entonces será músico”. Y no anda descaminado el dicho, pues los checos aman la música. El peso de compositores como Dvorak, Smetana, Janacek o Mahler (nacido en un pueblo de Moravia) ha dejado un gran poso. En Litomysl se celebra cada verano desde 1949 el Festival Internacional de Smetana, con conciertos al aire libre en el patio de su palacio renacentista, de excelente acústica. Y Olomouc es conocida como la Salzburgo morava, además de por sus arzobispos, por su rica tradición musical. No en vano, en 1767 un joven Mozart compuso aquí con solo 11 años su Sinfonía en fa mayor, llamada después Olomouc. Asimismo, Beethoven compuso su Missa solemnis (1883) para la catedral de San Wenceslao.