lunes, 5 de noviembre de 2012

Sangre para la vida y la muerte en Sumba

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Atardece en la pequeña aldea de Prainatang. Las casas de madera y tejados de paja se encuentran diseminados por una elevada colina. Desde ella se vislumbra un exuberante oasis, un verde valle que contrasta con la enorme sequedad del entorno. El poblado, uno de los más viejos de la isla indonesia de Sumba, se encuentra prácticamente deshabitado. Sus moradores emigraron a otras islas, a la ciudad o a pueblos cercanos mejor comunicados. Miwa, el viejo que hace las veces de guardián, su mujer y su hijo son sus únicos habitantes. Una de sus misiones es impedir que los pocos viajeros que visitan la zona se acerquen a la ‘casa sagrada’. “Los marapus (espíritus) se enojarían por la presencia de los forasteros y nos traerían todo tipo de desgracias” afirma con convicción y respeto. Las tumbas de piedra de sus antepasados se esparcen por todo Prainatang. La muerte es parte esencial en la vida de los sumbaneses que, a pesar de la presión cristiana e islamista, siguen profesando sus tradicionales creencias animistas.

La isla de Sumba es una de las más pobres de Indonesia y también una de las más olvidadas por el gobierno de Jakarta. Quizás por eso, sus habitantes se resisten a abandonar su ancestral, y muy peculiar, modo de vida. Rinden culto a los espíritus, sacrifican decenas de búfalos y caballos durante sus ceremonias funerarias, entierran a sus muertos en grandes tumbas de piedra y celebran sangrientos festivales en los que se debe verter sangre para garantizar la prosperidad de la isla.

Dos mundos en uno

Flotando’ en el límite norte del Océano Índico, Sumba está dividida en dos zonas que han evolucionado de forma muy diferente. El este ha sido mucho más permeable a la evangelización cristiana y a la globalización. El oeste sigue siendo el salvaje oeste; fiel a sus tradiciones y profundamente beligerante contra quienes han tratado y tratan de acabar con sus tradiciones.

Waingapu, la capital del este, es una ciudad tranquila en la que se puede realizar una toma de contacto sin sobresaltos con la realidad sumbanesa. Sus habitantes desconfían de sus vecinos del oeste a los que consideran poco más que unos bandidos. Sin embargo están unidos a ellos por una historia y unas tradiciones comunes. Sólo hay que darse una vuelta por los alrededores de Waingapu para comprobarlo. Algunos pueblos como Prailiu o Umabara aún conservan las tradicionales chozas sumbanesas con sus altísimos y puntiagudos tejados. Eso sí, las planchas de metal ya han acabado casi por completo con los hermosos, pero muy costosos y laboriosos, techos de paja.

Más interesante resulta, por tanto, detenerse a contemplar las grandes tumbas de piedra que se conservan en perfecto estado. En poblados como Rende o, la antes citada, Umabara, se pueden admirar grandes sepulcros megalíticos en los que abundan las figuras esculpidas de búfalos, cocodrilos, tortugas y caballos.

Tras haberse familiarizado con los enterramientos y la arquitectura tradicional, llega el momento de adentrarse en la Sumba más auténtica poniendo rumbo hacia el oeste.

Es un viaje muy peligroso. Hay que tener las ventanillas del coche subidas porque si ven que son extranjeros pueden intentar quitarles la cámara de fotos o robarles el dinero”. Es la advertencia de Alan, el conductor que, de cuando en cuando, traslada viajeros desde Waingapu a Waikabubak, la capital del ‘salvaje oeste’. Sus temores son más que exagerados pero dan fe de la rivalidad y la desconfianza existente entre las dos partes de la isla.

Sangre de vida y de muerte

Los habitantes de la zona occidental de Sumba son gente humilde que se comporta amigablemente con el visitante. Sin embargo sus sangrientas tradiciones y sus belicosas costumbres amedrentan a sus vecinos del este y a más de un turista extranjero.

La sociedad del oeste de la isla está organizada como antaño. La pertenencia a un clan es la base de todo y la rivalidad histórica con otros grupos hace que, en ocasiones, estalle la violencia. Hace ahora solo 15 años, una serie de protestas políticas y sociales degeneró en una enorme batalla entre dos tribus rivales que se cobró la vida de decenas de personas. Fue durante el llamado ‘jueves sangriento’, en el que más de 3.000 hombres armados con machetes, cuchillos y piedras pelearon en las calles de Waikabubak.

Incidentes tan graves no han vuelto a repetirse, pero recorriendo la zona y hablando con sus habitantes, uno es consciente de que está en un pequeño trozo del planeta en el que no rigen las leyes del ‘llamado’ mundo civilizado.

La mejor prueba de ello quizás sea la violencia que rodea su gran festival anual: la Pasola. Durante días, jinetes a caballo de pueblos rivales combaten ante una multitud enfervorecida. Sus lanzas, pese a no llevar ya puntas metálicas, provocan serias heridas y, en ocasiones, la muerte de algún contendiente. Verter sangre en la Pasola es un gran honor y sirve, además, para fertilizar la tierra y así garantizar la bonanza de las futuras cosechas. Para evitar que la pasión del público acabe degenerando en una batalla campal, la policía y el ejército se despliegan en los lugares en que se celebra.

Y si la sangre es símbolo de fertilidad y de vida, también es un elemento imprescindible para afrontar la muerte. Los sumbaneses, como otros pueblos de Indonesia, creen que el único camino para que el muerto halle la paz y, de paso, no atormente a los vivos, es brindarle un ostentoso funeral. La ceremonia puede durar varios días en los que hay que dar de comer y de beber a centenares de invitados. Pero además hay que disponer de los medios suficientes para sacrificar búfalos, cerdos, pollos y caballos. Cuantos más mejor.

Hay que tener mucho dinero para celebrar el funeral, por eso los muertos pueden permanecer sin ser enterrados hasta 10 ó 15 años” afirma Tering, un sumbanés de  45 años que se gana la vida haciendo de guía. “Antes se conservaba sus cuerpos con vendajes y productos naturales, hoy se les pone inyecciones de formol para tenerlos en casa el tiempo necesario hasta reunir el dinero para organizar el funeral”.

Tering aparenta más de 60 años y su piel parece sujetarse directamente sobre un esqueleto sin carne. Sin embargo conserva un extraordinario sentido del humor y parece revivir cuando acompaña a una ceremonia funeraria a alguno de los pocos turistas que le contratan.

Hoy hay funeral en Waitabar, una pequeña aldea tradicional situada en una colina junto a la ciudad de Waikabubak. Tering compra arroz, azúcar y tabaco para entregar a la familia del difunto como agradecimiento por poder asistir a la ceremonia. Al llegar al poblado, un centenar de hombres, mujeres y niños abarrotan el espacio central rodeado de chozas tradicionales de madera y paja.

El suelo está encharcado de sangre. Acaban de sacrificar diez búfalos y un caballo. Sus cuerpos yacen unos junto a otros. El sacrificio permitirá que el espíritu del difunto haga en paz el tránsito a la otra vida, desde la que seguirá velando por el bienestar de sus familiares y amigos. La sangre de los animales fertilizará la tierra y hará que produzca abundantes cosechas.

Un ejército de mujeres prepara comida para los invitados en gigantescos calderos. Los niños son los encargados de repartir los platos de arroz acompañado con carne de cerdo o de pollo. Los hombres se encargan de despedazar a los animales y de repartir su carne entre todos los asistentes.

Terminado el ritual, una pequeña comitiva saca el ataúd de la casa familiar y lo conduce colina abajo hasta su tumba. Se trata de un gran sepulcro de cemento que imita los tradicionales mausoleos de roca. Tering apunta que “ahora, gracias al magnífico funeral que se le ha brindado, su marapu comenzará una plácida existencia en la que velará por el bienestar de la aldea”.

Paisajes imposibles

Si deslumbrantes son sus costumbres, la belleza natural y artificial del oeste de Sumba es demoledora. Playas blancas con aguas turquesas, poblados que parecen sacados del pozo de la historia ubicados en lo alto de verdes colinas, tumbas megalíticas en acantilados junto al mar… Una sucesión de imágenes que quedan para siempre grabados en la retina del viajero.

El pequeño pueblo pesquero de Pero es uno de esos lugares idílicos. La desembocadura de un río junto a una hermosa playa de arena blanca ha formado uno de esos paisajes imposibles. Los niños se bañan en las aguas azules del mar, mientras sus padres aprovechan el estuario para fondear sus barcos a resguardo del variable océano.

Otras playas muestran una cara más violenta pero no menos hermosa. Morosi y Nihiwatu son dos grandes extensiones vírgenes de arena blanca en las que rompen con violencia las olas. No hay edificios a la vista y sólo unas pocas familias indonesias comparten estos kilómetros de playas con los escasísimos turistas  extranjeros que deciden alojarse en la zona.

Junto a esa costa salvaje se encuentra el que quizás sea el mejor pueblo tradicional de toda la isla. Las perfectamente conservadas casas de madera de Rattengaro se alzan en una privilegiada colina. Desde ella se puede ver, enfrente, un azulísimo Océano Índico; al Sur, la desembocadura de un río, detrás de la cual se elevan los tejados de paja de otro poblado.

El recorrido termina en el interior y nuevamente en lugares vinculados a la muerte. Tering muestra a los viajeros localidades como Gallubakul o Pasunga que atesoran algunas de las mejores tumbas megalíticas de la isla. La representación del rostro de alguno de los difuntos se mezcla con figuras de animales. El demacrado guía coloca tres cigarrillos sobre uno de los sepulcros, después se gira y con sencillez sumbanesa explica su acción: “este marapu es muy poderoso y conviene tenerlo contento”. Nosotros dejamos un paquete de tabaco entero… por si acaso.


sábado, 3 de noviembre de 2012

La catedral de Oviedo descubre una conexión oculta con su Cámara Santa

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La catedral de Oviedo, sede de la Cámara Santa, a su vez Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, luce ya remozadas algunas de sus históricas dependencias. El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha aportado para estas actuaciones referidas al prerrománico asturiano un total de 540.480 euros. Es la vigésima actuación desarrollada dentro del Plan Director de la Catedral, iniciado en 1996. En esta ocasión se intervino en diversas zonas, como la girola, y en fachadas y sillares de sus capillas radiales. Los turistas que la visiten podrán comprobar también las novedades en la capilla de la Virgen de Covadonga, donde se sustituyó el retablo neobarroco por un dosel de cerezo y se restauró, por donación anónima, la imagen de la Santina, a la que se revistió con un manto de terciopelo rojo con puntilla de oro y realzado por miles de piedras de cristal. Al acometer dichas obras se descubrió tras ese retablo una parte de la torre original de San Miguel y una oculta conexión con la Cámara Santa y la Cripta de Santa Leocadia. También se trabajó en la cubierta del tambor de la Sacristía y en la restauración de su fresco del siglo XVIII.

Por otro lado, la Cámara Santa, en su día capilla del rey Alfonso II El Casto, ha experimentado numerosas mejoras, como la instalación en sus cubiertas de un nuevo sistema de evacuación de las aguas que afectaban a la cripta de Santa Leocadia, la restauración de las cornisas románicas exteriores, la limpieza de la portada gótica de acceso a la antecámara y la del acceso a la Torre Vieja, la sustitución de los vidrios de seguridad y la colocación de barandillas para un más cómodo acceso de los visitantes. Aún resta por ejecutar aquí el 20 por ciento de las obras. Así, las maravillosas cruces de los Ángeles y de la Victoria, y la Caja de las Ágatas serán reubicadas frontalmente dentro de la Capilla Palatina. Igualmente, y en esta misma dependencia, el Arca Santa, el Santo Sudario, el Calvario y el espectacular Apostolado románico deberán esperar su turno.


martes, 30 de octubre de 2012

Celebra el Mes de los Callos en Madrid

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En homenaje a uno de sus platos más típicos numerosos restaurantes de Madrid participarán en el “Mes de los Callos” que no es otra cosa que unas jornadas gastronómicas en honor a tan afamado plato típico madrileño.

Estas jornadas se celebrarán durante todo el mes de noviembre, del 1 a 30, y en ellas participan más de una veintena de restaurantes que ofrecerán un menú especial por 27,50 euros, en que se ofrece una entrada, un plato de callos, postre o café y bebida.

Los restaurantes participantes en esta iniciativa son: Ananías, Casa Alberto, Casa Asturias, Cruz Blanca Vallecas, El Mesón del Tío Aquilino, El Rocío, Joaquín Felipe Restaurante, José Luis, La Ancha, La Bola, La Cañada, La Casa del Abuelo, La Esquina, Las Estatuas del Hotel Gran Velázquez, Los Galayos, Malacatín, Manolo Restaurante, Narcisa, Opazo de Lugo y  Vadebaco.

Toda la información del Mes de los Callos, participantes y menús, puede consultarse en: www.mesdeloscallos.com.


Noche de terror en Soria

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La Noche de Difuntos se celebra en Soria de un modo muy especial gracias a Gustavo Adolfo Bécquer. Y es que el poeta romántico eligió esta ciudad castellana como escenario de su terrorífica leyenda “El Monte de las Ánimas”. Cada año, desde hace 26 la ciudad revive la leyenda el 31 de octubre.

Esta edición de la Noche de las Ánimas tendrá por escenarios la plaza Rincón de Bécquer –donde se encuentra la colegiata de San Francisco- o las Ruinas de San Nicolás entre otros. Durante las celebraciones habrá un pasacalles guiado por candiles y antorchas en el que participarán esqueletos, títeres gigantes, monjes templarios y otros espectros de la noche. Esta peculiar procesión pasará por las calles más antiguas, las ruinas y los monumentos de la ciudad castellana hasta llegar al puente de piedra donde nace el Monte de las Ánimas. Música en directo acompañará este tétrico pasacalles recreará el ambiente lúgubre, frío y misterioso típico de esta Noche de Difuntos.

Una vez en el Monte de las Ánimas, se encenderá una gran hoguera a cuyo refugio el actor de doblaje Pepe Mediavilla - Morgan Freeman o el mago Gandalf en el Señor de los Anillos- leerá la leyenda de Bécquer. Tras la lectura, se construirá un manto ígneo con las ascuas de la hoguera que podrán atravesar descalzos los más valientes. Además, se echarán a volar lámparas de papel sobre el río Duero.

Ya el día 1 de noviembre Soria acogerá una teatralización de la leyenda “Ojos Verdes”, también de Bécquer, en las ruinas de la iglesia de San Nicolás.

Estos eventos son posibles gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Soria y la Asociación Cultural Amigos de las Ánimas.


viernes, 26 de octubre de 2012

Kuala Lumpur: la jungla y el cristal

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Un macaco desayuna frutos silvestres en las ramas de un árbol centenario. Su hábitat es un espacio reducido de selva virgen en el que abundan los grandes lagartos, serpientes pitón y otras especies de mono. El simio observa con tranquilidad lo que ocurre delante de sus ojos: coches y motos circulan a toda velocidad, mientras una manada de seres humanos se baja en la cercana parada del metro para dirigirse a sus puestos de trabajo. Como rutinariamente hace todos los días, el macaco mira por encima de los edificios cercanos y confirma que las dos gigantescas torres siguen allí. Él no lo sabe pero se trata de los rascacielos que, durante años, fueron considerados los más altos del planeta. Ahora han perdido esa marca, pero las torres Petronas siguen vigilando las dos junglas que se extienden a sus pies: la enorme ciudad de cemento y cristal, y la reducida pero intensa mancha verde desde dónde las observa el macaco.

Así es Kuala Lumpur, la capital de Malasia, una ciudad de enormes contrastes en la que se puede caminar por una pequeña selva rodeada de edificios y torres de comunicaciones. Un lugar en el que chinos, bumiputras, indios y occidentales trabajan en multinacionales y comen noodles, por menos de un euro, en los puestos callejeros ambulantes. Un océano de calles en las que los ‘santones’ hindúes pasean por la puerta de las iglesias cristianas y de los templos chinos mientras se escucha, como banda sonora, el canto del moecín llamando a sus fieles a una nueva oración.


Modernidad y crecimiento
Kuala Lumpur, y especialmente su centro financiero y administrativo, son el símbolo del progreso y el crecimiento económico que ha experimentado Malasia en las últimas tres décadas. Las grúas y los esqueletos de hormigón anuncian que la fiebre constructora, ya olvidada en la vieja Europa, continúa aquí alterando las mentes de políticos y empresarios.

No es de extrañar, por todo ello, que el símbolo de la ciudad y su mayor atractivo turístico sea contemplar dos grandes torres que llevan el nombre de una compañía petrolera. Las Petronas fueron los edificios más altos del mundo desde que finalizó su construcción, en 1998, hasta el año 2003 que se vieron superadas por otro rascacielos levantado en Taiwán. Contemplar sus más de 450 metros de altura desde su base resulta impresionante, especialmente durante la noche. Una cuidada iluminación hace resaltar el sutil estilo islámico de su diseño. La mayor frustración que producen en el viajero es la dificultad para acceder a ellas. El cupo de entradas es muy reducido y, por ello, su visita requiere un enorme madrugón y no poca paciencia para soportar una larga cola.

Esa inexplicable limitación en las Petronas, hace que muchos visitantes prefieran contemplar las vistas de la capital malaya desde lo alto de la KL Tower, la gran torre de comunicaciones de la ciudad. El mirador, situado casi 400 metros sobre la ciudad, resulta una visita casi obligada aunque, todo hay que decirlo, sus panorámicas tampoco conmuevan demasiado. Quizás por ello, sus promotores le  han añadido como aliciente poder combinar la visita con otras experiencias más excitantes: disfrutar de un simulador de Fórmula 1 o de una película en, lo que ellos llaman, 5 Dimensiones (un 3D visual aderezado con el movimiento de las butacas y la proyección de chorros de aire sobre el sufrido espectador).

Junto a los rascacielos, la otra prueba del aparente ‘estado de gracia’ económico que vive la ciudad se respira en los descomunales y numerosos centros comerciales. ¿Pero, realmente hay compradores suficientes para tantas tiendas? Esta pregunta asalta la mente de muchos visitantes al ver varios complejos de 7 y 8 plantas separados, unos de otros, por escasos metros. La respuesta debe ser que sí, al menos de momento, porque las principales marcas de moda, joyas o prendas deportivas se pelean por lograr la mejor ubicación posible en cada ‘mall’. Suria, en los bajos de las Petronas, Pavillion y Times Square son los tres principales centros comerciales que dejarán exhausto al mayor adicto a las compras.

Los que no sean tan amantes de la modernidad o ya se hayan saturado de ella, pueden refugiarse en el Mercado Central y en la no muy lejana antigua estación de ferrocarril. Dos ejemplos diferentes de arquitectura colonial, de comienzos del siglo XX, que suponen un descanso para la vista después del empacho de cristal, acero y hormigón.


Naturaleza enlatada
Hasta mediados del siglo XIX una inexpugnable selva tropical ocupaba el terreno que, poco a poco, fueron invadiendo los humanos. Los tigres y los elefantes fueron eliminados o forzados a buscar nuevos territorios. La jungla retrocedió a pasos agigantados como en tantos otros lugares del Sureste asiático. Parte, sólo una pequeña parte de esa exuberante belleza aún puede respirarse en pleno corazón de la ciudad.

Ese lugar es la reserva de Bukit Nanas. Un pequeño trozo de selva en medio de la urbe que ha sido conservado y protegido. Pese al limitado espacio, numerosos monos, reptiles y pájaros conviven en este hábitat con una amplia variedad de árboles. Una serie de cómodos senderos y de puentes colgantes permiten adentrarse en este reducido pulmón e imaginarse cómo debieron ser estas selvas ubicadas en el lugar en que confluían los ríos Gombak y Klang. En la actualidad el acceso al público se encuentra cerrado temporalmente, pero se espera su reapertura a lo largo de 2013.

Más artificial, pero también imprescindible, resulta darse un paseo por las casi 100 hectáreas que ocupan los jardines del lago Perdana. Praderas floridas, perfectas para alejarse de la contaminación y el ruido de la urbe, rodean el limpio estanque. En esta vasta mancha verde se han creado diversos parques temáticos sobre la naturaleza. Los jardines de orquídeas e hibiscos son los más gratificantes. Cerca de un millar de bellas y, también, extrañas especies de orquídeas jalonan los agradables caminos que reciben cada año a un escaso número de visitantes.

La mayoría de los turistas locales y extranjeros prefieren explorar el resto de parques. El jardín de mariposas, cubierto por una densa malla verde, permite  contemplar en semi libertad la mayor parte de las especies que habitan en Malasia.

Paseando entre ellas o, simplemente, sentándose en un banco se pueden ver revolotear a más de 5.000 coloridos ejemplares. Lástima que los que idearon este lugar decidieran ‘completarlo’ con una deprimente exposición de insectos y mariposas clavados con alfileres, así como con una serie de tortugas, serpientes y otros animales recluidos en diminutos terrarios. De lo que se vende en su tienda de recuerdos… mejor ni hablamos.

El parque de pájaros también reúne, en un enorme espacio cerrado con mallas, una buena variedad de aves. Como ocurre en el caso del mariposario, la sensación que ofrece al viajero es más la de un parque temático destinado al ocio y al negocio, que la de un recinto destinado a la protección de la naturaleza.


Vida espiritual y vida mundana
Kuala es una ciudad vibrante y repleta de vida. Los templos emanan espiritualidad mientras que sus bares y restaurantes rebosan de animación durante todo el día.

Todas las religiones del planeta se dan cita aquí. Mezquitas, iglesias, templos hinduistas, budistas y taoístas comparten calles y plazas. Gracias a Dios, a Alá, a Buda, a Shiva y al resto de divinidades, la vida espiritual está marcada por el respeto y la tolerancia entre las distintas creencias.

Unas creencias que han salpicado de atractivos turísticos la ciudad. Quizás el más destacado sea el complejo de templos hindúes ubicado en las alejadas cuevas Batu. En los límites de la ciudad, una gigantesca estatua del dios Karttikeya escolta las empinadas escaleras por las que se asciende hasta el interior de las grutas. Una cohorte de macacos, acostumbrada a recibir regalos en forma de plátanos, vigila atentamente los movimientos de cada visitante. En el interior de las cuevas, los templos son discretos, pero se llenan de colorido y devoción cuando los devotos entregan a los ‘santones’ sus ofrendas.

De vuelta al centro de la ciudad se puede disfrutar de una buena macedonia religiosa. En unas pocas calles se ubican rojizos templos chinos entre los que destacan el de Sze Ya y el dedicado a Guan Di, el dios de la guerra. A pocos metros de este último, se alza la sobrecargada fachada hindú del Sri Mariamman Temple. El recorrido místico se puede completar visitando la catedral de Santa María de estilo gótico inglés y las mezquitas de Jamek y Negara, también conocida como ‘mezquita nacional’.

Todos los templos están abiertos a los turistas, sean de la creencia que sean; otra muestra más del actual clima de tolerancia religiosa que reina en Malasia.

Una tolerancia que también se palpa en el alegre ritmo de su vida diaria. Petaling Street es la calle principal del barrio chino. En sus tenderetes, las jóvenes con minifalda compiten por llevarse la mejor ganga con musulmanas que cubren su pelo con el Hiyab. Pasear por esta calle y por el resto de Chinatown resulta imprescindible para empaparse del modo de vida de los habitantes de Kuala. Como también lo es Little India, el barrio en que mujeres, con manos tatuadas con jena,  venden coloridos saris traídos de Delhi.

La vida diurna y nocturna bulle aún con mayor fuerza en el barrio de Bukit Bintang. Restaurantes musulmanes en los que no se vende alcohol abren sus puertas frente a pubs irlandeses en que se trasiegan generosas pintas de cerveza. Esta es una de las zonas más frecuentadas por los occidentales afincados en la capital malaya y que ya constituyen un importante porcentaje de la población total de la ciudad.

La colonia española se da cita entorno a un deseado plato de jamón ibérico en el ‘Pinchos y Tapas’ que regenta Robert. Este catalán abrió su negocio cuatro años atrás y ya ha captado también una importante clientela local que llega atraída por el sabor de sus paellas, sus embutidos y de sus treinta marcas de vinos tintos importados desde la Península.

En un lugar como Kuala Lumpur en el que los monos salvajes contemplan los rascacielos; en el que se mezclan velos, escotes y minifaldas; en el que se cruzan devotos hindúes con seguidores de Tao, de Cristo o de Buda… En una ciudad así ¿por qué iba a ser extraño terminar el día degustando un pacharán de Navarra y escuchando viejas canciones de El Último de la Fila?